El novio de Marilyn

Sergio Berrocal.

Cuando Marilyn Monroe fue suicidada en 1962, por la CIA o por la vida, que es más o menos lo mismo, yo tenía veintipocos años y ya estaba enamorado, pero de otra mujer. Cuarenta y cinco años después de aquel magnicidio acabo de darme cuenta de que también estaba enamorado de Marilyn.

Tengo una amiga –que aunque me quiere no vacila nunca en clavarme en el potro de los tormentos inquisidores como un Torquemada con encanto caribeño– que me echa en cara mi “tardanza amatoria mental”. Bueno, dice, y tiene cierta razón, que me doy cuenta de muchas cosas cuando a veces el ascensor ya ha subido y yo estoy todavía en el sótano. Reconozco que de vez en cuando se acerca a un arrumaco de verdad pero, bueno, hay que ser conscientes de las limitaciones que Dios nos ha impuesto.

En estos días de crisis aguda del temible Coronavirus, bicho inventado por los chinos que mata a miles de personas,  me ha llegado un regalo que no me esperaba. Una Marilyn desconocida (para mí al menos), capaz de leer poesía al mismo tiempo que guiñaba un ojo para conquistar a un presidente o a un soldado de la guerra de Corea.

Tenía los ojos más risueños que nadie vio jamás y cuando su miraba la combinaba con un movimiento de labios muy suyo, era el acabose, un bolero de Luis Miguel o un fandango de Huelva, al gusto del consumidor.

Marilyn me llegó por la televisión, por donde llegan tantas malas cosas, tanta podredumbre. Pero ya era la una de la mañana y en esta isla africana mía, a la que añoro aún viviendo en ella como un Boabdil expulsado del reino de Granada por los mamotretos de Reyes Católicos, y a esas horas se han acabado las emisiones basura y es entonces cuando enchufan las más interesantes y hasta culturales.

Marilyn era la mujer que nos hizo felices a todos, aunque, como yo, algunos no lo supiesen. La rubia que adornó los sueños de colegiales grandes y chiquitillos, guapos y feos, adolescentes y mayores. ¿Quién pudo no estar enamorado de esta mujer?

Cuando la otra noche me apareció con un pantalón azul que insinuaba más que ocultaba, una sonrisa de dientes blancos como sólo ella tenía y unas zapatillas bailarinas que quitaban el sentido lo entendí todo.

Marilyn Monroe y Milton Greene

(Comprendí por qué muchos años antes otras zapatillas como esas, pero con una falda de cuadros de rigidísima sensualidad, medias adecuadas y sonrisa contenida otra mujer me enamoró. Era mi profesora de Literatura en el Instituto de Ceuta, una plaza fuerte que todavía le queda a España en Marruecos. Es finalmente, salvo una novia bicolor que tuve por aquellos tiempos –medio cuerpo era blanco como la leche 1900 y el resto tostado como las modelos de playas del Índico– la mujer que más ha contado en mi existencia. Y les diré por qué. El enamoramiento que tuve me salvó la vida. Fue ella, con una dulzura que tal vez no tenía Marilyn, la que me incitó a ir por el camino de las Letras. Debo confesar que poco antes un catedrático de Matemáticas había destruido todas mis ilusiones de ser un Einstein al percatarse de que mi ciencia nunca pasaría de las divisiones con decimales. El caso es que aquella profesora, que probablemente se casó y tuvo hijos sin acordarse de mí, me metió en el tanguillo de la escritura. Y si pulso una tecla veo sus ojos verdes y si le doy a otra se iluminan sus labios reventones. Y cuando he conseguido componer una palabra –lo que a mí me lleva mucho, no se olviden del retraso que me atribuye aquella amiga mía de las primeras líneas de esta crónica– para qué voy a contarles lo que me pasa por el cuerpo…).

En la emisión había un montón de fotos pavorosamente bellas de Milton Green, quien disfrutó a Marilyn en esa intimidad perversa que existe invariablemente cuando está la cámara por medio. Y aunque ella era el Erotismo la mataron con treinta y seis años. Es curioso, su madre la parió en 1926 y alguien o algo la mandó al otro barrio en 1962, que es como lo mismo pero al revés y con el seis del diablo en ambos casos. ¿Ustedes creen en las coincidencias? Pues les aseguro que no existen.

Tenía 29 años cuando estrenó The Seven Years Itch. Para los más lentos: es aquella película en la que un ventilador consiguió que su braga blanca, vamos la de aquella escena, se convirtiese en la más cinematográfica del mundo. Desde entonces actrices o que creen serlo tratan de imitar su cara risueña cuando hacen como si se sujetasen las faldas que vuelan hacia la eternidad.

Fotograma de la película The Seven Years Itch

Entonces, Marilyn todavía no sabía que iba a morir, pese a que vivía rodeada de psiquiatras y otros maleantes, lo que siempre es una mala señal, pedía a voces papeles dramáticos y leía el Chéri de Colette.

(He descubierto una foto suya en la que se le ve con el Ulises de Joyce entre las manos. Por supuesto que nadie sabe si lo estaba leyendo, aunque a nadie le importase, salvo quizá a aquel impertinente marido que tuvo, el tal Arthur Miller, escritor que decía él. Pero si de veras se tragó el tocho de Joyce se podría entender su deriva mental y hasta la desesperación de vivir. Que escribiera versos como algunos afirman o que leyese poesía, pasa. Pero para leerse ese libro hace falta mucha fe en la humanidad).

Cuando reclamaba esos papeles dramáticos no sabía que unos años más tarde representaría el personaje más trágico de su existencia, el de Marilyn Monroe muriendo en una cama fría y sola, que seguramente es la peor manera de morirse.

Arthur Miller afirmaba que “la muerte la acompañaba siempre y siempre estaba bailando al borde del precipicio”. Quizá la respuesta de Marilyn a esta malevolencia fuese que sus sueños se parecían a los más negros de los grabados de Goya.

Todos la amamos y nadie la poseyó. Ni siquiera aquel primer marido llamado Joe Di Maggio. Porque los sueños, sueños son.

Por: Sergio Berrocal

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