Sobre la literatura egográfica

Por: Fernando Sánchez Dragó.

(Escribí estas páginas para que sirvieran de prólogo al segundo volumen de mis Memorias ‒Galgo corredor. Los años guerreros (1953 a 1964)‒, cuyas galeradas corrijo en estos momentos. Iba a salir, con sello de Planeta, para la Feria del Libro de Madrid del año en curso, pero ya no hay feria. Aparecerá después del verano Las transcribo aquí en su integridad, para celebrar el Día del Libro, pero no aparecerán así en la obra citada. Las he reducido mucho con miras a su edición). 

                              “Amigo que no me lee

                               amigo que no es amigo

                               porque yo no estoy en mí

                               más que en aquello que escribo”.

                                           José Bergamín (citado por Andrés Trapiello en El Mundo).

                                           

                               “La lectura permite descubrir al otro

                                conservando esa profundidad que sólo

                                se tiene cuando estás solo”.

                                            Amélie Nothomb,  Una forma de vida.

                                           

La única literatura que me interesa es la egográfica. De ahí que casi todos mis libros, sin excluir los ensayos, pertenezcan a ese género.

«Todo lo que no es autobiografía es plagio», escribió (o dijo) César González-Ruano. Es sólo una opinión, pero yo la suscribo.

Mis modelos son Montaigne, Walt Whitman, Henry Miller… Hay otros escritores por los que siento estima, a veces muy alta, pero no querría haber escrito sus libros, por admirables que sean, pues me resultan ajenos y mi memoria termina siempre arrinconándolos, cubiertos de polvo, en los cajones del olvido.

Para ser un buen escritor no basta con escribir lo que te gusta leer y te enseña a vivir, pero quien no haga, por lo menos, eso, será siempre, a mi juicio, un mal escritor. Se trata, acogiéndome al socorrido recurso canónico de la lógica aristotélica, de una condición sine qua non, pero insuficiente, pues sin talento no hay buena literatura que valga, de igual modo que tampoco la hay sin subjetividad por parte de quien la hace.

Llamo mal escritor, a priori y sin otorgarle el beneficio de la duda, a quienes inventan historias supuestamente objetivas pensando en el interés y el gusto de los lectores. Yo nunca lo he hecho y jamás lo haré. Mis deficiencias son otras.

Tales gentes de pluma, pues pecaría yo de injusticia si les negara esa condición, a veces ágil, a veces diestra, a menudo torpe, quieren repicar, tocar pelo, vender, ganar dinero y fama, aparecer en las listas… De ahí que sus libros no sean propios, sino ajenos, y no estén, lato sensu, rubricados, aunque sí firmados. No llevan sello de lacre. Podría haberlos escrito cualquier otro. A mí me interesa sólo la literatura endógena.

Esos autores rinden culto a la moda, al vulgo o a los valores dominantes y son asalariados a sueldo de cualquier postor o impostor.

Yo no vendo libros. Los escribo. Quienes los venden son los editores, los distribuidores y los libreros, y cuando lo hacen, se lo agradezco, pero nada más.

Los libros egográficos y endógenos, a veces, sólo a veces, se venden bien, y eso no está mal e incluso ayuda, da aliento y vigor a quien de su puño y letra los rubrica y pone intransferible sello de lacre, pero no han sido escritos pensando en la tirada, ni en las listas, ni en el éxito, ni en el favor y fervor de los lectores.

Llamo buen escritor, a priori y concediéndole el beneficio de la presunción de calidad, al que sólo intenta escribir los libros que le gusta leer. Yo, a veces, leo por curiosidad o por obligación cultural (la presión del entorno) y profesional (mis programas televisivos o radiofónicos), pero cuando lo hago por devoción y en libertad sólo leo memorias, autobiografías, biografías, diarios, epistolarios, confesiones, libros de viajes… Egografías, a condición de que no sean hagiográficas, pues los santorales están reñidos con la literatura.

Ésa es la única razón por la que casi todos mis libros, como ya he dicho, pertenecen al género egográfico. Eso –insisto– no me convierte en un buen escritor, ya que hay egografías carentes por completo de interés, pero sí garantiza que pueda serlo.

«¿Por qué iba a interesarle a nadie mi vida a menos que estuviese escrita como una novela?», se preguntó James Salter cuando un editor le propuso que escribiera su autobiografía. Ya. Tenía razón, pero también la tengo yo, por ley de soberanía literaria, si me pregunto por qué va a interesarle al lector una novela que no sea trasunto explícito o alegórico, en primera o en tercera persona, de la vida del autor. Y es el propio Salter quien creía, como Céline, que hay que pagar por lo que uno escribe. «Una historia inventada», añadía, «carece de valor. La única historia que cuenta es aquella por la que debes pagar. Sólo cuando la has pagado tienes derecho a transformarla». Así lo reconoce en el último libro que publicó: El arte de la ficción.  

 Cuando salió el primer volumen de mis memorias, Esos días azules, que cubre desde el 1 de enero de 1936, año en que fui concebido y nací, hasta el 2 de octubre de 1953, tuve que someterme, renegando, a la habitual campaña de promoción. Duró sólo un par de semanas, pues aún no había terminado la segunda cuando, yéndome a Tokio para huir del barullo personal y de las elecciones generales del 20 de noviembre de 2011 (no voto, no soy demócrata), puse aire, tierra y mar por medio, pero en menos de quince días hubo tiempo para someterme al suplicio de casi cien entrevistas. 

