Primera semana en los diarios de Ayanta

La escritora Ayanta Barilli, finalista del Premio Planeta 2019 por su novela ‘Un mar violeta oscuro’, ha encontrado, una vez más, cobijo en la escritura para sobrevivir a los días de confinamiento. Ha comenzando a escribir un diario. Aquí podéis leer las reflexiones, los pensamiento y, en definitiva, el día a día de Ayanta. La lectura de un diario es una de las mejores formas para conocer a una persona. Bienvenidos a esta sección.

Madrid, 19 de marzo 2020

Comienzo este diario cuando todavía no ha vencido el cuarto día de confinamiento.

Recuerdo bien la mañana en que lo compré en Roma. Vi este cuaderno en la librería Feltrinelli. Me gustaron sus rayas. Parecía un cuaderno de los del cole. Pensé que lo utilizaría para tomar apuntes sobre mi nueva novela. No podía suponer entonces que se convertiría en la crónica aciaga de estas semanas en las que un extraño virus ha desbaratado nuestras vidas. La mía. La de todos.

Salgo para lo imprescindible. Hacer la compra y llevársela a A. y a su familia, todos enfermos de coronavirus. Y para ir a la radio cada noche. Durante el programa hablo por teléfono con los oyentes. Y poco más. Nada más.

El reloj de la cocina retumba en el silencio de la casa. Nunca antes me había fijado en el ritmo del tiempo.

Lento.

Siento una soledad física enorme. Sólo el agua en mi piel me acaricia y me alivia. La aparición de esta enfermedad coincide con una etapa de mi vida en la que el bullicio de mi casa ha desaparecido, se fueron mis hijos. Se fue el que fuera mi marido. Me he quedado sola con dos gatos. Nina y Bowie. 

No puedo escribir la novela. No logro concentrarme en nada. Llamadas, mensajes, algún trabajo doméstico.

Nina y Bowie

Intento mantener mi ánimo en un estado aceptable. Pero no es fácil. Miro alucinada el telediario. Miles de enfermos, centenares de muertos. Y fuera, la primavera en sus inicios. Un fin del mundo de una hermosura tierna, luminosa, en flor. 

Dicen que es una guerra contra un enemigo invisible. Un enemigo microscópico. Anoche pasó un dron por el cielo de mi casa. Patas iluminadas y una voz que conminaba a la población para que no saliera de sus casas. 

Me asusté. Parecía el Coronavirus en persona. Una araña voladora. Mala. 

Inquietante.

En cada despertar olvido, durante unos segundos, lo que está sucediendo. Es una sensación de alivio que se deshace enseguida. Un espejismo. Pero esos instantes de normalidad son felices. Una felicidad violenta, que nunca había percibido.

Hasta ahora. 

21 de Marzo 

Me he dado cuenta de que poner “Madrid” en la fecha de este diario es superfluo. ¿Dónde voy a estar si no es en Madrid?

Anoche volví de la radio andando. Ya no permiten ir dos personas en coche y coger un taxi me produce una repugnancia insuperable. Eran casi las tres de la madrugada. Me acompañó mi hermana Sandra por teléfono, siempre tan divertida, aún ahora. Llama desde Roma dónde nos llevan la delantera en lo que al confinamiento se refiere. 

Un paseo raro el mío. No tenía miedo. Las calles estaban desiertas y los malandrines en sus casas. Difícil violar a nadie con lo que ahora llaman “la distancia social”. La ciudad exhala una insólita paz. Hermosa. Épica en su silencio. Los semáforos cambian de verde a rojo pero ya da igual porque no hay ni un coche en las grandes avenidas. Sólo pasan las ambulancias. Sin sirenas. ¿Para qué ponerlas si no hay tráfico?

Camino tan rápido, envuelta en un abrigo negro que fuera de mi abuela, que me da flato. Llevaba años sin sentir ese dolor en el costado. Y enseguida me produce una alegría infantil. Recuerdo las caritas de Sandra y de mi primo Leone manchadas de chocolate, sus sonrisas de paletas grandes, con sierra.

