Segunda semana en los diarios de Ayanta

Ayanta Barilli.

27 de Marzo

Ayer no escribí porque tuve un día difícil. Mi alergia al alcohol se disparó. Durante estas últimas semanas en la radio me he limpiado las manos con la solución desinfectante recomendada, sin pensar en mi intolerancia. No puedo beber ni siquiera una copa de vino. Si lo hago, se me hinchan los ojos, la boca y la garganta. Pero no caí en la cuenta de que a través de la piel también llegaría lentamente a la sangre. Así que por la noche me dio un ataque: pecho enrojecido, piernas acorchadas y asma. Tuve que llamar al seguro médico de madrugada para que me pincharan Urbason. 

Un susto, la verdad. 

Y no se acabó ahí la cosa. Por la mañana, después de hacerle la compra a A., llegué a casa para comer y al masticar se me rompió una muela en dos. 

Pánico. 

Ahora cualquier percance sin importancia se convierte en un problema de primera magnitud. Llamé a mi dentista y abrió la clínica para atenderme. Un encanto de hombre. Mientras me ponían una muela nueva, con cuatro manos metidas en la boca, dos del médico y dos de la enfermera, pensé en el riesgo de contagio con esta operación.

Pero ¿qué podía hacer? 

Una vez en casa, volví a sentir una ansiedad creciente, que se disparó durante la noche, al regresar de la radio. Llamé al hombre que siempre me gustó y hablamos hasta las cuatro de la mañana. Su voz acabó por tranquilizarme. No entiendo bien en qué consisten estas relaciones virtuales. Son absurdas y al mismo tiempo necesarias. Lo que hace tan sólo dos semanas me habría parecido una idiotez, ahora me acompaña y alivia. 

Misterios del alma.

Cuando cuelgo con la oreja en llamas de tanto teléfono, pienso que quizá no consiga ver a mi hijo, ni a mis familiares y amigos italianos, en muchos meses. No podré pasar las vacaciones de verano con ellos, como suelo. Será la primera vez en mi vida que no volveré para bañarme en el mar de mi infancia.  

Me siento en una trampa mortal. Esta ciudad, la radio, Madrid. Y sus calles. Irreconocibles.

Hoy me he despertado desarbolada. Las malas noticias se suceden desde primera hora. Consuelo a todo el mundo por teléfono y no encuentro consuelo para mí misma. Limpio toda la casa. Amoniaco en los pomos de la puerta, en la barandilla de las escaleras, en los interruptores. Uno a uno. Cocino por si mi estado de ánimo futuro me lo impide. 

Luego me tomo un lexatin.

Al fin un poco de paz. 

Duermo una siesta sin ver el telediario de las tres. ¿Para qué? Me despierto con el mensaje de que han ingresado al padre de M., tiene 88 años. No le pueden ver. No pueden siquiera hablar con él. 

Seguimos.

28 de Marzo

Sábado. Un alivio no ir a trabajar. Abro los ojos decidida a reanudar la novela pero, una vez más, no lo hago. Me agarro al teléfono, hablo compulsivamente. Cuando ya me he quedado sin saliva y sin palabras, hago una hora de pilates online mientras los gatos se cuelgan de mis piernas y me muerden la cabeza. Una cabeza llena de canas porque las peluquerías están cerradas. Decido teñirme yo sola por primera vez en mi vida. Queda perfecto. Me pregunto por qué me he gastado el dineral que me he gastado en cuestiones tan baladíes como el pelo. 

Soy una pija sin remedio.

Después me lanzo a la calle para hacer la compra a A. 

Siguen enfermos, pero comen como limas. Sobre todo sus dos hijos adolescentes. Arrastro el carrito cargado por todo el barrio. Charlo un rato con A., su marido L. y sus hijos. Yo en la calle, ellos asomados por las ventanas de su chalet. Cada uno en una, hasta sumar cuatro. Parece la escena de “Belle Époque” cuando toda la familia canta desde lo alto. Surrealista. Es una manera de vernos, aunque sólo sea un rato. Les noto cada día que pasa más debilitados. No sé cómo transmitirles un poco de alegría. 

