Mi primera vuelta al mundo

Javier Wrana.

Seguimos publicando nuevos fragmentos de la primera vuelta al mundo dada por Javier Wrana…

En 2019 se cumple el quinto centenario del inicio de la mayor aventura viajera que la humanidad había emprendido hasta el momento: la primera circunnavegación de nuestra Tierra. Y, como una treintena de años atrás con el descubrimiento del Nuevo Mundo, fue también Castilla en esta ocasión el indómito reino que la puso en marcha. Muy influido por el impulso viajero que había penetrado en mi espíritu durante el viaje en autostop con mi madre a Viena, y animado por mis lecturas sobre las gestas organizadas por la Corona de Castilla a finales del siglo XV y a principios del XVI, ya de niño decidí que, llegado el momento, yo también daría la vuelta al mundo. 

En mitad de mis estudios de licenciatura comencé a pergeñar el anhelado viaje, y fijé como destino último el punto exacto al que llegaría si atravesara la tierra por su centro, desde mi casa en Madrid ¡Bingo! Había tierra firme: la pequeña aldea de Weber, en la Isla Norte de Nueva Zelanda, se encontraba muy cerca de mi destino último. A partir de ese momento trabajé duro en multitud de trabajos alimenticios (que diría Vargas Llosa), y ahorré un pequeño capitalito, al tiempo que iba recopilando información sobre cómo se podía entonces realizar ese viaje, y sobre los destinos que podría incluir en él (en una España en la que internet todavía no había amanecido). 

El momento llegó al finalizar el último curso de mi Licenciatura en Economía. Me puse en marcha. La ruta básica, para la que había comprado los vuelos en una mítica agencia de viajes de la calle Damrak de Ámsterdam, incluía los siguientes tramos: 

1. Ámsterdam-Estambul 2. Estambul-(Delhi)-Singapur 3. Singapur-Yakarta 4. Yakarta-Sídney 5. Sídney-Numea 6. Numea-Auckland 7. Auckland-Papeete 8. Papeete-Los Ángeles 9. Nueva York-Madrid 

Estos nueve vuelos fueron completados con unos cuantos más durante el propio desarrollo del viaje, y con otros recorridos en tren, en barco, en autobús, en camioneta, y en autostop. De modo que los países y territorios visitados por primera vez incluyeron Singapur, Malasia, Tailandia, Hong Kong, Macau, Filipinas, Indonesia, Australia, Nueva Caledonia, Nueva Zelanda, Tahití, Estados Unidos, Canadá, México, Guatemala y Honduras. 

Por la cantidad y la calidad de las experiencias que viví, esa primera vuelta al mundo superó con mucho mis expectativas, y se convirtió en el viaje iniciático plus que probablemente necesitaba en aquel momento de tránsito definitivo a la edad adulta. 

En su conjunto, la experiencia de experiencias, placentera y muy muy enriquecedora, me permitió consolidar, de manera fehaciente, un conjunto de ideas que venía intuyendo de tiempo atrás, y cuya formulación cristalizada podría expresarse como que lo que nos une a los humanos es estructural y superior, mientras que lo que tiende a separarnos es esencialmente coyuntural e inferior. Lo placentero y lo enriquecedor de esa primera vuelta al mundo fue la semilla de la que brotaron otras diecisiete, además de múltiples viajes menos ambiciosos, que, hasta el momento de escribir estas palabras, me han permitido conocer más de ciento cincuenta países y territorios, y cientos de personas a lo largo y ancho del mundo, incluyendo, en algunas decenas de casos, un trato con elevado grado de intensidad espiritual. Esa misma semilla es la que me estimula a compartir algunas informaciones útiles para organizar, hoy, una vuelta al mundo. 

Dos experiencias de mi primera vuelta al mundo 

Fueron numerosas las experiencias que viví en mi primera vuelta al mundo, desde luego, pero entre ellas deseo presentar las dos siguientes: 

I – descubriendo Macau y los macaenses. 

El tren nocturno era la opción óptima para viajar de Chiang Mai al aeropuerto de Bangkok (el Don Mueang, claro: aún no existía Suvarnabhumi), pues antes de entrar en la capital tailandesa tenía una parada precisamente frente al aeropuerto, y por su hora de llegada me daba tiempo más que de sobra para enlazar con el vuelo en el que, esa misma mañana, me desplazaría a Hong Kong. 

Chiang Mai.

Abordé el tren nocturno avanzada la tarde de mi último día de estancia en Chiang Mai. Tomé posesión de mi litera, y al poco ya estaba durmiendo. Desperté, sobresaltado, en mitad de la noche. El tren estaba parado en una estación. Comprobé el horario en que el tren debía de estar pasando por esa estación ¡Oh, no! Íbamos con cuatro horas de retraso (y mi vuelo partía, precisamente, cuatro horas tras la llegada prevista del tren a la estación Don Mueang). El trayecto Bangkok-Hong Kong era el primer vuelo de una ruta por el Sudeste Asiático, cuyos primeros tramos, por tren, habían transcurrido entre Singapur y Kuala Lumpur, entre Kuala Lumpur y Butterworth, y entre Butterworth y Bangkok. Perdería todos los vuelos si no tomaba el primero. La preocupación que me acompañó desde el sobresaltado despertar, siempre positiva, se atenuaba con cada puesta en marcha del tren, y según aumentaba la velocidad; y aumentaba cuando la velocidad se reducía, o cuando la duración de una parada superaba los dos minutos (y exponencialmente a partir del cuarto minuto de espera). Sea como fuera, no pude dormir en toda la noche. 

Por los pelos, sí, pero finalmente la cosa fue bien: recuperamos casi una hora desde que me desperté hasta que llegamos a Don Mueang. Salté del tren, me dirigí a toda velocidad al aeropuerto y, una vez allí, a los mostradores de facturación. Facturé, e inmediatamente después las empleadas cerraron la facturación y abandonaron el mostrador ¡Justo a tiempo! Las dos personas que llegaron en el minuto siguiente, y que me pareció recordar del tren, se quedaron en tierra. 

Completamente mojado por el sudor de la carrera, subí al avión, me senté en mi asiento, y no tardé en quedar dormido. Me despertó una azafata poco antes de aterrizar en Hong Kong, con el sudor de mi camisa ya frío, y con la sensación de haber cogido un resfriado. 

Ese Hong Kong todavía tutelado por el Reino Unido me entusiasmó, sí. Pero la auténtica fascinación la sentí, a un ferry de distancia, en Macau, el diminuto territorio chino entonces administrado por Portugal. Allí conocí a una peculiar etnia, los macaenses, con orígenes mixtos en China y en Portugal, y con varios de ellos establecí vínculos de amistad, muchos de los cuales perduran hasta hoy. Los macaenses que conocí parecían cien por cien portugueses cuando hablaban en su exquisito portugués (una lengua que entonces entendía casi perfectamente, aunque apenas hablara yo el un poco irreverente portuñol), pero parecían mutar, hasta físicamente, cuando pasaban al cantonés. Dos mundos, y tan distintos, a uno y a otro lado de la sólida frontera que atravesaba lo más íntimo de cada uno de ellos. Todos los que conocí eran cien por cien conscientes de que en pocos años la administración pasaría definitivamente a China, y mantenían una lucha interior, ya dubitativa o temerosa, ya esperanzada, sobre qué sería de ellos en la nueva situación… Y vaya, en el momento de escribir estas palabras, cuando se cumplen exactamente veinte años del traspaso de la administración de Macau de Portugal a China, todos los amigos macaenses que fui haciendo desde entonces y con los que mantengo el contacto, se han adaptado perfectamente a la nueva situación. Las dudas se han despejado. La frontera interior de antaño se ha difuminado. Y ahora abrazan sin miedo esa identidad china que siempre formó parte de su ser, sin por ello renunciar a su conexión portuguesa, y por ende occidental. Unas grandes puertas abiertas, y la posibilidad real de que Macau se convierta en una auténtica plaque tournante entre dos de las unidades civilizatorias más importantes de hoy en día: el Mundo Chino, y el Mundo Ibérico (en conjunto, un tercio de la población mundial). 

