Tercera semana en los diarios de Ayanta

Por: Ayanta Barilli.

6 de Abril

Nunca me saqué el carnet de conducir. Y eso que todos me lo dijeron mil veces.

-Aprende, no te cuesta nada. No sabes para qué te puede servir.

Lo intenté. Decenas de veces. Y el problema no eran las clases prácticas. El problema eran los tests. El examen teórico. A mí me ponen delante de un test y no entiendo nada. Enloquezco. Soy incapaz de contestar a unas preguntas que reducen la vida y sus posibilidades a una ecuación irreal. 

¿Qué dos tipos de animales están presentes en las señales verticales de peligros por presencia de animales?

A. Animales domésticos y animales en libertad

B. Animales tropicales y animales en libertad. 

C. Animales domésticos y animales salvajes. 

Recuerdo que, en el intento de demostrarme a mí misma que no era completamente imbécil, memorizaba las preguntas más absurdas y las planteaba en comidas y cenas familiares. Se organizaban unas trifulcas inacabables. ¿Cuál es la diferencia entre un animal salvaje y un animal en libertad? ¿Qué posibilidades hay de toparse con un animal tropical por la M30? ¿Un animal tropical es siempre un animal salvaje o existen animales tropicales de compañía? En tal caso, ¿ cómo los llaman? 

¿Mascotas del trópico?

Para obligarme a ir a la autoescuela, decidí que lo mejor que podía hacer era comprar el coche más barato que encontrara y aparcarlo delante de casa. Verlo todos los días. Ahí plantado, a la espera de su estreno. 

Al final mi coche nuevo se convirtió en el coche de los amigos, de los amantes, de los vecinos, de los hijos. Y de los novios de mis hijos. Porque nunca logré aprobar el teórico. Ni siquiera en Cuenca, donde algunos listos aseguran que está tirado.

El resultado de ver todos los días de mi vida el coche arrumbado en la acera fue que empecé a tener pesadillas recurrentes. Soñaba que sucedía algo inaplazable que me obligaba a conducir sin tener ni idea de cómo hacerlo. Los finales del sueño eran variables. Me estampaba contra una farola sin mayores daños, daba varias vueltas de campana y quedaba paralítica, mataba a alguien. Un peatón. 

O un animal tropical. Según.

El caso es que hoy salgo hacia la radio y me percato de que mi coche blanco no está aparcado donde creía. ¿Cómo puede ser? ¿Lo han robado? ¿Quién, si ni siquiera los cacos andan fuera de sus casas?

Ojos de asombro encima de la mascarilla.

Doy una vuelta a la manzana en su búsqueda mientras pienso cuándo fue la última vez que se utilizó. Enseguida abandono mis pesquisas porque comienza el directo y no puedo llegar tarde al trabajo. En el trayecto me invaden pensamientos lúgubres sobre la Humanidad. ¡Menudo asco! En el último año, un divorcio, el coronavirus y ahora encima roban el coche que no uso y tan rebién le viene a la comunidad de vecinos. 

Al pasar por el torno de la radio lo recuerdo todo, como si el torno fuera la entrada al mundo del derecho en el que vivíamos cuando el mundo todavía no se había puesto del revés. ¡Acabáramos! Mi coche se lo llevaron mi hija y sus tres amigos para huir a Trijueque, un día antes de que se decretara el Estado de Alarma. 

¿Qué me pasa? ¿Cómo he podido olvidarlo?

Será por el confinamiento, pero mi falta de atención y memoria en estas últimas semanas es preocupante.

Por cierto, lo que no he olvidado es la respuesta correcta a la pregunta del test. Es la opción A. Animales domésticos y animales en libertad. Una lástima, me encantaría ver animales tropicales por las carreteras. De momento, tendré que contentarme con los pavos. 

En el futuro, ya se verá.

¿En el futuro? ¿Qué futuro?

7 de Abril

Mi padre tiene por costumbre discutirlo todo. Le comento que he decidido hacerme unos análisis de sangre para determinar si tengo anticuerpos del coronavirus. Dice que no sirve de nada, que no se sabe hasta cuándo se mantiene la inmunización, que los laboratorios se enriquecen a costa de ingenuos como yo.

No he enfermado todavía pero he tenido contacto con personas que sí han desarrollado esta gripe traidora. Amigos, compañeros de la radio, K., la señora de la limpieza, entrevistados…

No le hago caso al padre. Aunque sea una ingenua, quiero saber si estoy inmunizada o no.

Me voy andando hacia el laboratorio de análisis clínicos. Comienza a llover. Al principio, poco. Al final tengo que guarecerme bajo una marquesina y llamar un taxi. El taxista ha puesto en su vehículo una mampara muy fina que le separa del cliente. No tiene ninguna abertura. Me pregunto cómo voy a pagar. Cruzamos la Puerta de Alcalá, gris bajo la lluvia. Desierta y desolada.

Se para en medio de una gran avenida. Puesto que no hay tráfico ni se molesta en aproximar el coche al arcén. Acerca la máquina desde su lado de la mampara y me pide que apoye la tarjeta de crédito sobre el plástico duro. Funciona. Alucino. 

Me siento un filete envuelto en papel film.

Subo las lujosas escaleras que conducen al laboratorio. Entro. Cola. Todos llevamos mascarilla. Aún así, los ojos sonríen. Hay una tácita complicidad entre nosotros, aunque no nos hayamos visto en la vida. 

Me meten en un gabinete tan estrecho que parece ideal para contraer todo tipo de virus. Un pupitre, una silla y una mesita con agujas, probetas, alcohol y algodón. Espero con cierta aprehensión. Pertenezco a ese grupo de personas que nacieron sin venas. Nunca me las encuentran. Y la carnicería suele estar asegurada.

Entra una enfermera vestida de astronauta. Mono blanco, dos o tres pares de guantes azules enfundados uno encima del otro, gafas de buzo y visera protectora que le cubre la cara. La compadezco. Imagino el calor. Percibo su agobio. Es joven, amable. Inexperta, quizá.

Pincha varias veces mis brazos. Hurga sin sacar la aguja. Me dice que con los guantes no nota las venas. Le digo que sin guantes tampoco las va a notar. Se quita los guantes. Unta sus manos con el gel hidroalcohólico. Inmediatamente empiezan a escocerme los ojos por mi alergia. Pincha mis pies. Me mareo. Llama a otra enfermera.

Me tumban en una camilla.

La segunda enfermera consigue sacarme sangre de una mano. 

Vuelvo a casa llena de esparadrapos. 

Mañana me darán el resultado.

Como tenga razón mi padre y esto no sirva de nada, me pego un tiro. 

8 de Abril

Han pasado veinticuatro horas. Entro en la web del laboratorio para ver si soy inmune. Está colapsada. Anuncian que hasta el 15 de abril no darán los resultados de la analítica. Es puente de Semana Santa. Y se van de vacaciones, me dice una amable señorita en el teléfono de atención al cliente.

¿De vacaciones? ¿Adónde?

Observo los moratones que me han salido en los brazos y en las manos. De los pies, mejor no hablar. Parece que me los ha pisado un elefante. O un animal tropical. 

¿Los elefantes son animales tropicales?

Vibra el móvil. Es mi padre, que se interesa por conocer el resultado del análisis de sangre. Le explico lo de las vacaciones y dice justo lo que ya imagino que me va a decir.

-Lo sabía. En España nunca funciona nada.

Y lo malo es que tiene razón.

10 de Abril

Ni me acuerdo de qué hice ayer. Los días se suceden tan iguales que acaban empastándose en una masa indistinguible. Hasta el punto de que hoy, por primera vez en veinte años de directos radiofónicos, olvidé que tenía que hacer mi sección del viernes por la mañana.

Las jornadas se resumen en mi lucha por no abandonar la escritura de la novela, no acabar tirada en el sofá o hipnotizada frente al televisor. 

Detesto el teléfono. Es imposible atender todas las llamadas. Y no digamos las videollamadas en las que la deformidad de los rostros aumenta todavía más la inquietud que padezco. Monstruos encerrados en casa, en eso nos hemos convertido. 

El único alivio es dormir un rato. Aunque hay quien dice que dormir es el alivio de los tristes. 

La vecina que aplaude sin ton ni son, ya no lo hace. Esta tarde ha irrumpido una ambulancia en mi calle, que es tan estrecha que parece apta sólo para bicicletas y peatones. He pensado con horror que vendría a llevarse a la vecina, de ahí su silencio. Si así fuera su actividad frenética en lo que a los aplausos se refiere habría sido premonitoria. Aplaudía a los sanitarios que en el futuro la iban a atender. A todas horas.

Prefiero no saber si mi extraña vecina, a la que no he llegado a conocer, se ha puesto enferma. En todo caso, ole por ella y que la suerte la acompañe. 

Hoy ha venido A. dispuesta a llevarse su carrito de la compra. Me ha traído un trozo de bizcocho. Hemos conversado un rato desde la cancela. Le he preparado un té con pastas y hemos merendado de pie. Se encuentra bien. Ella también se hará el análisis de sangre la semana que viene para determinar si está inmunizada. 

Cuando se ha ido, he lavado el plato y la taza como si tuviera la lepra. 

Ahora firmo ejemplares de mi libro porque una asociación de voluntarios ha montado una biblioteca en Ifema. El domingo pasarán a recogerlos. Me cuentan que también necesitan gafas. La mayor parte de los hospitalizados se fueron con lo puesto y sin gafas para leer. 

Me viene a la memoria un viaje familiar que hicimos a Camboya. En un cementerio vimos un monumento a las víctimas del dictador Pol Pot. Era un cubo enorme de vidrio. En su interior había centenares de gafas. Antiguas, redondas, con patillas de alambre. Gafas de cristales partidos por el tiempo. El dictador solía asesinar a quienes llevaban gafas, no fueran a pensar demasiado. 

En una de las dedicatorias al lector desconocido de mi libro, escribo:

Haz lo que temes y el temor desaparecerá.

