Sonríe para que la vida te sonría

Tercer número de La Retaguardia. ¡Viento en popa! Los pies en el suelo, los puños cerrados y los dientes apretados para lo que ha de venir. De momento, en lo que a este semanario se refiere, está saliendo todo a pedir de boca: cincuenta y un mil lectores. Una realidad fugitiva que, sin embargo, permanece y dura. Seguiremos en la brecha. No vamos a tirar la toalla, no vamos a enmudecer, no vamos a renunciar a la condición de moscas cojoneras. Haremos, como el mayor de los Machado se lo hizo a Francisco Giner de los Ríos, “un duelo de labores y esperanza”. Eso, si nos dejan. Y si no nos dejan, también.

Un escritor no escribe ni con la cabeza ni con el corazón. Escribe, sólo, con sus estados de ánimo. El mío, que no parece de este mundo, está hoy por las nubes. Los ritmos del alma tienen razones que la razón del tiempo desconoce. Tengo de fondo, y mientras escribo, una canción cuya melodía agita las campanas de mi corazón. Todos tenemos un himno de amor, ¿no? El mío es una canción italiana. Se titula: Amor dammi quel fazzolettino. Se escribió hace muchos años, cuando todo estaba plagado del encanto y de la dionisíaca firmeza previos a este desencanto que hoy nos ocupa. Hay cosas, sonidos y circunstancias que tienen la potestad de devolvernos, instantáneamente, a pesar de esta tesitura y de forma efímera, al plácido esplendor que tienen los brazos de un ser amado. Ahora huele, incluso, a perfume. A veces, por perfumes ajenos se conoce también el de nuestro cuerpo. Es en el cuerpo de los otros que se descubre siempre el de uno. Su largura, su olor. Primero se hace con desconfianza, cierto. Pero después todo es gratitud. Son episodios que reconcilian al misántropo con la humanidad y al descreído con la divinidad, que hacen llorar de alegría, de emoción (también de miedo), de sexus, plexus y nexus, henrymilleriano. Es, como diría García Lorca: un corazón con arroyos / y pinos, / y un ruiseñor de hierro / que resista / el martillo / de los siglos. Escuchen, si pueden, la versión de Yves Montand o la de Gigliola Cinquetti. Absténganse los sordos para la música, que los hay; y las tontas del bote, que también, ay, existen. 

Por cierto… España sigue siendo un esperpento de Valle Inclán. Dicen los optimistas que la verdad, cuando lo es, siempre sale a la luz, y sostienen los contrarios, los pesimistas, que las cosas cambian, a veces, sólo lo imprescindible para que todo sea igual. Es lo mismo. Hoy estoy de buen humor, ya lo he dicho, y no tengo ganas de escribir sobre la Covid-19 ni de nada que le rodee. Creo que lo estoy consiguiendo. Cualquier cosa me sirve para evitarlo. El amor, el silencio, el ayuno, la gula, la castidad, el egoísmo, los cuadros de Monet, los libros, la luna menguante, tú, él, una manzana ni muy verde ni muy madura, un acorde, recuerdos, lecciones, el magnífico baile entre sístole y diástole… Lo que sea. Todas las opciones son, estrictamente, individuales y me sirven para pasar el trago. Sentada alegre en la popa –que es mi dios la libertad…- miro al horizonte que, espero, sepa compensarme con ostras y champán. Nada importa nada. La vela propone y el viento dispone. Las cosas son así. Así pasa la historia y, también así, se desvanece. Aprovechen el tiempo. No balen, no den la brasa, no hagan llamadas inoportunas, cultiven ideas propias, no hablen de lugares comunes, ejerciten su memoria, sean como el carbonero de Machado. Y, sobre todo, sonrían para que la vida les sonría. 

3 comentarios sobre “Sonríe para que la vida te sonría

  1. Siempre he admirado sus “subidones” de elocuencia y creatividad desbordante cuando la vida intenta someterle a “confinamiento intelectual”. Le felicito por este artículo en el que se palpa con los dedos su estado de ánimo lleno de optimismo contagioso. Es curioso pero me preguntaba si a alguien le estaba ocurriendo lo mismo que a mi con esta crisis que está haciendo nacer en mi un una enorme creatividad acompañada de un refinamiento por los pequeños -¿no serán grandes? placeres incomprendidos como sentarse a escribir o deleitarse con una sencilla copa de vino y un trozo de queso. Me agrada comprobar que encuentro en usted un colega, eso si, avanzado, en esto de resucitar sin haberse muerto. Muchas Gracias.

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  2. Me alegra encontrar gente como tú -que poca-, directa, clara, invencible, verdadera. La tecnologia que nos une está matando al humano . También me alegra que estés bien; en realidad quién mejor para saber estar, a la sombra y al sol. Saludos y buen día; es un decir.

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