II – Los Mitchell y el Fin del Mundo (el mundo es pequeño, muy pequeño) 

Con ayuda de un mapa escala 1:50.000, elaborado por el Instituto Cartográfico del Ejército, calculé las coordenadas de mi casa en Madrid, situada en San Ignacio de Loyola (un tranquilo y acogedor barrio, tipo “Cuéntame”, en el extremo suroeste de la ciudad). Una vez llegué a Auckland, me hice con un mapa a la misma escala de la zona en torno a Weber, y determiné la antípoda exacta de mi casa. Tomé el tren nocturno que partía cada noche de Auckland, destino a la capital del país, y me apeé en Palmerston North. Allí esperé unas horas hasta que pasó el tren que paraba en el lugar más próximo de Weber al que el ferrocarril me permitía llegar, Dannevirke, donde indagué sobre cómo llegar a Weber. Hubo suerte: el repartidor del correo me permitió acompañarlo en su camioneta hasta el comienzo del camino de tierra que se aproximaba al punto exacto de mi antípoda (yo aún no disponía de carné de conducir). Cuando llegamos, me despedí del cartero con un sentido Thankyou very much, y saludé al hombre que se encontraba al comienzo del camino de tierra. “¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí?” me espetó con gran sorpresa el hombre. Cuando le expliqué quién era, de dónde venía, lo que hacía allí, y le mostré el mapa, se echó a reír a carcajada limpia. “Tu antípoda se encuentra en mis tierras”, me explicó. “Mira. Espera a que llegue el autobús del colegio, con mi hijo menor. Te vienes a casa. Y mañana te llevo a ese sitio”. Así conocí a Russell Mitchell. Me quedé con ellos como una semana. Aprendí a hacer varias actividades de la granja, incluido esquilar ovejas… y aprendí, también, otras cosas, acaso vitalmente superiores, entre las que claramente destacó el arte que magistralmente dominaba su esposa en el cuidadoso manejo de los tenues equilibrios de la relación familiar, para que ésta se desarrollara en placidez y armonía. Un par de días tras mi llegada organizamos, ceremoniosamente, la excursión a mi antípoda. Fuimos, toda la familia Mitchell y yo, en los dos tractores que tenían (y sus respectivos remolques), y, una vez llegamos al punto exacto, plantamos una gran cruz de madera, rodeamos la base con piedras, y Russell, Katheryn, y sus seis hijos, se pusieron a cantar (yo apenas seguí el ritmo, pues no conocía la canción). Después hicieron varias fotos, y filmaron unos minutos de película, con la cámara de vídeo, todavía operativa, que habían usado años atrás en su viaje de novios, precisamente a España.

Volvimos a casa. Comimos y bebimos bien (acabamos todos un poco ebrios), y me retiré a la habitación que me habían asignado, acaso la mejor de las que tenían libres (la casa principal de la granja contaba con más de diez habitaciones). Tumbado ya en la cama noté cómo negros nubarrones se acercaban, y supe que una inquietud profunda y dolorosa me invadiría y me impediría dormir. Y eso ocurrió. El mundo todo era muy muy pequeño: yo, un muchacho de barrio modesto, de veintitrés años recién cumplidos, y apenas con el fruto de trabajos poco o nada cualificados, había llegado al Fin del Mundo. El resto del viaje no me alejaría más: a cada nuevo tramo estaría más y más cerca de casa. Ya no podría viajar más lejos dentro de nuestra Tierra, pequeña pequeña, y sí, también frágil frágil, y en la que movían feroz guerra ciegos reyes por un palmo más de tierra, sin que yo pudiera decir que tuviera algo mío (algún mar, bravío o no) a quien nadie puso leyes. Me repuse, claro, pero a veces me asalta esa idea que me provocó la inquietud aquel día ¿Era el mundo una cárcel? ¿Nuestra cárcel? ¿O acaso nuestro paraíso, si éramos capaces de cuidarlo y de adaptarnos a él? 

Por: Javier Wrana

One thought on “Mi primera vuelta al mundo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: