El día que ya pasó y el que aún no ha llegado

Veinte días de confinamiento y yo ya estoy pidiendo árnica. Las cosas se tornan repelentes en lo general y en lo particular. El mañana y ese pico nunca llegan. Y mientras esperamos lo que nunca viene, aparece lo que jamás quisimos esperar: el tedio, la desesperanza, la languidez y la apatía. Que levante la mano el más optimista del grupo y jure, sin cruzar los dedos, que no se ha tropezado con esa sensación en lo que llevamos de encierro. ¿Hay alguien? No veo a nadie. Las cosas parecen confusas y más de una vez aprieta en la garganta un nudo indefinible. Seguro que nadie posee tanta felicidad como quisiera. Seguro que nadie termina de dominarse a sí mismo. Yo, tampoco. 

A veces, desde este primer piso en el que escribo, se otea, entre ventana y ventana de los bloques, alguna nube y una frágil costra de azul lechoso. Por lo demás, entre los alaridos de algún vecino y la manía de los aplausos, este edificio es un continuo guirigay desde el alba hasta el crepúsculo. Y así van pasando los días. Los pájaros, al menos, -ese enésimo mito de nuestro pueblo- vienen a animar el cotarro y cantan de vez en cuando. ¿Alguien más ve lo mismo que yo? ¿Qué ganaría yo con mentir? Sólo un loco pide audiencia al juez para confesar crímenes que nunca ha cometido. En literatura nada hay más difícil de esconder que la falta de sinceridad. 

Tomémoslo con calma. Lo que ocurre -y no hablo de virus- es mal de muchos, casi de todos. ¿Un consejo? La solución no está en los televisores, en las últimas horas ni en las miles de llamadas que en los últimos días recibimos. La receta de la felicidad estuvo grabada en el dintel del santuario de Delfos: nosce te ipsum. La recalcó Sócrates, la corroboró Platón y la aceptó Aristóteles. Aprovechar para conocerse a uno mismo, ahora y siempre, es la clave, el secreto y la esperanza. Cierra los ojos, quédate sólo contigo y no trates de vivir con los dos pies en la esfera de lo tangible y consciente, porque eso sólo es la mitad de tu existencia. Detrás hay más. 

Decía Kipling: “Y así tus ojos, adentro tornados, / descubrirán tu tesoro escondido / bajo la tierra de tus propios campos, / junto a tu hogar, en tu umbral, / en el polvo de los caminos que trillas a diario”. 

Ahora que no hay amazonias por descubrir, explora tu inconsciente. Es la mayor aventura que en esta época tenemos por delante. Id despacio. Poco a poco. Y si no os sale a la primera, seguid el consejo de Da Vinci: “No os resultará difícil deteneros de vez en cuando para contemplar las manchas de las paredes o las cenizas de una hoguera o las nubes o el barro o cosas así, en las que podréis encontrar auténticas maravillas”. 

10 comentarios sobre “El día que ya pasó y el que aún no ha llegado

  1. Sta. Nouvelle Vague : Si los españoles nos sumergiéramos en el nosce te ipsum, la mitad nos suicidaríamos al descubrir lo que realmente somos.
    Desconozco si existen los ángeles y si tienen la virtud de saber escribir, pero Ud. escribe como los ángeles.
    Yo entiendo lo que quiero decir con esto, pero con mi nulo talento, no se si conseguí hacerme entender por Ud.
    Muchas gracias por sus escritos.

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    1. Srta. Nouvelle Vague, es un placer leer sus escritos, y si este último es excelente, el que tuvo a bien regalarnos la semana pasada a mi me dejó sin aliento. Tenga Vd. la bondad de seguir escribiendo. Agradecido.

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  2. Hoy me he enterado de la existencia de La Retaguardia. Desde hoy pienso con alegría que tengo a mi disposición unos textos con los que suavizar mi antipatía por multitud de cosas que están pasando, leerlos y saber que existe gente con valor, que no estoy solo rodeado de la estupidez mas aguda que en mis 65 años he soportado. También soy expilarista y me enorgullece que provengamos de aquellas latitudes,. Mi más sincero deseo de éxito para vosotros y gracias por abrirnos esa ventana de aire fresco.

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