Políticos: depredadores de siempre

Por: Daniel Calixto Garrido.

En la segunda mitad del siglo XVIII, el Coronel y escritor José de Cadalso y Vázquez de Andrade “Dalmiro” (Cádiz 1741 – San Roque 1782), escribió sus Cartas Marruecas, una obra que contiene la correspondencia entrecruzada (noventa cartas en total) entre tres personajes, el joven moro Gazel, su maestro y amigo, el también moro, Ben-Beley, y el cristiano Nuño Núñez.  Para escribir estas líneas sobre De Cadalso nos hemos basado en la Edición de Cartas Merruecas de Emilio Martínez Mata (Crítica 2008).

La carta LI es una de las que Gazel le dirige a Ben-Beley:Una de las palabras cuya explicación ocupa más lugar en el diccionario de mi amigo Nuño es la voz política y su adjetivo derivado político”.

En su escrito, continúa diciéndole Gazel a Ben-Beley: Política viene de la voz griega que significa ciudad, de donde se infiere que su verdadero sentido es la ciencia de gobernar pueblos y que los políticos son aquellos que están en semejantes cargos o, por lo menos, en carrera de llegar a estar en ello”. “…han usurpado este nombre [política] estos sujetos [los políticos] que se hallan muy lejos de verse en tal situación ni merecer tal respeto”.

No podemos obviar que José de Cadalso vivió y escribió hace entre dos siglos y medio y tres y que sus afirmaciones, plasmadas en un estilo, o modelo, literario epistolar imaginario, bastante habitual en el siglo XVIII (Cartas persas (1721) – Montesquieu  // Lettres chinoises (1739-1740) — Jean Baptiste d’Argens  // Cornelia Bororquia (1799) – Luís Gutiérrez  // además de la del propio De Cadalso, por citar algunas), ya daban, Capítulo LI de sus Cartas Marruecas, un trato poco generoso pero cierto a los políticos en su conjunto. 

Políticos de esta segunda especie (continua la epístola) son unos hombres que de noche no sueñan y de día no piensan sino en hacer fortuna por cuantos medios se ofrezcan”.  Y al final  de este comentario, Emilio Martínez Mata, autor de la presente Edición de Cartas Marruecas, coloca una nota a pie de página (la número 2), en la que especifica: Esta concepción peyorativa de la política está documentada con anterioridad a Cadalso, por ejemplo en la Ilustración apologética, de  Feijoo(Jerónimo Feijoo / benedictino 1676-1764), en donde dice que “La voz política entre nosotros significa… la habilidad en promover con las artes áulicas las conveniencias personales”.

El llevar a cabo estadísticas en donde quedasen reflejados los motivos e intereses que promueven a cada individuo para dedicarse al juego político no es cosa fácil, seguramente imposible, porque la respuesta a la pregunta ¿por qué se dedica usted a la política? sería falsa en prácticamente la totalidad de las contestaciones. Quizás sean la vanidad y la ambición económica y de poder lo más notable en la idiosincrasia de los políticos en general. 

Los cinco sentidos del cuerpo humano se reducen a una desmesurada ambición en semejantes hombres. Ni quieren, ni entienden, ni se acuerdan de cosa que no vaya dirigida a este fin”, añade Cadalso.

Si repasamos la historia pasada y el presente de este país nuestro es fácil comprobar que lo dicho por José de Cadalso se ajusta a la más cierta de las realidades, pretéritas y de ahora mismo y, lamentablemente sin un final, al menos inmediato. 

La risa y el llanto en estos hombres (sigue Cadalso) son como las aguas del río que han pasado por parajes pantanosos: vienen tan turbias, que no es posible distinguir su verdadero color y sabor”. Porque, después de oír los sermones de estos individuos que se dedican a la regencia de asuntos públicos, o aspiran a ello, tan demagogos casi siempre, en vísperas de elecciones sobre todo, prometedores de Jaujas y de Potosíes, nos es imposible saber cuanto de verdadero o falso hay en esas promesas, dado que al final, acertado es aquello que dicen los franceses: “Prometer hasta meter y una vez metido nada prometido”.

