Una pregunta espinosa

Por: Fernando Sánchez Dragó.

Todos, en esta vida que nos ha tocado vivir, tenemos una misión. Unos llegan a este mundo para freír perfectos, insuperables e impecables huevos con puntilla. Otros nacen para ser oficinistas y casarse, hasta que la muerte los separe, con su grisáceo y aburridísimo puesto de funcionario. Algunos, cada vez menos, llegan para ser escritores. No conviene mezclar las categorías ni intervenir en las que nunca podremos hacer nada. Cuando alguien, y es episodio frecuente, me aborda para decirme que le gustaría ser escritor, pero que no está seguro de poder serlo, y me pide un dictamen o una receta, suelo preguntar con un deje faulkneriano a quien así me interpela, si se considera capaz de vencer a su madre en pliegos de celulosa y letras de molde. Y añado después la ardua cuestión de si, además, empezaría a escribir o seguiría escribiendo caso de encontrarse en una isla desierta para el resto de sus días. 

Quien opte por el no en tal dilema, puede estar seguro de que ni Dios ni el diablo lo llaman por el camino de las letras. Sólo es para mí escritor quien cuida la lengua, el lenguaje, la sintaxis y la ortografía, quien escribe a solas, animado por la voluntad de construir un país de las maravillas y un mundo del espejo imaginarios para su propio solaz y no para que de rondón, por hacer la gracia y por cuatro perras chicas, se cuelen en sus alhambras los lectores, esos intrusos que son, a veces, gentiles, y a veces no.

La literatura termina en el borde de la máquina de escribir y lo demás es silencio, en el mejor de los casos, o espantoso y estruendoso barullo cuando el libro tiene la desgracia de aparecer en vida del autor y de conocer ese apocalipsis que se llama éxito. Y perdónenme la vehemencia, pero tanto horror me inspira la metamorfosis de la literatura en negocio que quizá, a causa de éste, acabe renunciando a lo que siempre quise conservar: mi condición de escritor. 

Brinda, poeta un canto de frontera / a la muerte, al silencio y al olvido, decía don Antonio Machado por boca de Abel Martín. Y Gil-Albert: solo, como don Quijote, pero no aislado como Robinson. Y Cesare Pavese: verrá la morte e avrá i tuoi occhi.  En ello andamos.

Quería recoger en esta apresurada entrega únicamente frasecillas sobre el concepto del carácter, pero una y otra vez se me cruzan en el camino reflexiones sobre la literatura, en general, o sobre mi literatura, en particular. ¿Será porque llevo (o llevaba) muchos meses enfrascado en la redacción del segundo volumen de mis memorias o será porque la literatura se transforma siempre, como la vida, en un viaje emprendido hacia el más allá?

Será, digo yo, por las dos cosas. Y, en todo caso, lo mejor es armarse de paciencia y de obediencia hasta que ponga fin a la corrección de las galeradas de tan grueso libro. Trabajo y carácter me está costando. ¿Para qué disimular? Escribía Borges: a veces, en las tardes, una cara / se divisa en el fondo de un espejo. / El arte debe ser como ese espejo / que nos devuelve nuestra propia cara.

No hay que ser muy espabilado para llegar a la obvia conclusión de que todo en la vida y en la obra de un escritor es material autobiográfico. Para mí, al menos, lo es. Cuestión de carácter y de estilo. Y también de dones y de dotes. De ahí que las venturas, aventuras y desventuras de mi vida sean tan necesarias para mi obra como lo son los cementerios marinos para el coral. 

¿Por qué se escribe?, le preguntaron en cierta ocasión a Aldous Huxley. Y dijo aquel maestro: escribe, ante todo, quien siente la necesidad de ordenar los hechos que observa y darle un significado a la vida, pero de nada sirve lo uno y lo otro si a la vez no va acompañado por el amor a las palabras en sí y por el irrefrenable deseo de jugar con ellas.

Comprendo que un escritor diga bobadas, aburra, irrite, divague o exaspere. Comprendo, incluso, que escriba mal (y ya es ser comprensivo), porque el caletre, la imaginación, y el talento no den más de sí. Pero lo que me resulta imposible no ya de entender, sino perdonar, es que el autor de la fechoría obre así no por caer en la cuenta de que la escritura pasa a ser literatura sólo en la medida en que alguien ‒‒el escritor‒ elige, arrincona, une, divorcia, ordena y desordena, las palabras según un determinado criterio. 

¿Quién no conoce el furioso aserto de Valéry? Llamo superstición a todo lo que sea olvidar la condición puramente verbal de la literatura. Treinta y nueve veces redactó Hemingway la última página de Adiós a las armas y cuando un periodista tan obvio como impertinente le preguntó por los motivos de ese atasco, don Ernesto se limitó a responder: encontrar las palabras exactas. Eso fue todo. 

Y, sin embargo, nadie hoy se aplica el cuento, que es distinto al de ayer, pero convergente: cuestión de forma y de modales. Modales, digo. ¿O no?

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