Es una frase de Krishnamurti que he escuchado en casa, durante toda mi infancia y juventud. Miles de veces. Sirve un poco para todo. Y otro poco para nada.

11 de Abril

Me despierto abrazada a los gatos. Hoy tengo grandes planes.

He decidido que voy a podar las plantas de mi patio, que voy a salir a hacer una compra de comida rica, que voy a pasar a saludar a A. y L., que voy a escribir la novela con energía.

Me ducho, me visto, me maquillo, me perfumo. Vuelvo a ser yo. Y me sorprende mi imagen reflejada. Me había olvidado de lo que soy. De lo que era. 

Bajo las escaleras canturreando y preparo un desayuno exquisito con zumo de naranjas rojas. Adoro las naranjas rojas. Le escribo al hombre que siempre me gustó y al que nunca hice caso que me encantan las naranjas rojas. Para que tome nota. Por si alguna vez tiene que subirme a la cama el desayuno en una bandeja con patitas. Nunca se sabe.

El día es perfecto. Sol y pajaritos. El sonido constante de las ambulancias a lo lejos ya ni lo oigo. Se ha convertido en la banda sonora de estas semanas. Digamos que es como si escuchara a los Pink Floyd en bucle. Así es que me olvido de este detalle. Me pongo las zapatillas de gimnasia, una chaqueta ligera. Cojo el bolso. 

Abro la puerta dispuesta a todo y todo mi ímpetu se desvanece en un segundo. Nubes plúmbeas. Empieza a lloviznar. La primavera se ha vuelto a eclipsar en este invierno inacabable.

Cierro la puerta. Me quito los vaqueros, me pongo cómoda. Ya arreglaré las flores mañana, ya compraré cosas deliciosas mañana, ya saludaré a mis amigos mañana. Ya escribiré mañana. 

Miro en el móvil el tiempo de mañana.

Mañana llueve.

¡Vaya!  

12 de Abril

Hoy es ayer, pienso al despertarme. Sin embargo cuando empujo las persianas, compruebo con satisfacción que no llueve. Hace un día de sol espléndido. Domingo de Pascua. Recuerdo los ramos en las iglesias de mi niñez. Recuerdo los huevos duros pintados que les escondía a mis hijos en el jardín. Recuerdo este mismo olor a sol. Rico.

Me pongo a podar las plantas. Me viene a la mente… el patio de mi casa es particular… Planto algunos esquejes, barro las hojas secas, leo sentada en las escaleras. 

Me sienta bien, me siento bien. 

Más tarde charlo desde la ventana de mi buhardilla con E. Ya no está bajo los efectos del éxtasis, pero sigue siendo muy simpático y muy excéntrico. Me pregunta si quiero una pasti. Rehuso. Pero no me hace caso y me lanza una envuelta en una pelota de papel de periódico. Como era de esperar, no atina y cae en el patio. Acabo buscándola entre las frascas, muerta de risa. La dejo encima de mi escritorio. No pienso tomarla, pero nunca se sabe para qué puede servir, pienso. Es rosa y tiene un revolver pintado. ¡Qué miedo! 

L., que es argentino, manda un mensaje que me resulta impropio, absurdo y, al tiempo, esperanzador.

-Venite, que prometo no tocarte. Hay pasta italiana en la terraza.

-Vaya. Ya comí y te acabo de leer ahora. Pensaba que era broma…

-Tía, te hacía más contestataria. Yo siempre hablo en serio.

-No siempre hablas en serio, tío.

Qué raro es todo. Jamás pensé recibir una invitación a comer y un éxtasis de regalo en este domingo de pascua coronavírico. Lo tradicional es un huevo de chocolate, no un éxtasis. Lo normal es almorzar con la familia, no con unos amigos en cuarentena. Así anda el planeta últimamente. Raro, raro.

¿Nos estamos volviendo locos?

Hoy no he escrito nada. Tan sólo este diario. Indolencia, pereza estacional. Sigue rondándome la cancioncilla absurda.

…cuando llueve se moja como todos los demás. Achipé, achipé, sentadita me quedé.

Y yo qué sé. Yo que sé. 

8 comentarios sobre “Tercera semana en los diarios de Ayanta

  1. Enhorabuena y muchas gracias. Nueva savia para el pueblo soberano.
    Aún no he tenido tiempo de meterme de lleno en vuestra página, pero lo haré pronto y… como dijiste ayer de madrugada, peínale las cejas a tu padre.
    Gracias a ambos.

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  2. Querida Ayanta, tus diarios son un oasis en medio de este desierto lleno de confinados. Me alegra comprobar que no soy la única mujer que se negó a a aprender a conducir. Me da miedo la velocidad, o acaso sea una excusa. Gracias por escribir.

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  3. Que maravilla de diarios! que delicadeza, que sensibilidad…, pero también, que terrible belleza…

    Que ardua y difícil la tarea del escritor de tratar de consignar lo obvio!

    La felicito y le ruego que siga escribiendo: el verdadero escritor se reconoce por su capacidad para hacer que se

    vuelvan preciosas las cosas que toca !

    Saludos cordiales,

    Richard

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