A morir a Benarés: La India contenida en un trozo de tierra

Por: Javier Redondo Jordán.

Narran las viejas crónicas que Kashi, «La Ciudad de la Luz», es la más antigua de cuantas ciudades alberga el mundo, y desde que se tiene memoria gira en torno a la muerte y a la Madre Ganga, el río femenino y eterno que acoge a quienes largan amarras en el último viaje. Tenemos de Benarés ―nombre actual de Kashi― una idea preconcebida: un lugar infestado del hedor de los cadáveres, donde se quema a los muertos y se tiran sus restos al Ganges, por lo que puede encontrarse uno, a poco que afine la vista, con tropezones de cuerpos en descomposición que sobresalen en su superficie, flotando con la corriente. Como todas las ideas estereotipadas, no es del todo cierta, aunque tampoco se alejaba demasiado de la realidad.

En Benarés, al igual que en otras ciudades santas hinduistas, toda la orilla que baña el río a su paso se dispone en ghats, escalinatas de piedra que se hunden en el agua adonde los fieles se acercan a orar y a quemar a sus muertos, amén de otras actividades más mundanas. Acababa de llegar en el tren procedente de Agra y enseguida descubrí que la orilla del río sagrado no quedaba lejos del hotel. Fue doblar un par de recodos por callejuelas estrechas, encharcadas y malolientes, y darme de bruces con el Ganges.

La súbita contemplación del Ganges, el gran río del hinduismo, me sobrecogió. Parecía bullir de actividad en sus márgenes escalonadas. La corriente refulgía como oro bañado por el sol cenital. Su curso se extendía a lo largo de la orilla cóncava hasta donde la vista alcanzaba, difuminándose en la calima humeante que enturbiaba el contorno de la lejanía. Dicen que la primera sensación es indeleble, porque sirve de base sobre la que se asientan los conceptos que elaboramos de las cosas. La mía, al llegar a los ghats, fue la visión del color oscuro de la Madre Ganga, tejido de tonos dorados, y el olor acre del humo de las piras.

Sólo hay dos lugares en toda Benarés donde se queman cadáveres. Y yo había caído, en mi primer contacto con el Ganges, justo en pleno cogollo de uno de ellos. Tal como más tarde comprobaría, aquél era el segundo ghat de cremaciones en importancia, el Harishchandra Ghat. El principal centro de incineración se encuentra en el Manikarnika Ghat, en el extremo opuesto de Benarés, donde las ceremonias, según la tradición, se realizan con madera de sándalo y, por ese motivo, pocos se las pueden permitir.

Así pues, me había tropezado con el ghat donde se celebraban los funerales de los pobres. Allí no había fragancia de sándalo. Apenas humo denso y oscuro.

Atraído por la curiosidad, descendí los peldaños que conducían hasta la ribera del río en el momento en el que unos hombres sacaban del agua un cadáver envuelto en hermosas sedas y lo colocaban sobre una pila de tacos de madera junto a la orilla. A continuación, otro individuo prendía fuego a la pira por distintos puntos. Otra hoguera ardía copiosamente a su lado, elevando sus llamas en la dirección del viento.

Profano en tales asuntos, me temo que debí de arrimarme demasiado, pues alguien me bloqueó el paso, indicándome que podía contemplar la escena desde un mirador a poca distancia.

Y no era el único. Otros indios ―todos hombres― observaban las cremaciones desde aquella posición elevada. Me acodé en la barandilla, junto a un anciano de largas barbas vestido de blanco, que contrastaba con el color atezado de su rostro, y mirándolo de hito en hito se me fue el pensamiento con el humo que buscaba las alturas de las nubes.

Frente a la visión de la muerte y la desaparición de la materia, se da uno cuenta de que la incineración es una metáfora más cruel y sugestiva que el simple enterramiento. Y cuando lo que tiene uno delante es la incineración de alguien desconocido, el sentimiento de impotencia deja de estar contaminado por la tristeza de la pérdida del ser querido para descubrirse como una tragedia que trasciende nuestras querencias terrenas y hunde sus raíces en el tormento primigenio que siempre ha atenazado el corazón del ser humano: el desamparo existencial.

A mi lado, el anciano miraba las fogatas con ojos brillantes y cansados, velados por una tristeza insondable. La vida se resumía en aquella mirada. La India, en aquel trozo de tierra y cenizas. La contemplación de la muerte ajena es siempre la de la propia. Pronto se aproxima la hora en que las sombras se alargan y se recorta la silueta alada del ángel de la destrucción contra el sol del crepúsculo.

Cerca de allí, cubiertos por las aguas hasta el lomo, un grupo de búfalos negros de cornamenta retorcida se refrescaba en el Ganges. Permanecían inmóviles, sólo meneaban el rabo para espantar las moscas. Impertérritos ante la ceremonia que acontecía unos metros más allá, en la orilla, parecían velar a los muertos que en ese instante crepitaban pasto de las llamas. Alrededor del fuego, los cadáveres que esperaban a ser incinerados aparecían rodeados de basura, excrementos y piltrafas calcinadas, mientras el graznido de los cuervos, que aquí y allá picoteaban despojos, quién sabe si humanos, resonaba como un eco siniestro y perturbador en los oídos.

Diez años después de este momento, volví a Benarés como organizador de un Encuentro Eleusino que celebramos a la orilla del Ganges. Estoy seguro de que ninguno de los viajeros que nos acompañaron olvidará aquellos días de finales de 2016.

Fernando Sánchez Dragó imparte una charla en el Encuentro Eleusino en Benarés (diciembre 2016)

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