‘Siguiendo mi camino’: otra lección de vida del maestro Wiesenthal

Por: Clara Boluda Vías.

Divertido, cosmopolita, lúcido, wildeano, tierno, exuberante y de erudición portentosa. Cualquiera que haya tenido la suerte de leer a Mauricio Wiesenthal sabe de lo que estamos hablando: de una de los mejores plumas de nuestra lengua, allá las listas de venta, cuya voluptuosidad narrativa, casi mística a los ojos, es capaz de devolver la vida al barro de los siglos. Y luego echarlo a andar.

En Siguiendo mi camino (Acantilado, 2013), la semilla de la letra nace, como en los romances antiguos, de la voz. Así, Wiesenthal echa la vista atrás y nos cuenta las melodías que marcaron su vida: del bolero al tango, de Sinatra a Elvis, de la corte al pueblo. A cada capítulo, una canción. Y en cada una de ellas, una historia diferente que contar, siempre bajo la pátina azafranada de la melancolía. Porque al igual que Montaigne, y como todos los grandes, cuando Wiesenthal nos habla de él nos habla de todo. De las mil vidas de dandy que ha vivido con el bolsillo agujereado y una flor pendiente del ojal, como cantante de orquesta, redactor de guías, viajero sin beca sellada (ya fuese con billete de tercera o como pasajero del Queen Elisabeth), actor de fotonovelas, bon vivant, fotógrafo parisino con seudónimo japonés, contertulio de la jet, enólogo profesional y medio abstemio. Más propenso al matrimonio que al patrimonio, según sus propias palabras.

En Siguiendo mi camino, este Dionisos afable y exquisito nos tiende una copa del más fino cristal de la Bohemia, región luminosa de vida. A modo de risotada alegre, él mismo resume su filosofía en este fragmento de El esnobismo de las golondrinas (Edhasa, 2007), continuación de su apabullante Libro de réquiems (Edhasa, 2004): «Si reina Nerón, sólo caben dos gestos de fastidio: Séneca o Petronio. Me gusta más el segundo, porque con el estoicismo puede hacerse una religión moralista o un Estado, mientras que el esnobismo es una libertad sin fronteras».

Porque lo realmente extraordinario, por conjunción insólita, es que en Wiesenthal no sólo seduce su talento, sino también su espíritu. Con él, el cristianismo de vida se une a la sabiduría del griego y a la melancolía del héroe que transmite las ruinas de su legado: el de una Europa que ya estaba en crisis antes de que la economía dijese basta. Fuera de toda moda, Wiesenthal señala al burgués como desolador ejemplo de ese fracaso, apelativo instruido que, no obstante, hoy se vería como un linaje demodé: no hay burgués actual que se reconozca en el término, porque hasta Marx le sonará a chocolatina.

Y es que, atento a lo inasible y a sus evidencias palmarias, Wiesenthal sabe, como sabía Gómez Dávila, que en la Historia todo data, pero que no todo envejece. Y nos lega una lección, sencilla y limpia, de paideia sin pizarra: «hay que educar a los jóvenes en el mito». Se debe domar el paladar para distinguir los matices, como él hace volcando las barricas de su erudición y criterio contra los pilares de la educación contemporánea, necia, gris y, peor si cabe, redicha. Un alegato humanista, quijotesco y dignísimamente abocado a la derrota, contra la especialización sin alma y la fabricación servil de Bachilleres Carrascos, digna de gruñido unamuniano, otro espíritu consorte de lanza en astillero.

No en vano, lo mejor de nosotros nos da la mano en sus páginas: Cervantes, Pascal, Montaigne, Dostoievski, Zweig, los místicos. Camus, como baluarte moral frente al dogma sartreano. Por eso, Wiesenthal ejerce la suprema libertad del que escoge a sus maestros y los trata como a coetáneos: sigue su camino y lo revive con ellos. Porque hay jerarquías que no envilecen, donde la reverencia se asume con gratitud y respeto, ante la perpleja afinidad que nos une a los que supieron poner nombre allí donde sólo titubeaba una intuición. A los maestros que nos cambiaron la vida.

No son demasiados, pero se agradece otro más. Que a nadie sorprenda, porque después de haber leído a Wiesenthal será difícil abrir un libro con igual gesto. Se esperará mucho más de la siguiente página. Y, si acaso no fuera redundante, un brindis más alto hacia la vida.

Clara Boluda Vías

One thought on “‘Siguiendo mi camino’: otra lección de vida del maestro Wiesenthal

  1. Creo que Platón escribió que Sócrates decía : “Solo se que no se nada”.
    Dña. Clara, gracias por reafirmar en mi que “Solo se que soy un inculto”.
    Me gusta lo que escribe y como lo escribe. Gracias.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: