Punto y aparte

Por: Jesús Pérez Anadón.

Declaración de principios literarios ante La Retaguardia: 

1. Exorcismo del mal concebido como ausencia de acción, y entrada en el espectro para iniciar la travesía. 

2. Dispuesto a fracasar en el empeño si es preciso

Ahora que me detengo a considerarlo, recuerdo, Fernando, las sugerencias de mi primer amor, en la universidad, repitiéndome: escribe, tienes que escribir… Destinaron a su padre, coronel de inteligencia, a la embajada española en Roma y durante aquellos dos años estuvimos desterrados el uno del otro. Evocar su belleza raptada por la belleza romana me conducía a la angustia de la pérdida, arrojándome al ostracismo de una experiencia en la que ansiaba sumergirme. Sólo la escritura fue molde para lo que iba a desbordarse. Al parecer ella encontraba en las innumerables cartas de amor que le envié, más que la expresión de mis sentimientos, el anuncio de una vocación literaria.

La incertidumbre cobrando forma en la distancia, las interrogaciones que los silencios dibujan en la mente, las engañosas veladuras de la imaginación enamorada… Todo ello acabó trayendo a escena las sombras de los celos y la traición, y el espíritu de venganza. Un episodio nimio puede contener en el interior de una conciencia momentáneamente desquiciada la milimétrica diferencia entre el cielo y el infierno. La dejé. Comprobé después cuánto me quería esa mujer. Tenté al destino para recuperar su amor pero ella había dado algún paso en otra dirección; la iniciativa ya no estaba en mi mano. Acabó casándose con un famosísimo periodista de la televisión italiana para descubrir cinco años más tarde, en declaraciones públicas del propio periodista que él, como Alejandro Magno, prefería la compañía masculina en la intimidad. Cómo olvidar su cuerpo, tan blanco y aquellos cuentos medievales llegando hasta mí envueltos en su voz, tan dulce por entre los caprichosos pliegues de las sábanas.

No le hice caso. Desemboqué hasta hoy en la escritura caótica y fragmentaria, sin cuidado, buscando soluciones circunstanciales y nunca reconociéndome en su sentido. Estéril es la evocación de las cosas que no se han hecho, de las pistas y promesas que hemos permitido se desvanecieran, de los momentos que ya doblaron la esquina del Tiempo. ¿Y si me hubiera disciplinado intentando trabajar el oficio? ¿Y si hubiera educado el pulso narrativo hasta adecuarlo a la cadencia con la que el mundo exterior late en mi corazón? ¿No llaman a eso estilo? ¿Y si hubiera comprobado en suma, publicando, si lo que me oprimía el pecho para ser contado provocaba en los demás el reflejo de pasar todavía una página más? 

Mero observador de la literatura, garabateador de cuadernos llenos de diletantismo, resulta difícil de comprender cómo un individuo puede ignorar durante tantos años con tanta tenacidad lo que tenazmente no le abandona nunca del todo. Pensar yendo y viniendo si tiene sentido escribir es malversar la ocasión de escribirlo. Al Pacino dice a Sean Penn en “Atrapado por su pasado” cuando éste traspasa la frontera entre la abogacía y el gansterismo: “… Ya no eres abogado; eres un gánster; ahora estás del otro lado de la barricada; esto no se enseña en la escuela y es tarde para empezar.”

En La Retaguardia o en otra posición dejo de ser un observador y paso al lado peligroso de la barricada. Empiezo tarde. Veremos si logro que esas palabras de Pacino en el film, premonitorias como balas, me esquiven a mí.

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