Cuarta semana en los diarios de Ayanta

14 de Abril

Acabo de recibir el resultado de la analítica. Negativo. No tengo anticuerpos. No he tenido esta gripe ni siquiera de un modo asintomático, que es la mejor manera de pasarla, aunque resulte incorrecto decirlo y me afeen la conducta los cientos de miles de hipócritas solidarios que andan sueltos en las redes, las teles y los balcones. ¿A quién no le gustaría tener 20 años y pasar esto en un achís aún a costa de pegárselo a todo quisqui sin querer?

Llueve sobre mojado. No sólo porque en Madrid no para de llover, sino porque empiezo a no creerme nada de lo que nos cuentan. 

Dicen que es un virus muy contagioso y yo, que me he relacionado con decenas de personas poco antes de que enfermaran… yo, que no he dejado de trabajar ni un sólo día…yo, que he estado en Italia las dos semanas previas a que empezara el confinamiento allá… yo, no lo he cogido. 

Sólo me ha faltado lamer el micrófono lleno de saliva propia y ajena con el que hago cada noche el programa de radio. 

Y aún así probablemente no lo habría pillado.

Yo, yo, yo…ya sé. Sufro un ataque de egocentrismo. Todo gira a mí alrededor. No tengo el coronavirus pero he contraído una enfermedad que también es contagiosa. Padezco de un individualismo feroz, desconocido en mí. Hoy he escuchado una entrevista a una doctora especializada en pandemias. Decía que si no nos sentimos representados por nuestros gobernantes se genera un individualismo peligroso. 

Pues será eso lo que me pasa. 

Será que no me siento representada.

A veces pienso que todo es un engaño. Que algún poder humano o divino nos ha empujado hacia esta distopía por razones incognoscible para nosotros, comunes mortales. Los sucesos del último mes tienen ciertas sospechosas similitudes con algunas, todavía más sospechosas, historias conspiranoicas viralizadas en redes.

¿De verdad es posible que el hombre no llegara nunca a pisar la luna?

Si eso fuera así, si realmente en los años 60 lograron tener al mundo en vilo, con la nariz apuntando a unas estrellas de papel de plata pegadas en una cartulina negra, lo de ahora sería un juego de niños en comparación. Nada más fácil que recuperar los decorados de “Hospital Central”, contratar a dos puñados de actores entre los miles que hay en el paro, obligarlos a firmar un convenio de confidencialidad bajo pena de muerte en caso de incumplimiento  y disfrazarlos luego de médicos, enfermeros y pacientes. Y ya sabemos que los efectos especiales se hacen por ordenador. Si crean dinosaurios que parecen de carne y hueso ¿cómo no van a ser capaces de generar en un laboratorio chino este comecocos lleno de bocinas al que llaman el rey de los virus?

Pero ¿por qué? ¿Para qué montar este circo? 

Para generar una crisis pareja a la de las posguerras, enriquecerse a su costa y a nuestra costa, establecer regímenes totalitarios y de paso cargarse a la mitad de los ancianos del planeta evitando gastos “prescindibles” en las pensiones.

Los gatos, la única compañía de Ayanta.

Basta de tonterías, Ayanta. Basta. El compás del reloj de la cocina te está afectando a las meninges. 

Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

Eppur…si muove. Como dijo Galileo.

La verdad es que me habría encantado dar positivo, tener anticuerpos, por una sola razón: ir de visita a casa de A.y L. Y darles un abrazo. Y merendar, cenar, abrazarnos.

Pero no.

Continúa este encierro total. 

La actividad más relevante de hoy ha sido que me he vuelto a teñir el pelo. Nada que ver con la vez pasada. No he manchado la alfombra blanca del baño ni nada. Lo bueno de este “yomequedoencasa” es que he aprendido algunas nociones de peluquería fundamentales, es justo reconocerlo. 

Otras cosas buenas: 

1. No gasto dinero en el cine, ni en el teatro, ni en restaurantes. Es decir, no gasto dinero en nada de lo que me gusta hacer. 

2. Por lo tanto ahorro sin esfuerzo por primera vez en mi vida.

3. Ya no me importa puesto que he perdido todo tipo de apetitos. Incluidos los sexuales.

4. No malgasto el tiempo en maquillarme, ni en arreglarme. Total nadie me ve. 

5. No tengo que recoger la leonera del cuarto de mi hija. Llevo un mes sin ella y no sé cuándo podrá volver a casa.

6. Leo, escribo y trabajo todo el santo día. Aprovecho cada minuto, no como antes que vivía bajo la presión de diversas tentaciones insulsas. Y pecaminosas.

Algunas cosas malas:

1.Todo lo demás.

Resultado: 6-1. Claramente ganan las cosas buenas.

15 de Abril

Ayer A., después de cinco semanas desde que contrajera la enfermedad, fue a hacerse los análisis de sangre para determinar si había dejado de ser contagiosa. Le cobraron veinte euros más de lo estipulado ya que decidieron subir el precio de un día para otro. Ley de la oferta y de la demanda, argumentan algunos. 

Indignación por su parte. Y por la mía. Como era de esperar los laboratorios se lucran de esta situación dramática. Lo denunciamos en redes. Algunos contestan que nos está bien empleado por actuar en consonancia con nuestra situación de privilegio económico y desacatar las reglas impuestas por la sanidad pública. Afirman que es una falta de solidaridad. 

¿Solidaridad?

El gobierno a mí me ha tipificado de “bien social” sin que yo se lo haya pedido puesto que carezco del heroísmo necesario. Soy periodista y sigo trabajando en una situación de riesgo sin que nadie haya pensado en protegerme, nadie más que mi propia empresa que nos ha pertrechado de guantes y mascarillas. Así es que, con vuestra venia, intento cuidarme yo solita. Sin ayudas ni subvenciones que, entiendo y defiendo, sirven para los más desfavorecidos.

Poco después de hablar con A. salta la noticia de que “han” decidido prohibir los test y las analíticas en los laboratorios privados, a pesar de que éstos tenían como política interna dar la prioridad a las personas hospitalizadas. Algo lógico dada la situación. Pues al gobierno no le ha parecido bien. A partir de ahora si yo, una ciudadana libre, un “bien social”, decido conocer cuál es mi estado de salud, ya no lo puedo hacer. 

Pero hay una cosa que no me pueden prohibir: no pueden evitar que yo piense. Que todos pensemos. Así que una pregunta insidiosa surge, brota como las flores en esta primavera lluviosa y descontaminada. ¿Cómo piensan atajar una pandemia sin realizar pruebas masivas a la población para determinar la incidencia? ¿Pretenden mantenernos encerrados eternamente y controlados por GPS?

Si ese es el plan y atendiendo a mi estatus “privilegiado” de “bien social” comenzaré lo que llaman la “desescalada” por mi cuenta. A costa de no ir a la moda. De no ser solidaria.

Desobediencia civil.

A las barricadas.

Oh, bella ciao.

Ciao, ciao. 

16 de Abril

Comienzo la “desescalada”. Hoy tengo mi primera cita desde que iniciara el confinamiento. He quedado a las 11.45 de la mañana. Con un hombre. Con mi dentista. 

Salgo a la calle ilusionada como una adolescente que va a su primer guateque. Me muero de ganas de ir al dentista. Lo nunca visto. 

Decido dar un largo paseo hasta la consulta. Si me para la policía les explicaré que considero mejor ir a pie que meterme en el metro. Y si se ponen farrucos les enseño la lengua, y de paso mi muela averiada. Un argumento irrebatible. Creo. Espero.  

Ayanta camina hacia el dentista.

Camino. Respiro. Vibra el móvil en mi bolso. No lo cojo. Las tiendas cerradas. Las aceras vacías. El verde de los árboles mojados de lluvia en mis ojos. Los rostros de mis hijos, de mi padre, me acompañan. Silenciosos. 

El dentista me recibe con gafas de buzo y gorro de baño. 

