‘El último hombre vivo’ (Boris Sagal, 1971): el trágico dilema de nuestra civilización

Por: Javier Redondo Jordán.

La ciencia ficción es tan prolífica que cualquier situación que se salga de nuestra normalidad se ha considerado ya en novelas y en películas del género. Y en algunos casos, con coincidencias asombrosas. Caminamos hoy solos por calles desiertas en mitad de una pandemia mundial que ha colapsado la civilización y se nos viene a la cabeza, por ejemplo, Charlton Heston en El último hombre vivo.

Tras su época gloriosa como actor de cine épico en Los diez mandamientos (Cecil B. DeMille, 1956), Ben-Hur (William Wyler, 1959), El Cid (Anthony Mann, 1961) o La historia más grande jamás contada (George Stevens, 1965), Heston protagonizó a finales de los años 60, en apenas un lustro, tres de las distopías cinematográficas más icónicas de cine: El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968), El último hombre vivo (Boris Sagal, 1971) y Cuando el destino nos alcance (Richard Fleischer, 1973).

El último hombre vivo (The Omega Man) es la segunda de las tres adaptaciones cinematográficas de la novela Soy leyenda (1954) de Richard Matheson hasta la fecha. Cuenta la historia de un científico (Heston) que, tras el estallido de una guerra biológica desencadenada por China y Rusia que acaba con la mayoría de la población del mundo, se inocula una vacuna experimental que lo hace inmune. Transcurridos unos años, Heston es el último hombre vivo en Los Ángeles. El virus, sin embargo, ha provocado una mutación en algunos individuos, que, convertidos en seres albinos que huyen de la luz, han organizado un culto religioso, llamado La Familia, en torno a un líder que antes del cataclismo era presentador de televisión. Tiene gracia.

Obligado a permanecer recluido frente a la amenaza exterior, el personaje de Heston desarrolla, como Robinson Crusoe, una serie de rutinas para conservar la cordura durante el confinamiento y sólo se permite salir de su refugio durante unos minutos al día para proveerse de alimentos enlatados en supermercados con las repisas huecas.

Un día, como en la novela de Daniel Defoe, el protagonista descubre que no está solo. Pero la cosa no se queda ahí: las huellas en la arena de la playa pertenecen a una mujer. Una Eva arquetípica que de pronto devuelve la esperanza a la humanidad. Y no sólo eso: la mujer es afroamericana.

Cuando la película se estrenó, hacía tres años que habían asesinado a Martin Luther King. Sugerir que la nueva madre de la humanidad sería negra, en mitad de los disturbios del movimiento Black Power en Estados Unidos, era sin duda una jugada arriesgada. El beso entre Heston y Rosalind Cash es uno de los primeros besos interraciales rodados para la gran pantalla. El guion original, sin embargo, subía la apuesta y, en lugar de la sugerencia, hacía explícito que se quedaba encinta. La escena incluso se rodó, pero alguien juzgó prudente eliminarla del metraje.

El final de la novela original, fiel al fatalismo nuclear de posguerra de la década de los 50 y 60, se resuelve en la línea de El planeta de los simios: nosotros somos los monstruos. El último hombre vivo, sin embargo, aparta mayores consideraciones filosóficas y, en plena época de lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, se centra en el encuentro con El Otro, en la convivencia entre unos supervivientes que no pueden ser más distintos.

Algo de esto queda cuando estos días, al asomarnos a la ventana, dedicamos aplausos a los héroes. No es tanto el homenaje a quienes arriesgan sus vidas en algún hospital remoto, lejos de nuestro alcance, como la constatación, tan emocionante como vertiginosa, de que al igual que el personaje de Charlton Heston, al igual que Robinson Crusoe, no estamos solos en nuestras islas de hormigón. En los balcones vecinos aún quedan banderas, pancartas y otros residuos de luchas que, vistas en retrospectiva, hoy parecen no ya absurdas, sino amargamente ridículas. Poco importa el sexo, la raza, la nacionalidad, la ideología, la cultura o el estrato social de las manos que aplauden; el aplauso unánime ensordece el ruido. Veremos cuál de los dos, ruido o aplauso, continúa cuando todo pase.

A esa pregunta El último hombre vivo nos ofrece una respuesta, no por sutil menos demoledora, en el preciso instante en que Heston ve a su compañera por primera vez. A esa vacilación del protagonista, que es la del público, se encomienda la humanidad entera. En la figura a lo afro de Rosalind Cash se encarna, en definitiva, el trágico dilema de nuestra civilización: somos monstruos o no somos nada.

Javier Redondo Jordán

3 comentarios sobre “‘El último hombre vivo’ (Boris Sagal, 1971): el trágico dilema de nuestra civilización

  1. Sr. Redondo, sobre lo que Ud. apunta sobre “Somos monstruos o no somos nada.”, pienso que utilizando el lenguaje de los frikis diría que “Somos nada no, somos lo siguiente”.
    Me gustó su articulo. Gracias.

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  2. A este paso el Hombre Solo va a ser Pedro Sanchez y su partener Pablo Iglesias. El final de la película sería que como no pueden procrear, las generaciones venideras se ahorrarían muchos problemas.
    Muy buen articulo por cierto

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  3. Bonita metáfora de la situación actual, a veces uno mismo cuando va caminando por la calle, (para ir al mercado), o al ir a trabajar, (los que aun podemos), no deja de perturbarse por la soledad reinante y no es la primera vez en la que he pensado que era el último hombre vivo de la Tierra. Afortunadamente no lo soy, por el bien de la humanidad.

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