La UCI no es para viejos

Por: Sergio Berrocal.

En el infierno del coronavirus, surgen ángeles y demonios, bonitas y feas historias, horribles a veces.

Esta que les voy a contar acabo de escucharla por una emisora de radio, donde normalmente se hacen eco de la labor extraordinaria que desarrollan enfermeras, médicos y demás personas en los hospitales de España para salvar a las víctimas de la pandemia que nos regalaron los chinos.

Con voz de las de antes, de cuando Franco, el locutor, sin emoción, ni la más mínima, refiere que una señora llamada Loli, de 70 años, fue trasladada a un hospital, no digamos la localidad, solo que fue en España, con todos los síntomas del coronavirus, a tal extremo que en recepción decidieron llevarla cuanto antes a la unidad de cuidados intensivos (UCI). Pero hete aquí que surgió un médico, el médico, el jefe, el salvavidas de tantos pudientes, que no debería ser muy viejo, o suficiente para odiar a los viejos, y dijo que era imposible, que las camas que había no eran para las viejas. Claro, es que una vieja está teóricamente más cerca de la muerte y este preclaro científico, al que por lo menos le darán algún día un premio con una copa de cava sabía de las necesidades de la vida. Que Satanás lo tenga en sus santas tablillas para ofrecerle un lugar en el infierno.

¿Qué habrías hecho si te hubiese llegado esa otra Loli, bueno, doña Dolores, que mandó más que un jefe de Estado Mayor? No, la UCI no era suficiente. Pusieron a su disposición una suite de un hotel céntrico de Madrid, donde se repone amablemente. Pero no era Loli, ni le preguntaron si barría portales o se había desmayado a la puerta de un supermercado porque el dinero no le alcanzaba para ella, solo para dar de comer a su nieto.

Está escrito, está dicho. No son mentiras de esas que merecen el paredón y que los poderosos profieren sin despegar los labios apenas.

Una médica, seguramente de un grado inferior al del humanista que la rechazó de la UCI, hizo todo lo imposible para que pudieran instalarla y tratar por lo menos de darla la ilusión de que iban a hacer todo lo posible.

El cuento termina cuando una ambulancia tuvo que venir a recoger a la pobre vieja para llevársela a otra UCI de otro hospital, claro, donde finalmente la aceptaron y donde quizá la salvarán. Esta apostilla es mía, de misericordia de Semana Santa.

He dicho que el cuerpo médico español es aplaudido a diario y no solamente de corazón sino con las dos manos tocando como en una feria desde un balcón con los legionarios cantando “Soy el novio de la muerte”.  La gente sabe que es lo mejor que tiene España don esas batas blancas, verdes o de color de bolsa de basura. Profesionales mal pagados pero que dan la vida por sus enfermos. Esta pandemia lo está demostrando de una forma espectacular.

Pero siempre hay algún malange, algún medicucho de mala muerte y de peor vida que no tiene más que ego y que quiere necesita saber en todo momento que ÉL manda. Que tiene poder sobre la vida y la muerte de la gente. Y lo tiene.

Es de desear que la vieja siga viva y que a esta hora esté instalada en una cama de cuidados intensivos y, si Dios quiere, que se salve. O por lo menos que respire a gusto. El tiempo que sea.

Me imagino la cara de aquella pobre vieja cuando le dijeron que no, que la UCI no era para ella. ¿Lo escucharía? ¿O ya estaría demasiado atontada para saber que seguía en la tierra, que Jesús no era aquel muchacho joven que apretaba su mano con desesperación.

Y aquel médico de la bata blanca como en un anuncio, ¿la vería demasiado mal vestida, tan maltrecha estaba la pobre vieja para que no la quisiera en su servicio? Ese médico tendrá padre y madre a menos que los haya olvidado en alguna gasolinera durante las vacaciones de verano, antes de ir a comerse una paella como no la hacen más que en “Casa Alfonso”.

