Una vuelta al mundo cinco siglos después

El espíritu viajero

Al inicio del verano de mi décimo cumpleaños, en San Rafael (Segovia), mi madre me propuso acompañarla en un viaje en autostop a Viena. Aturdido por la emoción le respondí “¡Claro, mamá!”. 

Iniciamos el viaje, en Madrid, unos días después. Cogimos el autobús 34 desde nuestro barrio hasta Atocha, y de allí un tren de cercanías hasta Meco (a su salida de Madrid, la ahora denominada “Autovía del Nordeste” no iba más allá de Alcalá de Henares, y los dos o incluso tres carriles por sentido pasaban a convertirse en el de ida, y el de vuelta, de una carretera nacional radial de entonces), caminamos de la estación a la carretera, y comenzamos con el dedo. 

Elegante. Majestuosa. Aparece Barcelona en mi recuerdo, en una época en la que el actual proceso de Detroit-ificación en que se encuentra inmersa la que fuera gran Ciudad Condal (¿Barcelona, la ciudad que fue?) ni estaba ni se le esperaba. Una Barcelona que a mis ojos y a mi mente de niño les pareció mucho más capital que Madrid, mi ciudad, y capital nominal del país. Sigo recordando de vez en cuando que, en una cafetería del metro de Barcelona (en Madrid las estaciones de metro no contaban entonces con cafeterías, ni cosa parecida), al tomar el desayuno previo a nuestra jornada autostopera, el camarero preguntó, con un fuerte acento, desconocido entonces para mí: “¿las cuentas juntas o por separado?” Mi sorpresa fue mayúscula. Soy un niño, pensé ¿No ha de ser mamá quien pague el desayuno? La zozobra (o zozobrita) que hizo presa en mí, por no disponer de dinero, quedó conjurada con esa sonrisa irónica que mi madre le disparó al camarero, mientras le respondía, con un tono en el límite entre el comedimiento y la displicencia: “deme la cuenta a mí, yo pago por los dos” (¡Gracias, mamá!). 

Nos pusimos en marcha. En unas horas estábamos cruzando la frontera: una frontera a la antigua usanza, sin Schengen, y sin formar parte todavía España de la Comunidad Económica Europea. Se nos dio bien: al final del día nos encontrábamos en la ciudad de Valence, en el corazón de Francia. Era de noche. En nuestra búsqueda del lugar apropiado para dormir se nos apareció la estación de ferrocarril. Entramos por curiosidad, pero resultó que en menos de dos horas partía un tren para Ginebra, y mi madre resolvió que iríamos en ese tren, y, además de ahorrar en alojamiento, adelantaríamos bastante recorrido durante la noche. 

Llegamos a la estación de Ginebra a primera hora de la mañana y, tras los controles de policía y de aduana, me topé con una oficina bancaria en cuyo ventanal había un cartel, redactado en un perfecto español, en el que podía leerse lo siguiente: “los españoles portadores de grandes cantidades de pesetas en efectivo, pasen, que les tenemos preparadas condiciones especiales”. Qué raro, pensé… y sí, la impresión que ese cartel me causó continuó reverberando muchos años en mi cabeza. Salimos de la estación y me sorprendió la extrema limpieza que lucían las calles, y también, las máquinas móviles a bordo de las cuales los barrenderos, en funciones de comandantes de dichas máquinas, hacían desaparecer cada colilla o cada pequeña mota de polvo que se encontraba a su paso (¡Qué nivel, Ginebra! ¿No?). 

En la carretera, a la salida de Ginebra, nos paró un tipo que iba a Múnich. Miré el mapa y comprobé, con satisfacción, que ese recorrido era alrededor de la mitad de toda la distancia de Ginebra a Viena. Pero nada: en Winterthur paró en una estación de servicio, y nos exhortó a abandonar el vehículo. Mi madre se encontraba incómoda, y no deseaba seguir con el autostop ese día. Durante la búsqueda del alojamiento para la noche me explicó que habían tenido una discusión en la que el hombre, militar, sostenía que, durante la Segunda Guerra Mundial, Hitler no había invadido Suiza porque temía la eventual derrota de la Wehrmacht a manos del ejército suizo. Las risas de mamá al pensar que esas palabras eran un chiste provocaron una sensación de ofensa irreparable en el orgullo del militar (una, digamos, falta de sensibilidad, que él, erróneamente, interpretó como dolosa). Y claro, pagamos semejante ofensa con el abandono que, en Winterthur, nos propinó el airado conductor. 