En el camino de vuelta a casa, me doy cuenta de que ha desaparecido la presión asmática en mi pecho. La alergia al alcohol se ha disipado al evitar el desinfectante en las manos. Aún así no me explico cómo todavía no he pillado el virus. 

¿Seré asintomática?

Mi hijo Mario vive perdido en los Alpes italianos, donde regenta un albergue de alta montaña junto a su mujer. Ayer se rompió la caldera de leña que les proporciona calefacción y agua caliente. Me mandó un mensaje diciéndome que rezara para que consiguiera arreglarla. Recé, ¿qué más podía hacer? Al final, consiguió ponerla en marcha, no sé si por mis rezos, o por sus habilidades. Me cuenta que ya no hay nadie que les suministre la leña. Así que sale todos los días y busca troncos en los bosques nevados. Los arrastra hasta su jardín y los corta con una sierra eléctrica. Cosas de locos. Cosas de nuestros abuelos.

Todo esto me recuerda a la película de Charlot en la que su cabaña caía de pico en pico, impulsada por una tormenta de nieve. En el cine me hacía reír, sin embargo ahora se me achica el corazón.

¿Qué nos pasará?

30 de Marzo 

Otra noche en blanco, preocupada. Mariolino, Sandra y el hombre que siempre me gustó no consiguen realizar las gestiones para pedir las ayudas gubernamentales anunciadas. Las webs y los  teléfonos están saturados. Y el papeleo virtual es de máster en informática. 

Llamo a K., la mujer que limpia en mi casa desde hace años. Ha enfermado ella también. Me dice que ha ido a la farmacia a comprar aspirinas. Le digo que no puede hacer eso, que contagiará al resto. Contesta que llevaba mascarilla y guantes. Me quedo consternada.

¿Cuánta gente saldrá a la calle en estas condiciones?

Así las cosas, este encierro no acabará nunca.

Me angustia la posibilidad de no ver a mi familia italiana. Pasarán muchos meses hasta que pueda viajar a su encuentro. Y una nostalgia sin solución se apodera de mí. 

Me imagino arrastrándome por el suelo como un marine, intentando cruzar fronteras sin ser vista. 

Me imagino andando por tierras de España y Francia como Antonio Machado y su familia durante la Guerra Civil. 

Me imagino en una balsa atravesando el Golfo del León como Robinson Crusoe.

He confinado el teléfono en otra habitación para eliminar su excesiva presencia. Lo miro sólo dos veces al día. Desde luego si lo que querían era idiotizarnos con pantallas, esta vez lo han conseguido plenamente. 

¿Lo que querían quiénes? Al igual que el virus, el enemigo es invisible en esta contienda.

Caterina me ha enviado una especie de video-clip en el que baila junto a los tres amigos con los que se ha encerrado en Trijueque. Es divertido. Pero parece como si se hubieran vuelto locos. Ellos también.

Y a propósito de locos, una vecina sale a aplaudir, a todas horas, sin ton ni son. Ella sola. Mañana prometo salir para enterarme de quién es. Le preguntaré si está bien, si necesita compañía, aunque sea unos minutos asomada a la ventana.

Las ventanas han vuelto a su ser antiguo. Sólo les faltan las celosías. Y Bernarda Alba denunciando a quien no respete las reglas. 

Los gatos Nina y Bowie entran y salen. ¡Suerte que tienen! Pienso que han quedado con los pavos reales en el parque cerrado. Tierra virgen en pleno centro de la ciudad.

1 de Abril 

Comienza el mes de abril con una nevada.

Ayer por la noche, al volver andando de la radio bajo la nieve, vi un pavo real, otro, que paseaba por la Calle de Dr. Esquerdo. Arrastraba su cola y miraba sorprendido a su alrededor. Ejercía de quitanieves en una avenida sin coches. Era majestuoso. 

Nunca pensé que en Madrid hubiera tantos pavos.

Por la mañana me levanto decidida a lavar una alfombra blanca que tengo en el baño. La manché el otro día con el tinte de pelo. Pesa tanto que no puedo cogerla, así que la arrastro escaleras abajo, dos pisos, hasta la cocina. Intento introducirla en la lavadora, pero no cabe. Acabo tirada en el suelo con la espalda apoyada en el horno y los pies dentro del tambor, haciendo palanca para empujarla hacia dentro.

Me desespera mi falta de fuerza física. Mientras suelto todo tipo de palabrotas, repaso mentalmente los hombres que han pasado por mi vida. Del primero al último. Y de la rabia consigo introducir la alfombra entera y cerrar la maldita portezuela. Una especie de parto doméstico que me deja agotada.

Unas horas después, la tiendo. Misma operación pero al revés. La arrastro escaleras arriba hasta el tendedero que está en la ventana de la habitación de mi hija Caterina. Al colgarla en las cuerdas, estoy a punto de despeñarme porque pesa más que yo.

Estos días odio entrar en el cuarto vacío de mi hija. Está frío porque he apagado la calefacción. Me recuerda a ese frío de los tanatorios, al gabinete donde colocan los ataúdes abiertos. Decido que, hasta que regrese Caterina a casa, ya no tenderé la colada fuera. 

Pienso en llamar al hombre que siempre me gustó, pero no lo hago. Las relaciones con hologramas no sirven para resolver los problemas caseros.

Se pone a llover. Cuando me doy cuenta e intento retirar la alfombra de las cuerdas pesa más que nunca. Está empapada. Ahora sí que entiendo por qué me he gastado tanto dinero en teñirme el pelo en la peluquería.

Y no sigo. Basta de alfombras.

Hablo con M. por teléfono. Su padre está mejor. Me cuenta que le sacan del hospital después de tres días de tratamiento. Tiene que volver a su casa. Pero a su casa no puede volver porque contagiaría a su mujer, que tiene 84 años. 

¿Qué se puede hacer ante esta situación? ¿Liberan una cama para ocuparla pocas horas después con otra persona de la misma familia?

La vecina que aplaude a deshoras se arranca. Me pongo los zapatos y el abrigo a toda prisa. Salgo a la calle, pero cuando llego frente a su casa ha parado.

No me atrevo a llamar al timbre.

2 de Abril

Hoy es el cumpleaños de L., el marido de A. Recuerdo que, hace unas semanas, que parecen diez años, cuando todo lo que está pasando ahora era sólo un rumor de fondo chino, charlábamos de la fiesta que íbamos a hacer para celebrarlo.

Vista la situación, han decidido hacer una party online antes de comer. Me levanto y preparo una tarta de limón. Su favorita. Decido no participar en el guateque por ordenador. Estoy de todo lo online hasta las narices. 

Me aburre. Me deprime. 

Cuando la tarta se enfría, la llevo a casa de A. y L. 

Parece rica. La he preparado con todo mi amor, pero no la comeré con ellos. ¡Qué raro!

De vuelta, alguien me llama desde las alturas. No es Dios, afortunadamente, sino un vecino que toma el sol medio desnudo en el recuadro de luz de su buhardilla. Le saludo de ventana a ventana, me grita cosas que no entiendo.

Al poco, me llega un whatsapp suyo en el que escribe que se ha tomado un éxtasis.

Este barrio es increíble. 

Debería haberlo frecuentado más. 

M. ha encontrado una residencia medicalizada para su padre. No sé si es una buena o una mala noticia. Me aterra la soledad de nuestros viejos en la enfermedad. Y en la muerte.

Decido no pensar en ello.

3 de Abril

Resulta que ayer A y L., a las ocho de la tarde, después de los aplausos, pusieron los bafles en la ventana con música tecno a todo volumen. Poco a poco, los de las casas cercanas salieron a sus patios, sacaron cervezas y anacardos, se aventuraron apenas fuera de sus cancelas, sin perder nunca la distancia social. Acabaron bailando en la acera. Una fiesta imprevista, a la desesperada, después de dos semanas de encierro. ¿O son ya tres?

Y así siguieron hasta que cayó la tarde y llegó la policía. A. me envió un video de los bailes espontáneos e inocuos, puesto que no ponían a nadie en peligro dadas las características de esta zona residencial, de casitas bajas y unifamiliares. Me produjo gran hilaridad. 

Tengo ganas de hacer lo que nunca quise hacer. Ir a una discoteca, emborracharme, escaparme con un desconocido, acostarme a las once de la mañana. 

O algo así. ¡Qué cosas!

