Asnalfabetos

Ningún escritor que se precie debe hincar el pico sin haber aportado por lo menos un neologismo al idioma en que se expresa.

Yo, que recuerde, he inventado, por lo menos, nueve (y seguro que hay muchos más cubiertos de polvo en los desvanes de la memoria): causualidad fue el primero… Llegaron después los topónimos: Vandalia, Cigarria, Zangania, Telelelia, Tontalia, Puentelandia…

 O sea: Expaña, y no se hable más.

Los dos últimos son apropiaciones y, a la vez, expropiaciones, pues fueron otras personas quienes los acuñaron. Pero les pedí permiso para adueñarme de ellos, y me lo concedieron.

Se me acaba de ocurrir otro: Borregalia. Lo que Antonio Machado llamaba, con razón, “rabo de Europa por desollar”, da para mucho.

¡Y bien que nos están desollando ahora!

El noveno neologismo, también de reciente creación, es el que hoy sirve de título a esta entrega del blog.

  ¿Hay motivo para ello? Sí, lo hay.

Lo peor que le puede suceder a un escritor es que no tenga lectores, sino seguidores, como los equipos de fútbol. Vale decir: fans, horrendo anglicismo que ahora utilizan hasta las marujas que ni siquiera saben que sí, en inglés, se dice yes.

Seguidores, repito, y no lectores (pues mal pueden serlo los asnalfabetos que, como su nombre indica, creen que leer es comer alfalfa y escribir es rebuznar), tienen ciertos escritores de prosa plana y latiguillo izquierdista, como Sampedro y Galeano, a los que propiné sendos coscorrones –suavecitos… Nada grave– en una ocasión reciente.

Basta meterse con ellos, como yo lo hice, para que se duelan en banderillas, coman pienso en sus pesebres y berreen, montaraces, entre las varas de sus carros los asnalfabetos, que en la Red, y no sólo en ella,  abundan. Lo mismo habría sucedido, y de hecho, en similares ocasiones, ya pasó, si hubiese yo puesto en solfa a otra deidad del asnalfabetismo (¡blasfemia, blasfemia!), como lo fue, por ejemplo, ese tal Hessel, olvidado hoy, que tan indignado y engagé estaba.

Lo malo de esos tres escritores no es que hayan dicho bobadas, sino cómo las dijeron. Tonterías las hemos dicho todos. Yo las dije a espuertas hasta que, a eso de los treinta años, más o menos, alcancé –ya iba siendo hora– la edad de la razón. Ésa que no tienen los discípulos de Hessel y podemitas de agua bendita por más que algunos de ellos sean talluditos.

Biografía del hombre contemporáneo: nacimiento, infancia, adolescencia, adolescencia, adolescencia, muerte. No es mía esa frase. Alguna vez, creo recordar, ya la he citado. Mala consejera es la juventud y peor la adolescencia. Hasta Rimbaud, metido en ambas, dijo (e hizo) idioteces, pero las dijo bien (y las hizo fatal). Llamaba Valéry “superstición a todo lo que sea olvidar la condición puramente verbal de la literatura”.

Lo malo –lo peor– de los tres escritores citados (yo sólo hablo mal de los que están muertos, pues a nadie quiero disgustar), y de otros muchos que tal bailan, no es que sean demagogos de baratillo e incendiarios de antorcha presta, sino que escriben muy mal. John Reed, por poner un ejemplo, también lo era, pero escribía bien.

Sus seguidores –sus fans– no se dan cuenta de ello o, si se dan, no se lo toman en cuenta, porque todo fan, todo seguidor, es un forofo. O sea: alguien que quiere que su equipo gane aunque juegue mal, haga trampas y pisotee las reglas de la morfología, la sintaxis, la semántica, el diccionario, la preceptiva, el gusto y el estilo. Dice Tamarón que “sin cesura y sin censura no hay buena literatura”.

Vienen a cuento estas andanadas de hoy, que no son de babor ni de estribor, pues ajenas me son todas las ideologías, a las rabotadas asnalfabéticas que, al parecer, han suscitado mis coscorrones a Sampedro y Galdeano entre algunos de quienes se enfundan, sin sudarlas, las camisetas de esos dos equipos.

Al parecer, digo, pues yo no suelo leer, como mis lectores (que no seguidores) saben, los comentarios con los que me corean, pero a veces llegan a mis oídos porque terceras personas me dan el queo.

Causualidad… Leí esta misma mañana, en un artículo de Luis María Ansón, una cita de Ortega que viene como anillo al dedo: “Periodistas, profesores y políticos sin talento componen el estado mayor de la envidia. Lo que hoy llamamos opinión pública o democracia no es en gran parte sino la purulenta reacción de esas almas rencorosas”.

¡La aristofobia, siempre la aristofobia, y la mediocrefilia (otro neologismo. Van diez), que es su reverso natural, en andas, en bocas y en plumas de los vandalios, los cigarrios, los zanganios, los tontalios, los telelelios (también llamados telelelos), los puentelandios y los borregalios del país en el que tuve la mala sombra de nacer!

 ¿Será por neogentilicios?

Pues ahí va otro: los cibernatios oriundos de la Asnalfabética (neotopónimo que nada tiene que ver con la Bética de Hispania. En ella nacieron Pomponio Mela, Lucano y los dos Séneca. Eran otros tiempos. Se estudiaba Gramática, Preceptiva y Retórica. No había LOGSE ni LOE, sino Humanitas. Esto es: Paideia).

Ortega no pudo añadir a la lista de los aristofóbicos culturicidas el nombre, escondido en el anonimato, de los miembros de esa tribu antropófaga cuyo origen se remonta a la noche de los tiempos vandálicos. En su época no existía la Red, no había blogueros hidrófobos y los escritores sólo tenían lectores –lectores– conscientes de que es superstición olvidar los condicionamientos verbales de la literatura.

Y ahora, ¡hale, asnalfabetos!, si los hubiere. A rebuznar, que es lo vuestro… No os olvidéis de hacerlo con faltas de ortografía.

Por: Fernando Sánchez Dragó.

8 comentarios sobre “Asnalfabetos

  1. Estarambótico, que no estrambótico. Este es mi neologismo que se compone de dos palabras: está y rambótico (derivada de rambo) y significa lo que usted acaba de escribir en su artículo ( cuando uno reparte a diestro y siniestro como Rambo) pero en su caso, con mas elegancia.
    Muy buen articulo, me lo paso bomba con su semanario

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  2. Pues ahí va algo similar (no es mío, se lo oí decir a alguien y no puedo recordar quién fué). Éste, además de rebuznar también muerde: Asnalfabestia.

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  3. Cuando uno se cree “doctor” porque ha leído una tesis que sin duda le han hecho otros y se arroga el derecho a hablar una larga perorata sin tener nada que decir: “Doctorsito” Sanchinflas

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  4. Perogrullada al canto: cuando hay nostalgia de tiempos anteriores es que no deben de ser muy buenos los actuales. Y arremeter contra estos últimos, por mucho que no sirva ni pueda servir para nada, es un derecho al pataleo, probablemente salutífero, más o menos igual de triste por partida doble: quienes se merecen recibir la andanada no la van a recibir porque no te van a leer, mientras que por otro lado tampoco puedes estar completamente seguro de que todos aquellos que sí te lean van a captar bien la cosa, sobre todo por la primera impresión de prepotencia que puede dar. Desgraciadamente, el problema cultural apesta a causa perdida.

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