No es el único caso y por eso me da rabia. Ya se oye cada día más una voz, que sale hasta de la boca de un ministro de los más ministrables y de vida particular que ha dicho que las plazas de la unidad de cuidados intensivos hay que reservarlas para la gente joven. Los viejos dejarlos en la residencia donde se encuentren y que se mueran en paz. Un soldado, probablemente con lágrimas en los ojos, arrastrará el cadáver hasta donde su superior le mande.

Ignoro si la familia de esta señora tendrá ganas y arrestos para denunciar al médico humanista, al portero y a todo bicho viviente por haberla echado del hospital. Yo lo haría y empeñaría hasta mi ordenador para que el médico responsable tuviese que pasar delante de un tribunal y fuese borrado de cualquier plantilla decente. De haber sido yo el presidente del Colegio de Médicos le hubiese sugerido pedir una plaza en una ONG donde siempre necesitan gente que quiera redimirse.

Esta historia la he oído pasada las doce de la noche en una emisora de las más prestigiosas de España. No me he equivocado. Ahora lo que me queda es la indignación de no haber tenido datos suficientes para intentar abrir un expediente en el juzgado de guardia.

Mire, Doctor, señor Doctor, bata blanca llena de todos los escupitajos negros que merecería su alma de puerco a sueldo, supongo que de niño habrá ido usted a un buen colegio, donde van los pijos sin corazón de su especie que ejercen porque es bonito y puede ser rentable con las mutuas y esos servicios anexos, nada que ver con los batas blancas que ejercen en hospitales públicos con paga estrecha.

Verá, usted, yo, servidor, siempre he sido periodista, sesenta años de profesión, y sigo escribiendo porque pienso que puedo hacer algo bueno, y quizá usted haya hasta leído un libro mío. El cuento es, doctor de la bata blanca sin una mota de perversión pandémica, que yo ya tengo ochenta años de edad y tengo miedo de que un desalmado como usted tenga que decidir mi suerte.

Hubiera podido ser que nos viéramos otro día si tengo la mala suerte de caer en su hospital. Le voy a dar un consejo. Acuérdese de quitar todos los bisturís de en medio. Porque usted me echa a la calle, como a la Loli, pero yo le dejo mi carta de visita.

Eso sí, aunque ya ha terminado Semana Santa, no deje de pasar por la iglesia antes de ir al hospital. Y pídale al que está colgado en la cruz desde hace más de veinte siglos que le de un poco de caridad. Y no se extrañe si el Cristo sacrificado le escupe hasta que salga huyendo por la puerta grande. 

Un comentario en “La UCI no es para viejos

  1. Ese médico, al que ud. juzga como si fuera un criminal, es uno más entre tantos otros que en estas circunstancias soporta una enorme carga: decidir a quien hay que dar prioridad en un tratamiento a vida o muerte cuando no se dispone de recursos para atender a todos. Esta pasando ahora, y ha pasado siempre en guerras o catástrofes.
    En estas circunstancias ¿Sería mejor y más moral, atender por orden de llegada a las urgencias, por ejemplo, sin más consideraciones? Si la decisión en el caso que ud menciona hubiera sido la contraria ¿Qué le diria ud. a los padres, al esposo o los hijos de una persona que necesita atención inmediata para sobrevivir, una persona joven o no tan joven, con una larga vida por delante, con un trabajo, con la responsabilidad de sostener una familia? Ud. habría deshauciado a esa persona para prolongar la vida de un anciano. Un anciano con probablemente otras varias afecciones, con un horizonte vital mucho más corto y sin responsabilidades ya para la supervivencia de una familia.
    Para juzgar, hay que ponerse en la piel del juzgado. Cosa que ud. no hace. Se limita a colocarse en un podio y dictar sentencia desde su pretendida superioridad moral. De la que carece en absoluto, a la vista de la soberbia y la ligereza con la que califica a ese doctor que se encuentra en una tesitura durísima. Por cierto, probablemente fue ese mismo doctor el responsable de que esa mujer pudiera ser trasladada a otro centro, donde finalmente pudo ser atendida en condiciones.
    Sí hay inmorales o, como mínimo, irresponsables entre los que están gestionando la epidemia. Pero esos son la gentuza que nos gobierna, no los médicos.

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