Hoy he visto el telediario después de muchos días sin encender la televisión. Hay una serie de palabras que ya no soporto escuchar:

UCI, ERTE, IBEX, test, picos, positivos, desinfección, desbordados, recuento, protección, mascarillas, respiradores, geriátricos, urgencias, datos, batalla, fronteras, confinamiento, pandemia, curva, eficacia. 

Virus. Virus. Virus. Coronavirus.  

21.30 horas: También me produce náuseas la canción “Resistiré”. Cuando salgamos de esta, espero no volver a escucharla en mi vida.

4 de Abril

Ha muerto Luis Eduardo Aute. Amigo, por no decir hermano, de mi padre. Padrino de mi hermana Aixa. Familia. 

El pasado mes de mayo, mi padre y yo fuimos a visitarle. Vive, vivía, a dos pasos de mi casa. Estaba muy tocado por un ictus que le sobrevino al acabar un concierto. No hablaba, pero sus ojos estaban vivos, presentes. Siguió con interés la conversación de aquella tarde. Y sé que estaba feliz de vernos en ese mismo salón en el que pasamos tantas noches, juntos hasta el alba. Noches de guitarra, de ceniceros llenos, de risas. Noches de libros y poesías.

En la despedida, una despedida última de la que no quisimos ser conscientes ni mi padre ni yo, nos miró y nos dijo: 

-Fernando, Ayanta.

Dos palabras que lo decían todo. No hacía falta añadir nada más.

Desaparece una generación importante. Poco a poco. Y mucho a mucho, durante estas semanas en las que hasta los funerales están prohibidos.

Siento que caigo en el precipicio de mis pesadillas. El infierno siempre estuvo a la vuelta de la esquina.

Y el paraíso, también. 

5 de Abril

Ayer por la tarde sonaron las canciones de Luis Eduardo a través de las ventanas de todo el barrio. Acababa una y empezaba otra. Yo seguí escribiendo, este diario y mi novela. Lloraba y escribía. 

No habrá funeral, pero su música en el aire ha sido una despedida preciosa.

A él le habría encantado. Le habrá encantado.

Anoche recogí las pocas flores que han brotado en mi patio. Las até con una cinta que encontré en la caja de costura. Escribí una nota. Salí y dejé el ramillete colgado en la cancela de Aute. De la familia de Aute. Hice una foto para enviársela a mi padre.

Hoy me he despertado con una buena noticia que me ha enviado mi amigo Pep desde Barcelona, publicada por La Vanguardia. Habla de la posible, más que posible, inmunidad de todos los afectados. Ojalá. Esperemos.

Luego me ha llamado M. para decirme que su padre mejora en la clínica. 

Un buen comienzo. En un alarde de energía, pongo sábanas limpias, friego el suelo, practico pilates. A última hora de la mañana incluso hago, me hago, una tarta de manzana. Después le envío un mensaje al hombre que siempre me gustó. 

“He cambiado las sábanas para ti”.

Estoy de lo más atrevida.

Continuará…

4 comentarios sobre “Segunda semana en los diarios de Ayanta

  1. Hola Ayanta.

    Siento casi tu diario como mío, y perdona mi atrevimiento. Quizá sea porque me siento muy cercano a ti.

    Te conozco aunque nunca nos hemos saludado mirándonos a los ojos, pero es que he compartido mucho de mi tiempo contigo, con tu trabajo en el cine, en la televisión, en esas tertulias con wasabi en Malasaña, donde estuvimos cerca y mi patológica timidez me impidió dedicarte un beso que me hubiera ruborizado.

    Y ahora, en tu programa de radio, donde me he atrevido hasta el punto de enviar hasta una carta de amor que, aunque estaba dedicada a otra mujer, en ella estabas muy presente, porque debía estar redactada para ser leída por ti.

    Aunque no lo creas eres una persona especial para mí, y no es blandura ni falsa ternura. No sé si acabaré queriéndote o si ya te quiero.

    Con cariño, Francisco

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  2. Mi radio se enciende sola a las tantas de la madrugada en las ondas tu voz que me suena como el agua de la fuente al caer….sueño qué tengo las alas de un búho real y me lanzo en la noche bosque abajo sorteando los castaños casi feliz….

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