El amor no sólo se vive. También se escribe.

Lo que aquí viene no es una reseña de un libro, aunque pueda parecerlo. Terminé, hace unas horas, la lectura de Carta a D. Una historia de amor, escrito por André Gorz y editado por Ático de los libros. Gorz fue fundador de Le Nouvel Observateur y compañero de viaje de Sartre. Permitidme esa nota, aunque no sea la filosofía el tema de este libro. Lo que en él se cuece es una conmovedora carta de amor de Gorz a su mujer. Ambos consiguieron lo que para muchos es inalcanzable: sesenta años de convivencia, enamoramiento sin fisuras y pasión. Dorine, la destinataria de la carta, enferma y ambos terminan su historia de amor con un suicidio pactado. No es la primera vez, y tampoco será la última, que la literatura recurre a ese final, lo sé, pero en este libro, el amor y la muerte circulan de una forma tan paralela que sus páginas empujan a pensar que amar es la entrega total. O no. Quién lo sabe. La carta que abre este volumen empieza así: “Acabas de cumplir ochenta y tres años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de cuarenta y cinco kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable”. El libro echa por tierra todos los fantasmas de aquellos amores que, sin morir, se destrozan, se vuelven inhábiles y estériles.

Su lectura me ha impactado y eso me da ciertos derechos para compartir ese fragmento. Un libro compartido es tanto como un pasado común. Y éste, que me recuerda a todo el aparato retórico de Dante, de Góngora, de Garcilaso, de Petrarca y de Vallejo, me ha hecho pensar que somos los que somos merced a los que fueron. En palabras parece complicado, pero en sentimientos está más claro que la luz del sol. La poesía (y en ese libro hay mucha) -como el amor, como la fe, como la historia- es una propiedad colectiva y una colectiva sensación, que sólo algunos tienen la fortuna -y el penoso deber- de expresar, de disfrutar, de encerrar en el duro puño torvo de las palabras. El escritor es el carpintero de las ideas, el mercader del amor, el sastre de lo que se ve en los ojos de la persona que se ama. Cumple una función tan social, tan necesaria, tan determinada y concreta como cualquier otra, y no aspira, o no debe aspirar, a la efímera satisfacción de su individualismo. No importa ser anónimos y colectivos, si sabemos que pensamos, que amamos y que existimos. 

Gorz escribió para su hoy y para los que vendrán. Ese es el viejo y doloroso dilema que plantea a todos los escritores un afán de inmortalidad. Las cosas son las que son porque se dicen como se dicen. Lean ese libro. Es un texto extraordinario, emocionante, conmovedor, cargado de amor, de verdad y de vida. Afortunados aquellos que, en este mundo, encuentren un amor como ése. 

Por: la señorita Nouvelle Vague

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