'Soylent Green' (Richard Fleischer, 1973): el destino nos ha alcanzado

Por: Javier Redondo Jordán.

De repente, el mundo se ha convertido en un argumento de ciencia ficción. Ya hemos rebasado las fechas en que se ambientaban la mayoría de las distopías escritas en el siglo XX. Atrás quedaron el 2001 de Una odisea del espacio, el 2015 de Regreso al futuro II o el 2019 de Blade Runner, sin ir más lejos.

Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, 1973) transcurre dentro de poco, en el año 2022. Dirigida por Richard Fleischer y protagonizada por Charlton Heston y Edward G. Robinson, la película se basa en la novela de ciencia ficción Make Room! Make Room! (Harry Harrison, 1966), que podría traducirse como ¡Haced sitio! ¡Haced sitio! La historia es la habitual del cine negro detectivesco, con la salvedad de que las cloacas retratadas son las de una civilización post-apocalíptica al borde del colapso medioambiental, cuyos decrecientes recursos naturales están en manos de una megaempresa llamada Industrias Soylent, que surte a la población de comida artificial. Su producto estrella, con mayor concentración nutritiva, se llama Soylent Green, fabricado a base del plancton de los océanos agonizantes y, por tanto, al alcance de muy pocos.

Cuando el destino nos alcance destaca por las circunstancias de su rodaje, que añaden mayor desconsuelo a la alegoría fúnebre que se cierne sobre el final. Sería la última película para Edward G. Robinson, que interpreta al compañero del protagonista, suficientemente viejo como para recordar el mundo antes del cataclismo. En la sociedad regida por Industrias Soylent, es la nostalgia del paraíso perdido lo que conduce a los ancianos a una clínica eutanásica que, en el trance de la muerte, promete devolverlos a aquellos días azules mediante una inmersión en sinfonías musicales e imágenes a toda pantalla de la tierra sin devastar. El personaje de Robinson, tras descubrir que el Soylent Green no puede contener plancton porque hace años que desapareció del lecho oceánico, acude al centro a dejarse morir en compañía de sus recuerdos, donde tiene un diálogo de gran emotividad con Charlton Heston. Por caprichos del calendario de grabación, para el veterano actor esta escena fue su última rodada. Nadie del equipo, ni siquiera Heston, tenía conocimiento de que padecía cáncer terminal de vejiga. Cuando terminó la escena, se despidió del personal y, apenas dos semanas después, falleció.

La revelación final es de sobra conocida: el personaje de Heston descubre horrorizado que el ingrediente de Soylent Green es en realidad carne de cadáveres humanos y la película termina con Heston herido gritando a la muchedumbre, mientras se lo llevan al hospital, «¡Soylent Green son personas!».

No sólo personas: por la lógica narrativa deducimos que el alimento que sostiene a la población es la muerte de los ancianos, personificados en Edward G. Robinson, a quien identificamos con sus papeles inolvidables en Perdición (Billy Wilder, 1944), Cayo Largo (John Huston, 1948), Mil ojos tiene la noche (John Farrow, 1948), Los Diez Mandamientos (Cecil B. deMille, 1956), Millonario de ilusiones (Frank Capra, 1959) y El rey del juego (Norman Jewison, 1965), por nombrar sólo un puñado.  

La conclusión malthusiana resulta, pues, descorazonadora, y lo es más en las circunstancias pandémicas actuales. En el seno de la Guerra Fría, el temor a la superpoblación obsesionó a la sociedad estadounidense. Luego, con la caída del Muro de Berlín, llegó para distraernos el espejismo de la globalización, internet, la crisis económica y el abaratamiento de los transportes internacionales. Y aquí estamos. El mundo de hoy parece mostrarse incapaz de proteger a la franja poblacional más envejecida. Sin los recursos necesarios pese a todos los avances tecnológicos, la sociedad ha abandonado a sus individuos menos productivos a la asepsia moral del triaje. Aquéllos que, como el personaje de Edward G. Robinson, contemplaron el mundo virgen y construyeron nuestro imaginario sentimental, se nos mueren antes de tiempo con la amarga certeza de que todo sirvió para nada. «¡Son personas!». Recordemos el grito desesperado de Charlton Heston. El destino nos ha alcanzado.

Javier Redondo Jordán

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