Cuando llego a casa me reciben los gatos. Maúllan, se restriegan en mis piernas. Bebo un Cola Cao en esta cocina que ha visto pasar los últimos veinte años de mi vida. Luis, mis hijos pequeños. Y luego otras relaciones fallidas que intento no recordar. En todo caso voces lejanas. Felices y tristes. 

Y de nuevo la cadencia del reloj en la pared. El silencio. 

22 de Marzo

Otro día de soledad absoluta interrumpida por decenas de llamadas telefónicas, mensajes y vídeos. Días que empiezan y acaban despacio. Y, al mismo tiempo, días en los que no alcanzo a hacer nada de lo que quiero. Días inútiles, perdidos.

Anoche me escribió un familiar que fue importante en mi vida. Una carta correcta, bienintencionada. Que me vuelve a colocar en un lugar incómodo. Una vez más la mala de la historia. Pero no me siento capaz de contestarle. No deseo reabrir esa puerta, ni siquiera en estos momentos tan complejos. Ahora parece que lo que está pasando nos tiene que llevar al perdón recíproco. Y yo no siento tal disposición. No todavía.

Cantan los pájaros. Todo sigue igual, mientras todo ha cambiado. Pienso en la semana que pasamos mi hermana Sandra y yo juntas en Madrid, antes de Navidad, y me parece que es la definición de la felicidad. Sin embargo entonces no me di cuenta. 

Me pasa lo mismo con muchos recuerdos. Recientes y antiguos.

He vivido con una falta de conciencia absoluta de mi suerte. Ahora lo entiendo.

23 de Marzo

Me he agarrado un berrinche absurdo por un problema sin ninguna importancia. Las lágrimas quemaban mi piel. Parecían radioactivas. He tenido que ponerme aloe en la cara para calmar el escozor. Después me ha llegado un vídeo de una playa de Vizcaya con un ciervo bañándose en el mar al alba. Algo increíble. Bellísimo y aterrador. 

Me ha llamado un periodista. Quería hablar sobre escritores que, en las actuales circunstancias, han comenzado un diario. Un diario como este, sin ningún valor literario. 

Estoy preocupada porque no consigo escribir ni una sola línea de mi novela. Como si hubiese perdido ese don. Tan valioso. Tan importante para mantener mi equilibrio emocional. Tengo la sensación de que no podré recuperarlo porque lo que sucede a mi alrededor, a nuestro alrededor, es mucho más importante que cualquier historia que pueda contar.

¿A quién le importa escribir o leer cuando el mundo ha enfermado de muerte?

Siento una presión asmática en el pecho. Un regusto a alcohol en la boca. No creo que esté enfermando. Es otra cosa. Angustia, quizá. 

Me tomo un lexatín. Y no se me pasa. 

24 de Marzo

Hoy me despierto con la llamada de A. preocupada por su hijo. Tiene una forma de coronavirus con placas en la garganta. Le duelen mucho. Decido ir a a comprar un antibiótico pero en el camino me asaltan las dudas. ¿Y si es nocivo tomarlos con esta enfermedad desconocida? Hay una larga cola en la farmacia respetando la debida “distancia social”. Muchos viejos esperan con sus recetas. Están serios, asustados. Hace frío y viento. Pienso que debería dejarlos pasar, pero no lo hago. Estoy cansada. Vuelvo a carecer de la generosidad suficiente. Una hora después logro alcanzar el mostrador. La farmacéutica dice que no sabe si un paciente de covid tiene que tomar antibióticos. Dice que ella a su hijo se lo daría. Me da una caja a pesar de que no tengo receta. Y suelta:

-Sólo faltaría que los capullos de Sanidad me hicieran una inspección por vender medicinas sin receta médica.

Me hace reír. Desde luego, sólo faltaba. 

De camino a casa de A. llamo a un médico del Niño Jesús que tengo en mi agenda por alguna entrevista. Hablo con él y me confirma que el hijo de A. tiene que tomarlos, pero no los que he comprado. Vuelvo a la farmacia. Otra hora de cola. Resignación total por mi parte. Observo con mucha atención todo lo que me rodea. Seriedad. Silencio. Y un par de situaciones surrealistas:

-Un coche policía avanza muy despacio por la calle. Utilizan un megáfono. ¡Fuera, fuera! Dicen. No sé si se refieren a nosotros, los que estamos haciendo la cola. Pero no. Delante del vehículos hay tres o cuatro pavos reales que pasean a sus anchas. Los policías intentan conducirlos hacia el parque. Los pavos pasan de todo. 

