De virus y cerezos o el Apocalipsis en el Sol Naciente

“El año pasado no ocurrió nada, 

este año tampoco.

Ni dos años atrás”.

Escribir sobre porcentajes de infectados, número de muertes con respecto a la población y otros países, es ahora mismo un ejercicio baldío. La plaga del Covid-19 se asemeja demasiado al juego de los camellos de tanto éxito en las ferias de España. Ya saben, ese en el que por unos euros y en franca competencia con otros incautos ya aburridos de dar vueltas como un tonto por la feria, o con una borrachera de época, uno puede intentar meter unas bolas en un agujero. A cada bola acertada, nuestro camello -no los utilizados por Escohotado-, identificado con un número, avanza unos pasos. El juego no tendría éxito si no fuese por el hombre del micrófono, el encargado de la atracción ferial, quien nos narra, cual periodista deportivo de provincias, la situación de la carrera: “en cabeza el camello número cuatro, número cuatro, número cuatro, atención al número siete, número sieteeee….”. Eso es prácticamente el resumen de la extensión del bichito con corona –¡qué culpa tendrá él, que solo quiere, como nosotros, sobrevivir- por el mundo. Iba en cabeza el camello chino, pero de un día para otro, a los jugadores de los camellos de Italia, España o EE UU les ha dado por meter bolas en esta feria y el camello chino parece el del que además de borracho ha mezclado los churros con las hamburguesas Uranga, las hamburguesas más grandes del mundo, en definitiva, que va a quedar el último, adelantado por países con más empeño en ganar la carrera de los tontos.

¿Y qué hay del camello japonés? Comenzó a la zaga del chino, justo detrás de coreano, pero no acertaba casi ninguna bola y a día de este artículo, teniendo en cuenta que comenzó casi a la par que el chino, el camello japonés va muy rezagado. Pero no era eso de lo que se pretendía hablar en este artículo, de si hay más o menos muertos, de momento un ínfimo número en Japón, producidos por el bichito. De lo que se pretendía hablar aquí es de cómo esta sociedad occidental –industrial, tecnológica, democrática…-, del ultramarino oriente afronta este Apocalipsis mundial. O mejor dicho, cómo afronta la llegada o no del Apocalipsis al Imperio del Sol Naciente.

La verdad es que para Japón, la llegada de un nuevo Apocalipsis no será nada demasiado noticiable. Aquí los Apocalipsis se enseñan en el colegio y hasta en los libros de idioma japonés para extranjeros. En el mío, la lección 39 tiene unos divertidos (¡!) dibujos en los que los alumnos cabezotas como yo deben averiguar el verbo que corresponde a cada uno. Yo puse en todos el mismo verbo: asolar (arasu). No se me ocurría otra cosa para unos dibujos que mostraban una casa ardiendo, unos bloques de pisos que se caen sobre una casita por culpa de un terremoto, un tren que descarrila por un tifón y un avión que cae partido por la mitad. Creo que solo falta Godzilla y el consiguiente tsunami, pero en descargo del dibujante se debe decir que no le quedaba más espacio. En definitiva, que los japoneses se alimentan del Apocalipsis, naturales como son los terremotos, o antinaturales como fueron las bombas de Hiroshima y Nagasaki, la primera de las cuales nos legó después la extraordinaria canción pop Enola Gay, del grupo OMD. Para hacernos una idea de los Apocalipsis japoneses frente a los ibéricos, baste recordar que, el medio millón de muertos de la guerra civil aparte, quizás el último Apocalipsis nuestro fueron los 4.000 muertos que el asunto del aceite de colza nos dejó en 1981. ¿4.000? En Japón esa cifra se la toma el Apocalipsis para desayunar. De resultas, los japoneses ven pasar los Apocalipsis con ojos desdeñosos y frases del calibre –cito textual a una nativa- “es lo que hay”. No se trata tanto de resignación como de asimilación, de constatar con cierta frialdad que “es lo que hay”. Luego ya, si eso, con la bomba atómica y los tsunamis en mente, creamos dibujos animados (atómicos) de Astro Boy y a Godzilla, pero de momento, a aceptar el Apocalipsis. Y esa aceptación de la muerte de muchos, de nosotros mismos, es en Japón dogma de fe. Todas las casas tienen su butsudan (altarcillo) con fotos de sus muertos, con una botellita de sake o un pepino (no se rían) por si les entra un poco de hambre, además de incienso; y, para más inri, no conozco gente que vaya tanto a los cementerios como ellos, a juntar las palmas de las manos y poner tres barritas de incienso (cuatro shi trae mala suerte, pero más mala suerte que estar muerto ya me dirán ustedes) y tocar una campanita que cuelga del techo y que suena a cencerro de vaca vieja de Los Pedroches.

¿De dónde procede esa aceptación de la muerte como algo natural? Lo que habría que preguntarse quizás es de dónde procede la no aceptación de la muerte como algo natural en España. Se puede aventurar una respuesta que está en mente de todos, pues no querer aceptar lo evidente ha provocado que alejemos la muerte de nuestro entorno: los cementerios en las afueras, la muerte pública del animal que nos comemos (las matanzas del cerdo en los pueblos, las corridas de toros) denunciadas como actos bárbaros y escondidas en filetes sin hueso y trocitos fileteados con etiquetas de un cerdito que sonríe. Incluso la evidencia del muerto humano ha quedado en el limbo: ir a un tanatorio supone encontrarse con un muerto en un ataúd brillantísimo y al que han envuelto en un sudario del que solo escapa la cabeza, por lo que no se sabe ya muy bien si ese muerto está haciendo su último viaje o en realidad, vestido como un bebé, lo acaban de parir.

Pero tampoco es ése el asunto, sino que lo interesante es remarcar la fría paz nipona ante la llegada del Apocalipsis, y si inmediata superación, pues el siguiente está a la vuelta de la esquina. El Apocalipsis del bicho 19 puede o no llegar aquí –escribo desde Tokio- pero es indudable que, a menos que nos pase como a los dinosaurios con el pedrusco, para los japoneses, sea por su sintoísmo imbuido de budismo o por aceptación humano de lo irremediable, esta plaga mortal quedará en breve reflejada en un dibujo en mi libro de texto del idioma nipón, entre el tifón y el terremoto. En otras palabras, que el poema del encabezamiento, recogido por Osamu Dazai en su libro El ocaso, podría definir el futuro pluscuamperfecto del Covid-19 en Japón. Especialmente si tenemos en cuenta que dicho poema apareció publicado justo al acabar la segunda guerra mundial en un diario japonés. Dazai no revela el autor del mismo; mejor, porque ese poema define el acontecer de lo humano para los supervivientes, al menos en la mentalidad japonesa. Al menos, siempre cabrá el consuelo de que este Apocalipsis no les obligará a construirlo todo de nuevo; el bicho no destruye edificios, que se sepa, aunque, si así fuese, para ellos no tendría importancia, porque, como dice aquella vieja canción que recoge Junichiro Tanizaki en El elogio de la sombra, : “Ramajes/ reunidlos y anudadlos/ una choza/ desatadlos/ la llanura de nuevo”.

¿Y qué tiene todo esto que ver con los cerezos? La primavera hace florecer los cerezos japoneses, de muchas variedades, y los nipones se reúnen a beber sake bajo sus ramas, a la espera de que una leve brisa desgaje los pétalos de níveo rosado. Esa nevada de pétalos mientras se bebe sake bajo el cerezo es el culmen de la felicidad nipona, que encierra en ese poético acto la gran revelación: lo efímero de toda existencia. El fin de semana pasado, la alcaldesa de Tokio, pidió a sus ciudadanos que a fin de evitar la propagación de la epidemia, no se fuesen a los parques a esperar la leve brisa junto a una botella de sake y algo de sushi. Al mismo tiempo, se anunciaron lluvias. Pero, como una metáfora maravillosa, el domingo no fue la lluvia sino una copiosa nevada la que llenó de blanco el aire y el suelo, los parques y los cementerios, donde todos acabaremos con o sin Apocalipsis, como si la realidad se hubiese impuesto sobre la poética visión que asemeja la caída de los pétalos de los cerezos a la de una nevada. En último caso, el año que viene volverán a florecer, por mucho Apocalipsis que traiga el virus y aunque lograse que no queden ojos humanos que contemplasen el esplendor del florecimiento de los cerezos.

Por: Fernando González Viñas.

Corresponsal en Japón.

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