Gustave Le Bon (1841-1931), psicólogo social y físico francés, escribió: “Uno de los hábitos más peligrosos de los hombres políticos mediocres es prometer lo que saben que no pueden cumplir”. (en su obra Psicología de las masas). Y sobre los políticos mediocres el pensador chino Confucio (551 – 479 a. C.) comentaba que la corrupción surgía siempre cuando éstos llegaban al poder. No hay mejor ejemplo que el de estos manguis profesionales de la política (y sus afines) que en los últimos tiempos viene ocupando poltronas en asuntos de Estado y de la economía española.

Que hay quienes se dedican a la política, profesionalmente o no, que reúnen las adecuadas condiciones precisas para ello, tales como honradez, instrucción, talento, sabiduría, versados en asuntos de Estado, etcétera, tal vez los haya, pero ¿cuántos y dónde están?                           

Que nuestros políticos, todos, o casi todos, salvo las excepciones que confirman toda regla (aunque aquí la excepción parece y/o suele ser la regla misma) son unos auténticos trepas, unos frescales mangantes, es cosa sabida por la mayoría de las personas con un mínimo de razón. Todos sabemos, salvo los ignorantes  o quienes no quieren saberlo, a pesar de las evidencias, o aquellos que de una o de otra manera están cercanos a las personas que ejercitan la política, o involucrados en el ambiente de éstas, todos sabemos, digo, que estos individuos tienen como prístina ideología la del beneficio propio y la del partido al que pertenecen con carnet o por ideología, buscando la prebenda y el momio, pero en ningún caso como primigenia voluntad y deseos en favor de la sociedad en general. Primero yo y mis ambiciones,  después mi partido, y luego, si se tercia, mis semejantes, el colectivo social al que pertenezco. El Diccionario de la lengua española, en su Trigésima Edición, define Ambición como “Deseo ardiente de conseguir algo, especialmente poder, riquezas y/o dignidades o fama”.

Muchos de los incoherentes problemas que en estos momentos nuestra sociedad en general está sufriendo se evitarían si las listas electorales fuesen abiertas, por la sencilla razón de que según se procede actualmente, cuando usted, otros y yo mismo votamos, no importa a quienes, además de hacerlo por la persona o personas para nosotros la adecuada o adecuadas para defender nuestros intereses en Cortes, Senado, Comunidades y/o Ayuntamientos, obligatoriamente estamos votando a los posibles tontos, incultos, incapacitados, necios,  ladrones, malos individuos, etcétera, incluidos en esas listas cerradas, que por intereses, tantas veces bastardos, han considerado oportuno insertar en tales lista los responsables de hacerlas, por sus personales intereses, que no por los de usted, por los míos o por los de los demás. Las listas electorales cerradas son, ni más ni menos, que una estafa democrática.

Usted y yo, y aquél y aquéllos, somos los tontos útiles que cada cuatro años, tal que ignorantes e indefensos borregos, nos acercamos a nuestro colegio electoral para depositar nuestro voto a favor de quienes no conocemos ni sabemos de su catadura, salvo de alguno, que en concreto tenemos un cierto, o incierto, conocimiento.

Pero ¿quién o quienes han elegido a esos individuos enrolados en unas listas electorales cerradas? ¿Usted y yo? Rotundamente no, ya ha quedado dicho; estos que van rellenando tales listas son los protegidos y subordinados de los mandamases de turno de los partidos políticos, son la desconocida patulea que nosotros, al votarlos, hemos elevado y acercado, tantas veces, lo más próximo al figureo, al poder y al euro fácil. A nosotros se nos manipula e intoxica con el falso discurso de la promesa incumplida (“Prometer hasta meter y una vez metido nada cumplido”, repetimos), con el miedo inexistente cuando no existe tal miedo, con esas listas electorales cerradas y cuantos etcéteras queramos añadir. No olvidemos aquello de que “Si quieres conocer al españolote, dale un carguete”.