-Descubro posado sobre un bolardo un cofre rojo. En el centro. Pienso que un enamorado lo ha dejado ahí para un amor al que no le está permitido ver. Hago una foto. Es bonito. Esconde una historia. 

Y, quizá, un anillo. 

25 de Marzo

Esta mañana E. me ha enviado una foto de mi padre trabajando en el nuevo periódico. Se me han saltado las lágrimas. Entre unas cosas y otras llevo dos meses sin verle. Nos queda poco tiempo para compartir. Y este confinamiento es un tiempo arrebatado a la vida. Regalado a la muerte.

Esta tarde mi hija Caterina me ha llamado para pedirme la receta de la tarta de manzana. Su favorita. Sé lo que significa para ella. Lo he vivido yo misma en otras ocasiones. Esa tarta sabe a casa, a familia, a madre. Me ha hecho ilusión.

Esta noche he tenido una larga conversación telefónica con un hombre que siempre me ha gustado. Pero al que nunca he hecho caso. De pronto, solos los dos, hemos pasado un rato agradable. No sé muy bien qué significa.

Nina y Bowie duermen conmigo. Beso sus hocicos mojados. La compañía felina es la única posible.  

Todo continúa al fin. 

Continuará…

6 comentarios sobre “Primera semana en los diarios de Ayanta

  1. Sra. Barilli.
    Perdóneme si me meto donde no me llaman, pero presumo que se siente sola, puede que Ud. no sea consciente de ello pero quizás cerca de Ud. haya una persona que podría encajar con la letra de la canción “Aqui” del malogrado Patxi Andión. abra los ojos y mire a su alrededor, si la encuentra terminará con su soledad. ojalá la encuentre.
    Cuando sientas el alma
    volarte entre los dedos
    cuando sientas que el aire
    se acerca hasta tu invierno,
    cuando oigas silencios
    posarse en tu ventana
    y vagues cada noche
    con el ala cansada.
    Yo estaré aquí
    detrás de ti
    para calmar tu sed
    y reforzar tu fe,
    acompañar tu sombra
    para calmar la hora
    de rellenar alcobas
    y enderezar la eslora.
    Cuando sientas que nadie
    se acerca a tu palabra
    y el vino se te acabe
    dejándola callada,
    cuando sientas la boca
    amargamente amarga
    y apagues los faroles
    que señalan tu barca.
    Yo estaré aquí
    detrás de ti
    para darte calor
    para ser tu ambición,
    para salvar distancias
    que nos sientas separan
    y enderezar las lanzas
    que defienden tu planta.
    Cuando sientas callarse
    al amigo querido
    y creas que ya es tarde
    para obtener asilo,
    cuando te sientas solo
    abandonado y preso
    y no encuentres el modo
    de soportar tu peso.
    Yo estaré aquí
    detrás de ti
    a remendar dolor
    y abrigarte la voz,
    dar sombra a tu verano
    y hacer tuya mi mano
    y ser tu compañía y que tu,
    y que tu seas la mía.

    Gracias por su diario y perdone mi insolencia.

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  2. recordarte, a media luz, que no estás sola con lo del agua y la piel (bendita ducha) y, ¡qué decirte, eleusina!, que volverán las sorianas golondrinas y si las “benzos” no funcionan, habla con Antonio, que no le es menester colegiarse para bien recomendarte alguna pócima calmante….yo he plantado amapolas junto a un limonero, y ansioso espero en lo más hondo de mi encierro ver caer sus pétalos color verano.

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  3. Una perfecta descripción de lo que es la soledad de una persona y sus reacciones , pensamientos y sensaciones ante esta situación de confinamiento tan abrupta y dramática.
    Enhorabuena a la autora. Y enhorabuena a Sánchez Drago y a todos los por la iniciativa de esta revista que tanto aporta en estos cruciales momentos . Gracias y un abrazo

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