A tu coraje, ¡Lehaim!

Por: Juan Fernando López Aguilar.

En estas jornadas tremendas en que parte de nuestras vidas respira a través de las redes por las que contactamos buscando el hilo que nos une con las personas que amamos, nos interesamos a diario por la salud de los demás, sus familias, amistades, ampliando círculos concéntricos, y nos condolemos a diario cuando nos llega el zarpazo y la herida de la pérdida en tiempos de Covid19.

La muerte de Enrique Múgica Herzog (1932/2020), un día de abril de este año aciago en que en España la pandemia ya suma más de 15000 fallecidos, me ha conmocionado, hondamente. Cumplidos los 88 años, se ha despedido de la vida que fue para él una aventura en la que derrochó coraje, pasión por las ideas y por los seres queridos, perseverancia, hasta el final… Y una rara libertad, un sentido extraordinario de la libertad personal e intelectual sin ataduras ni temor a contrastar la suya con ninguna otra, incluyendo a las más próximas a sus afinidades políticas e ideológicas.

Tuve el honor de servir a su lado en el Ministerio de Justicia (1989/1992). Fui su asesor parlamentario 25 años antes de que la vida me brindase el privilegio de dirigir yo mismo ese Departamento del Gobierno de España que estuvo ahí desde siempre, junto al de “Estado” (Exteriores). Trabajando de la mano del inolvidable Joaquín García Morillo (prematuramente fallecido en 1998), Liborio Hierro (entonces subsecretario), Fernando Pastor (SG Técnico), Joaquín Fuentes Bardají (Abogacía del Estado), Juan Antonio Xiol (Administración de Justicia)… Fuimos muchos los que aprendimos de su olfato y de su entrega a causas que merecen la pena. Por su Gabinete entonces, y por su proximidad, pasamos muchas personas con las que conservo amistad y gratitud y cariño por Enrique: entre otros, Nacho Sánchez Amor, Oscar Bermejo, Isabel Valdecabres, Beatriz Jiménez de Parga, Mariano Fernández Bermejo, Miguel Cid…

Enrique se distinguió como un hombre hecho a sí mismo, desde su San Sebastián natal a la Transición y el cambio que le hicieron historia de España. Habiendo perdido a su padre, violinista, en su infancia más temprana, mantenía con su madre -Paulette Herzog, de orgullosa ascendencia judía francesa- y con su hermano Fernando (asesinado por ETA, 1996) una relación estrechísima, de afectuoso contacto cotidiano que se transmitía no sólo a su familia entera (hijos, sobrinos, parejas) sino a quienes trabajábamos todos los días junto a él, en que nos mi implicábamos política y vitalmente.

Fernando Sánchez Dragó, Enrique Múgica, Pablo Lizcano, Rodolfo Martín Villa y otros jaraneros y alborotadores.

Antifranquista y comunista desde la juventud (estudios de Derecho en Madrid), perteneció a la hornada de legendarios estudiantes que plantó cara al franquismo desde la Universidad (1956) afrontando con valor largas penas de cárcel (junto a Javier Pradera y, hay que decirlo, Fernando Sánchez Dragó). Al salir de prisión, su trayecto le orientó al PSOE del interior: formó parte de aquel núcleo (vasco/andaluz, se llamó) que se hizo con el liderazgo (Tolouse 1972, Suresnes 1974) con Felipe y con Alfonso. Cuando su ideología oficial era el marxismo (hasta el célebre Bad Godesberg español de 1979, XXVIII Congreso). Miembro de la CEF presidida por la inmarcesible nobleza del vasco Ramón Rubial, Enrique apostó desde entonces por la socialdemocracia, el internacionalismo (frente al nacionalismo, contra el que acentuó su confrontación con los años), el radicalismo reformista y el librepensamiento laico. Socialdemócrata español y europeo, avant la lettre, encarnó durante las décadas siguientes, con su humor, su inclasificable orgullo de judío errante del PSOE.

“Lehaim!” -brindis hebreo “¡Por la vida!”- fue, invariablemente, el lema con el que saludó sus alegría y reveses, con el que nos transmitió fortaleza en las batallas por la emancipación de las que habla la letra de La Internacional, y esperanza en el futuro.
Lector impenitente, mantuvo siempre una voraz curiosidad intelectual y una actitud vitalista, indesmayable. En ella derrochaba su instinto, que él llamaba “olfato”, para otear cada mañana los vientos de sus tiempos históricos. La acompañé muchas veces en emprendimientos difíciles. A su lado, cuando puso en marcha, desde su mandato en el Ministerio de Justicia, la decisiva política de dispersión de presos de ETA (para acabar con la amenaza de su continuidad criminal en y desde sus prisiones). Aquel acierto estratégico marcó un antes y un después en la derrota de la banda. Su determinación contra la mafia etarra, con tanta sangre derramada, le costó sufrir en carne propia el desgarro incurable de perder a su hermano querido, Fernando, sin duda su mejor amigo, bajo las balas asesinas de pistoleros miserables a los que, en su dolor, retó cuando proclamó: “¡Ni os olvido, ni os perdono!”.

Estuve a su lado también -fue un honor, y un privilegio- cuando asumió desde Justicia, como empeño personal, el fortalecimiento de la cooperación del Estado con las minorías religiosas, con particular devoción a las comunidades judías. Muchos años después, desempeñando yo el Ministerio de Justicia, viajamos juntos a Israel -ocasión memorable-, y una suma de recuerdos, personalidades y bregas en otros tantos emprendimientos costosos, en los que nunca escatimó el arrojo y convicción con que forjó su carácter, a lo largo de sus años, hasta el último día. La vida (Lehaim!) le deparó aún otros desempeños: fue Defensor del Pueblo durante dos mandatos (2000/2010). Y en todos se mantuvo, siempre, gran admirador de foros de discusión y debate, implacable en su denuesto de los separatismos, enamorado de su familia, sus amistades innúmeras, y de España, su pasión.

Mi homenaje, Enrique Múgica. Mi condolencia y abrazo a tu familia, con mi afecto, mi dolor, y en la tristeza que estos días interminables nos impide despedirnos como hubiéramos querido y debido en cualquier otro tiempo que no fuese este del Covid.

Artículo publicado en La Provincia, el 11 de abril de 2020.

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