El Dragón y yo

Por: Rodrigo Villar Salgado.

Desde el inicio de nuestro encierro muchos han encontrado una soledad forzosa donde han tenido que enfrentarse cara a cara con un eterno y furtivo enemigo, su yo, su mismidad. Eso me ha llevado a pensar en la fabula universal del Dragón y su tesoro. Porque vivimos tiempos en los que nuestra conciencia parece un leviatán del que tengamos que huir despavoridos, pues nos puede llegar a destilar verdades que hagan que nuestra existencia, vacía de contenido, se vea afectada. ¿Quién estará dispuesto a enfrentarse al Dragón? ¿Quién será el valiente caballero (o escudera) que se asome al abismo de la reflexión? ¿Alguien en su sano juicio aceptaría en su conciencia las vicisitudes del destino? El hecho de que sus fracasos, penas y calamidades pueden tener origen en sus acciones. Pero he aquí una fuente de esperanza, está en nuestras manos poder remediar tan aciago destino. Pues hasta el más nimio y elocuente de nuestros actos puede desencadenar una fuerte reacción futura que achacaremos cómodamente a una fuerza abstracta e invisible causante de todos nuestros males. ¿Podremos soportar el embiste del Dragón? ¿Nos colapsaremos ante tal dosis de realidad? Lo cierto es, que este momento, es el idóneo para volver a encontrarnos. Ahora bien, siendo sincero, es comprensible el vértigo que puede suponer este ejercicio en la actualidad.

El ciudadano medio siente un vacío que no puede llenar comprando con fruición en ese espectáculo dantesco que es el consumismo, ni tampoco mediante el esfuerzo en trabajos mecanizados, mal remunerados y peor reconocidos. Ese vacío que crece cada vez que olvidamos el presente anhelando el pasado y obviando el futuro. Ese vacío que no estamos dispuestos a llenar por miedo al complejo y sensible ser en que puede uno convertirse. Porque toda esa complejidad nos puede sacar de esa plana y cómoda existencia, pero es ahí donde se encuentra el verdadero tesoro del Dragón. Una vez que lo vencemos la recompensa nos aguarda y no es otra que nuestro verdadero yo, nuestra mismidad, el orgullo de nuestra unicidad. Decía Miguel Hernández que solo soy yo cuando estoy solo y es que únicamente en nuestra soledad podremos alzar la cabeza y encontrar la libertad que solo nosotros nos negamos. 

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