Crónicas polacas

Por: Rubén Caba.

Según las rimadas filosofías de Calderón de la Barca, para Segismundo, príncipe de Polonia, toda la vida es sueño. Cuando Calderón las compuso hacia 1631, Polonia había dejado atrás un fulgurante siglo XVI, su siglo de oro. Si hubiera conocido la Polonia que sufrió dos centurias de humillaciones nacionales, Calderón habría hecho decir a Segismundo que la vida es una interminable pesadilla. Al despertar los polacos a finales del siglo pasado, decidieron que la realidad diurna, por dura que sea, siempre será más llevadera que el peso de la noche que les ha agobiado durante tanto tiempo.

En tren desde Berlín entré en Polonia, junto con Eloísa, en agosto de 1990, dos meses antes de las primeras elecciones parlamentarias que se celebraban en libertad desde la II Guerra Mundial. Por entonces Varsovia aún parecía sumida en un vacilante duermevela. Para contemplarla a vista de pájaro me encaramé a la terraza del Palacio de la Cultura y de la Ciencia, flagrante muestra de arquitectura estalinista. Y como el Diablo Cojuelo no frecuentaba esas latitudes, descendí de la atalaya sin haber conseguido destechar las casas para conocer las pasiones íntimas de los varsovianos. Algo más provechoso me resultó un discreto vistazo a quienes callejeaban en dirección a la plaza de Zamkowy, pórtico del casco antiguo y acceso al Palacio Real. En sus semblantes asomaba una noble melancolía de raíces más antiguas que la inquietud por el reciente acoso a Gorbachov en la Unión Soviética que, al año siguiente, culminaría en un fracasado secuestro durante su estancia en Crimea. De pronto comprendí el empeño que mostró Nietzsche en provenir de una estirpe de aristócratas polacos: los Nietzky.

Al pasar de los barrios anchurosos a los laberínticos, cambió el decorado y, con él, la intensidad y el tono de la luz cenital que se vertía sobre el escenario urbano. La polvorienta desolación que gravitaba sobre los edificios modernos, y que daba a los caminantes una palidez de posguerra, se convirtió dentro de la Ciudad Vieja en un aire cargado de emociones ancestrales que encendía la expresión de los paseantes. En la plaza del Mercado la Ciudad Vieja (Rynek Starego Miasta) me senté a admirar el tesón polaco. Decididos a recobrar su identidad nacional tras la II Guerra Mundial, reconstruyeron en tres años, de 1947 a 1950, el casco antiguo de la capital, y lo hicieron piedra a piedra, casa por casa para dejarlo como si nunca lo hubiera hollado la bota nazi.

Convencido de que el mapa no es el territorio y la palabra no es la cosa, principio que enunció Perogrullo mucho antes que los semánticos, al atardecer merodeé por los alrededores del Palacio Real de Varsovia para comprobar que no le baña el mar que al palacio de la corte polaca le imaginó Calderón de la Barca en La vida es sueño. Desliz que el genio de Calderón podía permitirse sin desdoro. Varsovia, a unos 300 kilómetros de la costa, se conforma con el Vístula, río que fecunda las tierras polacas de sur a norte, y en cuyas aguas, por no ser menos que las marinas, retozaban las sirenas en los siglos heroicos. Una de ellas, actual símbolo de Varsovia, le indicó a un pescador llamado Wars el lugar adecuado para fundar la ciudad que llevaría su nombre.

Si en Varsovia me acordé de las cavilaciones versificadas de Segismundo, al llegar a Cracovia evoqué el desafío que Estebanillo González, flor de la jacarandaina y hombre de buen humor, le ganó a un estudiante cracoviano sobre quién bebería más aguardiente en menos tiempo. Callo el ardid de que se valió Estebanillo para embolsarse los doblones de la apuesta por si algún lector de sus chanzas quiere entablar, con ventaja, otro duelo de gaznates, pues los cracovianos actuales siguen trasegando aguardiente, aunque hayan perdido las otras buenas costumbres que, en 1643, les elogió Estebanillo: su gran comercio y la facilidad de entenderse con los extranjeros en lengua latina. Como cabía esperar, Cracovia no recordaba el lance contado por Estebanillo en su Vida y hechos, porque la memoria municipal y aun nacional, no en balde fue capital del reino desde el siglo XI al XVI, se reserva para ensalzar las glorias patrias.

En el número 12 de la calle Poselska, una placa indicaba que allí vivió hacia 1869 el joven Jozef Konrad Korzeniowski, “hijo de un poeta errante”. Aquel muchacho, que redujo su nombre a Joseph Conrad, “introduciría el espíritu polaco en la literatura inglesa, de la cual fue una joya”. A pocas manzanas de esta calle se halla la Rynek Glowny, sin duda la plaza más espléndida del país. En ella se alza la estatua dedicada al escritor Adam Mickiewicz, autor de Pan Tadeusz (Señor Tadeo), el poema nacional de Polonia, que es un inspirado alegato en verso contra la invasión del ejército ruso a principios del siglo XIX. El monumento a Mickiewicz fue restaurado después del seísmo nazi.

Al hilo de las atrocidades, viajé hasta los campos de concentración de Auschwitz y Bierkenau -Oswiecim y Brzezinka, en polaco-, que se encuentran a unos 50 kilómetros de Cracovia. Entre apacibles abetos, pinos y abedules, el tren me llevó hasta esos tétricos lugares. Mientras me lo permitió el estómago pude ver los miles de zapatos, útiles de aseo, maletas y cabelleras pertenecientes a las víctimas que perecieron en los dos campos vecinos. Estaban tan bien organizados y coordinados que formaban un perfecto complejo de exterminio industrial, un modélico polo de desarrollo criminal. Nada se desperdiciaba en ellos.

A estas alturas de la Historia nadie ignora que cuando el rey de la creación se vale de la ciencia y de la técnica para sus fines destructivos, no hay súbdito del reino animal que sea capaz de igualársele en abyección, crueldad y eficacia exterminadora. Pero sería injusto, además de peligroso, culpar solamente a los científicos vesánicos de haber contribuido a la inoculación de la peste nazi. Otros talentos, nada científicos, la habían incubado y propagado mediante himnos, arengas, panfletos, lemas, doctrinas, poemas, ensayos y aun disertaciones de cátedra. Fecundas aportaciones de las que, en el otro bando totalitario, los científicos e intelectuales estalinistas tampoco quisieron privar a la humanidad.

De regreso en Cracovia, para serenar el ánimo o, al menos, para orearlo, quise despedirme de Polonia desde la colina dedicada a la memoria de Tadeusz Kosciusko, héroe de la lucha contra el zar a fines del siglo XVIII y de la guerra de la Independencia norteamericana. Por encima del hotel Pod Kopcem, hacia levante contemplé el panorama de la ciudad y hacia poniente admiré un paisaje frondoso y pradeño que me reconcilió con la vida, una vida que tan a menudo se nos presenta, y no sólo al polaco Segismundo, como “un frenesí…, una ilusión, / una sombra, una ficción”.

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