Todos los partidos políticos se mueven en busca del poder y del dinero, sin olvidarse de la ostentación, dejando para después cualquier otra circunstancia encaminada a corregir y mejorar nuestras deficiencias personales y/o los problemas sociales.  Unos partidos políticos triunfan y otros no en unas elecciones, pero perder, ninguno, porque en todos los casos son innumerables las ventajas y privilegios que se les conceden (vean si no, el juego político en general actual en España). Vean ustedes la insolidaridad, la poca vergüenza, la ofensa y el insulto a los ciudadanos en general que nuestros políticos de ahora mismo (sin excluir a los de antes) están teniendo en muchos casos, entre los cuales, verbigracia, la no renuncia, ni  total ni parcialmente, a sus impresentables y exagerados sueldos y dietas por desplazamientos en cualquier situación, pero especialmente en estas fechas de coronavirus.

Por conocidos, no es necesario añadir aquí los nombres de los muchos políticos fantasmones, falaces cuentacuentos que nos circundan y circundaron, que dijeron y dicen digo cuando les ha convenido para después decir Diego, trucando por conveniencia, sin seriedad alguna y con imperdonable desvergüenza su discurso. Pero no pasa nada y ellos lo saben, el tonto útil, los tontos útiles, seguimos ahí como pasmarotes esperando las nuevas elecciones para volver a votar otra vez, sí, otra vez, y generalmente, y eso multiplica nuestra idiotez, a los mismos que nos engañaron y nos engañan, robaron y roban, sin responsabilidad alguna (no importa la forma: dietas y sueldos inadecuados que aunque legales son exagerados, inmorales, insultantes y ofensivos. Y más y más).

Volvemos a citar a Le Bon, en este caso cuando dice: “Por el mero hecho de formar parte de una multitud  desciende, pues, el hombre varios escalones en la escala de la civilización. Aislado, era quizá un individuo culto, en multitud, un bárbaro. Tiene la espontaneidad, la violencia, la ferocidad y también los entusiasmos y los heroísmos de los seres primitivos”. (Su obra antes citada). ¿A quién no le recuerda esto dicho por Gustave Le Bon la composición de tantos partidos políticos, sindicatos, religiones y otras muchas agrupaciones?

Friedrich Schiller (1759-1805), poeta, dramaturgo, filósofo e historiador alemán, no dudó en escribir aquello de “Cada uno, tomado aparte [individualmente], es pasablemente inteligente y razonable, no forman ya entre todos sino un solo imbécil”.

Porque, aún reconociendo que hay una cierta hipérbole en los razonamientos de Gustave Le Bon y de Friedrich Schiller, también existe algo de verdad es sus afirmaciones. El ejemplo se da en muchos de aquellos individuos que pertenecen a un partido político, a un sindicato, a una comunidad religiosa u otras instituciones similares. La disciplina de voto (voto imperativo), verbigracia, y la sumisión de pensamiento y obra a jerarquías superiores no permiten dudas.

Rousseau afirmó: “En el instante en que un pueblo permite ser representado pierde su libertad”. Afirmación tal vez exagerada, pero… hasta cierto punto. Y a eso hay que añadir aquello que dijo Sandro Pertini: Nada es más peligroso en política que un dirigente iluminado”.  

Nos ha votado el pueblo”, hemos oído decir muchas veces. Efectivamente así es, porque lo paradójico sería que estuviesen ustedes ocupando la silla dormilona sin la llamada del votante, pero, también a Adolf Hitler lo voto el pueblo. Eso sí, degradada e injusta nuestra democracia y estúpidos la mayoría de quienes nos gobiernan y nos representan.

Solamente nos alivia Winston Churchill : “La democracia es el menos malo de los sistemas políticos”. Aunque es peor todavía el que un sistema democrático esté regido por sucios e indignos pánfilos.

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