Encontramos una pensión muy acogedora, dormimos profundamente, y por la mañana disponíamos de nuevo de todas nuestras energías. Partimos a medio día, llegando a Kreuzlingen a eso de las dos de la tarde. Mi madre quería enseñarme algo que le había impresionado durante sus viajes en bicicleta por Europa, veinte años atrás: una ciudad partida por una frontera. En efecto, Kreuzlingen y la alemana Constanza me parecieron la misma ciudad, sólo que con una frontera de por medio (y las bicicletas bien candadas en Alemania, y libres en la suiza Kreuzlingen). Autostop, barco y autostop, y llegamos a Múnich a última hora de ese mismo día. Nos quedamos a dormir en la estación principal de trenes. En mitad de la noche hizo su aparición la policía, pidiendo documentación. Cuando mi madre se disponía a mostrar nuestros pasaportes al policía que se aproximaba, éste, sorprendido, y con una amabilidad sentida, bien alejada del tono que estaba usando con el resto de los habitantes nocturnos de la estación, le indicó: “no, señora, ustedes no”, y se fue (cual Miralles -sólo Miralles-, al descubrir a Sánchez Mazas tras escaparse este último del fusilamiento). 

Por la mañana salimos a la autopista, y esa misma noche llegamos a Viena, casi una semana tras la partida de Madrid. Nuestra estancia en Viena nos hospedamos en una pensión sencillita, cerca de la Südbanhof, en los alrededores de cuya localización se encuentra hoy en día la Hauptbanhof. Mi recuerdo más preciado de Viena fue la visita que al día siguiente hicimos al Prater, y la conversación que mi madre y yo mantuvimos durante el tiempo en que la Gran Noria completó su vuelta. Sí. Mamá me trataba (casi) como si fuera adulto. Me daba a leer libros de sus autores favoritos (en la versión normal, nada de versiones para niños), los comentábamos, y ella extraía oro de párrafos concretos de esos libros. Con el pan elaborado a partir de ese oro cubríamos hechos peculiares de nuestra vida corriente, dándoles así un carácter especial, a veces épico, y, en contadas ocasiones, incluso mágico. Había iniciado esa forma de proceder un par de años atrás, en la alicantina Isla de Tabarca, L’Illa (un paraíso para personas alternativas y l-ese-dianas de la época), en paseos entre el pueblo y el cementerio, situados en ambos extremos de la isla. Pero en la Gran Noria me abrió su corazón, de una manera desgarrada y que nunca había empleado antes. Es más, con el tiempo he ido conformando en mi interior la idea de que era, precisamente esa conversación, el objeto de que me hubiera invitado a realizar el viaje con ella. No entraré en el detalle de sus contenidos, pero sí diré que, a pesar de sólo tener diez añitos, sentí esa conversación como una suerte de primera incursión en la edad adulta. 

Hubo también una vuelta de Viena a Madrid, claro, acaso más intensa que la ida, y que incluyó una corta visita a esa Yugoslavia que, pocos años después, se convertiría en un país esencial en mi vida; pero intuyo que las vivencias entre Madrid y Viena fueron suficientes para que el impulso viajero penetrara en mi espíritu, y ya nunca más saliera de él. Y a partir de ese momento me fui documentando más y más sobre grandes viajes, efectuados por intrépidos aventureros; sobre diferentes lugares del mundo, sobre sus gentes, sobre sus costumbres, sobre sus idiomas, sobre sus dineros; y, también, sobre cómo podría yo llegar (algún día) a visitar (varios de) esos lugares. 

Por: Javier Wrana.

2 comentarios sobre “Una vuelta al mundo cinco siglos después

  1. En mi desgana confinada, ganas me ha infundido esta preciosa historia de, a saber, rememorar de puño y letra mis anacrónicos ensayos de neo-emigrante para no hacer dinero ni en Holanda, ni en Escocia ni mucho menos en Francia, volver a llorar el alma de mi madre ya una década de cuerpo ausente y hasta rescatar algún secante confinado en mi nevera de soltero con gata y patio soleado. Le estoy profundamente agradecido, caballero.

    Le gusta a 1 persona

  2. Quisiera contar alguna aventura tan interesante, y reconozco que no las tengo. Pero de mi recuerdo recupero a la España de los 80. Recorrer en Renault 8 las carreteras de la piel de toro con mis padres. Esos agostos que eran el mes del descanso del proletario. Con viajes avituallados según los días de bocadillos de tortilla de patata, otras veces tortillas de atún, pero siempre acompañados de kilómetros de sol, descubriendo en familia las geografías bellas de una España que parecía tan cercana y fácil con 8 horas en un coche. Al cabo de 25 años y visitar otros países descubrí que era mucho más bella y singular, pero reconozco que volvería a ser un niño y recorrer con esos ojos, otra vez los mismos kilómetros de sol.

    Me gusta

Responder a Abubillo Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: