Turn on, tune in, drop out

El dieciocho de marzo del dos mil veinte, a las siete de la tarde, era, ya, noche cerrada. Sobra aclarar que en aquel miércoles el sol no trasnochó. Tampoco lo hizo en los días sucesivos. Ni en el de hoy. Ni lo hará, supongo, en el de mañana. Esta ciudad, este Madrid apagado, incluso sin el inaudito trajín de los días laborables, sigue, aún estando confinada, igual que siempre: destartalada, contradictoria, gigantesca… El dieciocho de marzo de dos mil veinte, a las siete de la tarde, me asomé, nostálgica, a los perfiles de esta capital desde la confortabilidad de mi casa y, en ese momento, en ese instante mágico, recibí una llamada telefónica, divertida y arriesgada, que, en tan triste día de arresto domiciliario y solitario, arrojó un destello de luz a la grisácea realidad que nos envuelve. Al otro lado de la línea estaba el director de este periódico. ¿El resultado? Lo que aquí ven: un periódico montado en apenas cuarenta y ocho horas por dos almas simultáneamente jóvenes y viejas. Conclusión: henos aquí, lector, zombis, demacrados y alucinados después de aprovechar el impulso del enemigo para aferrarse a él y garabatear palabras en esta cabecera que, sin garantía alguna de éxito, se echa a andar.

No hay desafío al que los escritores y periodistas no puedan plantar cara. La Retaguardia quiere corretear por los senderos de otros tiempos periodísticos, por el dédalo de las callejuelas de lo que un día existió y se olvidó. ¿Nostalgia? Sea. Ser nostálgico es un mecanismo de supervivencia. Una lealtad a nosotros mismos que no debemos traicionar. Ya lo explicó Hesíodo: las generaciones pasan y los aliados se consumen. Nosotros, los de entonces, diría Neruda, ya no somos los mismos. Eppur… Aquí estamos. Agazapados como un tigre en la horquilla de este árbol, al abrigo de la jungla para escudriñar con pupilas afiladas y músculos en tensión los mil y un vericuetos de la vida, de las artes y de las letras. Este periódico lleva a una terra incógnita, cuajada de desafíos, incertidumbres, certidumbres, tentaciones y peligros. No se sabe dónde terminará todo esto. Sea como fuere, ya no queda más salida que la de averiguarlo. El arte es largo y nadie puede explicar el color de una amapola a quién jamás contempló amapolas. Una Ítaca espera detrás de la anterior Ítaca. Eso es vivir. Y la vida, a diferencia de los virus, no se contagia. Merece la pena pasar, de vez en cuando, a la retaguardia, ir a lo oscuro por lo más oscuro, a lo desconocido por lo más desconocido. Expectante y siempre en todo. Eso es la juventud. Palabra.

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