Me tumba en el sillón. Me dice que abra la boca. Le obedezco. Me dice que ladee la cabeza. Le obedezco. Se inclina sobre mí. Un olor agradable a espuma de afeitar. Observo el bolsillo de su bata blanca. Tiene bordadas sus iniciales en rojo. 

J.L. Prieto.

¿José Luis? ¿Juan Luis? ¿Cómo debo llamarle? 

¿Doctor?

No siento dolor ninguno. Me habla. Me explica, paso a paso, todo lo que me va a hacer. Serio, profesional. Con la autoridad de quién sabe. 

Las iniciales de su bolsillo indican que el mundo de ayer, el mundo del derecho, todavía está ahí. Existe. ¿Se las habrá bordado su madre? Es la primera vez que alguien me toca en mes y medio. Cierro los ojos, el ruido del torno se desvanece. Me sorprende una fantasía erótica.

Imagino que J.L. se arranca las gafas de buzo, el gorro de baño, la mascarilla y me besa como si no hubiera un mañana. Porque, ahora mismo, no hay un mañana. Sólo el aquí y ahora.

-¿Aquí y ahora, Doctor? 

No sé cómo me atrevo a publicar estas cosas. Espero que el Dr. Prieto no me lea nunca. Ni su mujer, en caso de que la tuviera. A las malas me veré obligada a cambiar de dentista.

O no, quién sabe.  

Cuando vuelvo a casa con mi muela reluciente, descubro que el gato Bowie se ha zampado el cable del telefonillo. Toda una advertencia. Su instinto felino le ha avisado de mis imaginaciones inconfesables hacia J.L., el dentista. Y ha decidido cortar por lo sano.

Se cree mi novio. Y no anda falto de razón.

No sé qué pensará de todo esto el hombre que siempre me gustó. Y al que nunca hice caso. 

17 de Abril 

Desde que la Gran Vía ha dejado de ser una opción, ya no vivo en Madrid. Me acabo de dar cuenta. Vivo en un pueblo de casas bajas, calles estrechas, dueños de perros y jazmines en las tapias. Me gusta porque es una aldea individualista como yo, en la que los pocos que aplauden lo hacen sin convicción. Un pueblo convertido en isla. 

En isla Barataria. 

La gata Nina está rarísima. Ella tampoco vive en Madrid, ella vive en mi cuarto, concretamente en mi cama. Baja a la cocina sólo para picar algún berberecho en lata de la tienda gourmet del Corte Inglés. 

Es una sibarita.

Y también es una individualista. 

Como mi barrio. 

Como yo.

Sin embargo hoy se pasea por todas las estancias, me sigue, más bien me persigue, deseosa de afecto. Me enseña la tripa. Diría incluso que me mira con un agradecimiento perruno. Algo del todo ajeno a su carácter. Ya se sabe que las personas, y sobre todo los gatos, estamos sometidos a cambios de humor imprevisibles.

La mirada del gato.

Escribo durante horas y, al caer la tarde, me percato de que el éxtasis rosa con un revólver pintado, que había dejado sobre mi escritorio, ha desaparecido. Me quedo atónita. Juro que no me lo he tomado y nadie más que yo vive en esta casa.

Lo busco. 

Levanto las decenas de objetos que pueblan mi mesa. Fotos, dos pares de zapatitos infantiles de mis hijos, una bola de cristal en la que cae nieve, varias macetas de orquídeas, un pequeño joyero semi vacío, aceites esenciales, bolígrafos, fichas, apuntes.

No lo encuentro.

Acabo a cuatro patas por la habitación. Levanto la alfombra. Miro debajo de los muebles.

Nina viene a mi encuentro. 

A cuatro patas nos miramos las dos. 

Se restriega en mi cara. Ronronea sospechosamente. 

La miro, me mira. Sus ojos canela bizquean. 

Y una idea se abre paso en mi mente perversa.

¿Se habrá comido el éxtasis?

18 de Abril

Anoche me encontré con E. en la calle. Le salía música yogui de un bolsillo. Se había hecho dos trenzas en la barba blanca y andaba como trascendido. Tuvimos la clásica conversación maloliente frente a los contenedores de basura. Le conté lo de la gata Nina drogada. Le pareció graciosísimo el asunto. Al despedirnos me preguntó: 

-¿Y tú por qué vas siempre tan abrigada?

