Aprender a leer, a escribir y a amar

Por: la señorita Nouvelle Vague

     Esas tres cosas debe haber en la vida de cualquiera y esas tres cosas hubo en la vida de un hombre que conocí. Cuando le preguntaban por lo más importante que había hecho en su vida, él respondía: “Aprender a leer, aprender a escribir, aprender a amar”. Una vez se enamoró y encontró aquello que decía Machado: un complementario que marcha siempre contigo y suele ser tu contrario. 

     Escribieron juntos una historia tan vieja como el mundo: la de los amores entre un hombre y una mujer. Mataban cada noche y resucitaban cada mañana esa trinidad, ese aprender a leer, ese aprender a escribir y ese aprender a amar. Se vieron fatalmente enamorados y, sin atender a otras razones, se quisieron como sólo se quieren ciertas cosas en la vida, se amaron como sólo se ama una única cosa en la vida y se desearon como lo que fueron: el último hombre, él, para ella; y la última mujer, ella, para él. Se creían invencibles y, al mirarse, alcanzaban aquello que Renoir le dijo a Bonnard: “Haga todo más bello”. Se daban, el uno al otro, esa luminosidad intermitente e interminable que roza el misterio, una inquietud con enfoques tranquilos, una plácida sensación nostálgica que, estando juntos, les capturaba.

      Eran un hombre y una mujer locos por vivir, por escribir, por salvarse. Ella decía de él que era algo así como un hombre que nunca bostezaba ni hablaba de lugares comunes, sino que ardía, ardía como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas. Bastaba, para ellos, un sonido, un olor, un tacto repentino e inesperado para que, de repente, el aluvión del tiempo se desplomase sobre ellos para iluminar el futuro con el brillo de un relámpago. Un hombre y una mujer ansiosos de ser amados, ansiosos de sentir sus dedos abrumados por el deseo. Era un amor de esos que anteceden, y rubrican, y consiguen lo que muy pocos logran: que los dos pidan, de la mano, que el camino sea largo, que muchas sean las mañanas de verano cuando, con placer, lleguen siempre al mismo puerto y se descubran, todas las mañanas, intactos como la primera vez. 

     Amor y poesía para cada día era el lema vital de Juan Ramón Jiménez. También lo era para ellos dos. Con ellos florecían los besos sobre las almohadas y podía hablarse de amor, de soledades, de sed de más, de deseo, de frustración amorosa, del apogeo de la vida y del erotismo, del extraordinario equilibrio entre el desbordamiento emocional y la fuerza expresiva de dos enamorados. Era, aquello, un navegar sin norte por los mares sin fin. Recuerdo poemas y versos sueltos de aquella historia, que dejó en mí una huella contra la que nada puede la segur del tiempo. Recuerdo: “Verás, Rosa, que nunca dije nada / que rozara el amor, y sin embargo, / esto no expresa nada si no expresa, / Rosa, / que estoy calado hasta los huesos / en tu amor…”.

     Recuerdo la historia, pero no recuerdo al hombre ni a la mujer. Recuerdo que la conocí. Recuerdo que hace años, una vez, y luego otra, la mujer ‒esa mujer‒ era yo. Y descubro, por los prodigios del tiempo, que el hombre ‒otra vez ese hombre‒ sigo siendo él. Ya lo ven: lo mejor que se puede hacer es aprender a leer, aprender a escribir y aprender a amar.

One thought on “Aprender a leer, a escribir y a amar

  1. Mi más sincera enhorabuena, me encanta la maquetación, las secciones y sus contenidos. Algunos eran de esperar, pero no por ello es una apreciación negativa, todo lo contrario, son aspectos que, sin duda, favorecen el reconocerse con mayor implicación en el proyecto. Y qué decir de los colaboradores, no se me ocurren mejores. Me pongo a leer sin pausa y sin prisa. Muchas gracias y buena suerte. Sin duda alguna será un éxito. Un fuerte abrazo.

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