Al hombre que siempre me gustó le conocí en una piscina municipal cuando teníamos doce años, pero no lo volví a ver hasta que cumplí los veinte Yo estaba de vacaciones, él no. Yo tenía novio, él tenía novia. Así es que no le hice ni caso. Le miré, me gustó y ahí terminó la cosa. Él se casó. Yo me casé. Él tuvo varios hijos. Yo tuve a Mario y a Caterina. Yo me divorcié y me volví a casar y me volví a divorciar. Él permaneció con su mujer treinta años. Demasiados para un matrimonio infeliz. 

Durante todo ese tiempo, seguí encontrándomelo. En una verbena, en un supermercado, en una plaza.

Y, una vez, en medio del mar.

El verano pasado le vi pasar entre el gentío de una bulliciosa avenida de Barcelona. Yo escribía en la terraza de un bar. Le llamé, se acercó a mi mesa. Nos abrazamos, no sé muy bien porqué. Nunca nos habíamos abrazado antes. Su camiseta olía a limpio y tenía la línea del planchado en las mangas. Una ola de deseo me dio un revolcón. Volví a caer en la silla. Se sentó a mi lado. Llevaba puestas unas gafas de sol. Pidió un café. 

-Corto y con hielo, por favor.

Lo dijo de perfil y vi que tenía un ojo morado. Le quité las gafas, le aparté un mechón de pelo de la frente. Era la primera vez que estábamos solos en treinta años. 

-¿Qué te ha pasado?- pregunté.

-Me he separado- contestó.

Yo también, pensé, pero no tengo un ojo morado. Se tomó el café de un sorbo y se marchó. Otra vez.

Y a mí me dio frío en pleno agosto. Porque la tristeza, la incomprensión, la violencia de los finales me dan frío.

Quizá por eso vaya siempre tan abrigada.

Hoy han alargado el Estado de Alarma hasta el 9 de mayo. Los odio. Con todas mis fuerzas. Es oficial: no volveré a votar nunca más.

Este no es mi reino. 

Continuará…

6 comentarios sobre “Cuarta semana en los diarios de Ayanta

  1. Me ha encantado tus diarios me los he leído del tirón y me he reído con las cosas que te pasan.
    En Andalucía se suele decir que eres una pupas, no se si lo entiendes no es nada malo.
    Me lo he pasado muy bien y he pensado un momento divertido que en estos momentos no es fácil.
    Espero impaciente la siguiente entrega.
    Me has ganado desde el minuto uno, bueno mejor dicho desde que te conocí en una charla en Málaga el año pasado.
    Un saludo desde Málaga

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  2. Gracias por estas líneas Ayanta. Disfruto mucho con ellas y con tu programa en Es radio. Muchos ánimos y seguid así tanto tu padre como tú. Siendo libres y escribiendo y diciendo lo que os venga en gana,

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  3. Hola Ayanta, me encantan tus diarios; son exactamente como los escribo yo, misma forma de pensar o de ver la vida, mismas conclusiones. Sólo me faltan tus gatos, yo tenía uno y me lo robaron, daría para escribir un capítulo…
    Como no me atrevo a llamarte en tu programa no sé si llegaré a escribirte pero lo que sí intento hacer durante este encierro es escribir una carta a mi hijo adolescente que cumplirá próximamente 18 añitos. Para que tenga un recuerdo. Me gustaría que me dieses alguna idea o unas pautas, dilo en tu programa. Me pasa lo que a ti, muchas veces no soy capaz de concentrarme.
    Como te digo por FB, abrazos desde el Paraíso, querida.

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  4. Hola Ayanta! Decirte que me gusta leerte, consigues sacarme sonrisa tras sonrisa!!, Cosa bonita en estos tiempos de encierro!!Me pareces divertida!! También noto tu nostalgia! Esa que sentimos cuando no podemos abrazar a los seres queridos!! Un abrazo desde Málaga, y como decía aquel, ánimo, esto también pasará!

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