¡Menudo tute, que zanjé con una espantada! Los editores, antes, se conformaban con que los escritores escribiéramos libros. Ahora, encima, quieren que los ayudemos a venderlos. Las preguntas formuladas por los entrevistadores fueron, en líneas generales, las que cabía esperar, centrándose casi todos en el sexo y en las confesiones picantes o yéndose por ramas que no salían del tronco de mi libro, pero en algunas ocasiones, ni muchas, ni pocas, indagaron por algo que me sorprendió.

Querían saber, sintiendo o simulando extrañeza, por qué escribía unas memorias. Algunos sugerían, maliciosos, que si ya no tenía nada que contar o que si daba, con esa decisión, mi vida activa por terminada.

Tales preguntas, como apunto, me sorprendían, porque en ellas se ponía de manifiesto una visión de la literatura distinta por completo a la mía. Era, también, evidente que no me entrevistaban por ser escritor, sino por tener fama –decían– de suscitar polémicas y dar titulares. Buscaban al supuesto provocador, cosa que en modo alguno soy, por más que mis ideas y opiniones resulten, a menudo, provocadoras. No les interesaba mi libro ni la persona que lo había escrito, sino el personaje, ajeno a mí, que ellos mismos o sus colegas habían fabricado.

¿Que por qué escribo unas memorias? ¡Caramba, amigos! ¡Qué pregunta! ¡Pero si todos los libros que son, o que me parece que son, son egográficos y no son o no me parece que sean verdaderos libros los que no lo son!

Ustedes, pensaba yo, aunque no lo decía, ni saben lo que es la literatura ni jamás se han molestado en leer un libro mío. Si quieren, les envío alguno. 

Estoy generalizando y sé que corro el riesgo de que los informadores acojan este segundo volumen de mis Memorias con una huelga de atención caída. Será un placer, pero no me gustaría dar tamaño disgusto a mi editor y, para ahorrárselo, me curaré en salud reconociendo que también hay periodistas decentes y concienzudos que no buscan sólo llamar a escándalo. Me guardaré muy mucho de decir quiénes. Así todos se sentirán partícipes del elogio. 

¿Dar por terminada mi vida? ¿No tener otras cosas que contar? Si hiciese lo primero, sucedería lo segundo, y si sucediese lo segundo, haría lo primero. Así que, por la cuenta que como escritor me trae, escribir memorias equivale a alargar y ensanchar la vida, entre otras cosas, y no a ponerle punto final.

Siempre me ha llamado la atención el extraño fenómeno de convergencia que se produce, al menos en mi caso, no sé en los de mis colegas, mientras se escribe un libro.

La obra que en ese momento tengo entre manos se convierte en un mecanismo de succión literaria, en una especie de remolino o sumidero hacia el que fluyen, por él atraídas y absorbidas, decenas de frases procedentes de las lecturas realizadas al hilo de la escritura.

Citaré algunas… Todas ellas proceden del segundo volumen de Diarios (2004-2007) de Iñaki Uriarte, escritor del que nada sabía hasta el momento de abrir ese libro, cosa que hice, ¡vaya por Dios!, el mismo día en que me puse a escribir Galgo corredor.

     A saber…

      Borges, en Profesión de fe literaria:

 «Este es mi postulado: Toda literatura es autobiográfica (…) El personaje que importa en la novela pedagógica El Criticón (…) es el fraile Gracián (…) Asimismo nuestra cortesía rinde credulidades a Shakespeare cuando éste infunde en cuentos añejos su palabreo magnífico, pero en quien creemos verdaderamente es en el dramatizador, no en las hijas de Lear (…) He declarado ya que toda poesía es plena confesión de un yo, de un carácter, de una aventura humana. El destino así revelado puede ser fingido, arquetípico (novelaciones del Quijote, del Martín Fierro, de los soliloquistas de Browning, de los diversos Faustos), o personal: auto-novelaciones de Montaigne, de Tomás de Quincey, de Walt Whitman, de cualquier lírico verdadero. Yo solicito lo último».   

     Y un poco más adelante…

 «Yo (por Iñaki Uriarte), que tantas veces digo yo, comparto, como el joven Borges, «nuestra codicia de almas, de destinos, de idiosincrasias, codicia tan sabedora de lo que busca, que si las vidas fabulosas no le dan abasto, indaga amorosamente la del autor». Ahora acaban de salir dos libros escritos por las criadas de Borges y Proust: Fanny y Céleste. Voy a ir rápida y amorosamente a comprarlos».

     Y aún…

 «En el siglo IV san Agustín dijo que a Dios había que buscarlo dentro de uno mismo y no en el mundo exterior. Entonces decidió contar su vida de pecador juvenil y su conversión al cristianismo. Ni a Cardano, ni a Cellini, ni a Montaigne les movió nada parecido. Narraron sus vidas muy ufanos de ellas, sin arrepentirse de nada, porque se les ocurrió hacerlo así.

Lo inaudito es que hasta san Agustín apenas se hubiera escrito casi nada en primera persona del singular y que tuviesen que pasar más de mil años hasta que alguien volviera a hacerlo. Esto quiere decir que no tenemos ni idea sobre cómo fueron los hombres del pasado.

 Cardano escribió Mi vida en 1576, un año antes de morir. Dijo que quería imitar a Marco Aurelio, cuyos Pensamientos acababan de conocerse. Pero de eso, nada. Compuso un libro muy íntimo, mucho más lleno de detalles particulares que de grandes pensamientos moralizantes y dejó una de las primeras imágenes en letra impresa de un individuo: el autorretrato emotivo y vivísimo de un tipo estrafalario, inteligente, difícil de tratar.

Unos pocos años antes Cellini había tenido la ocurrencia de dictar su vida a un joven ayudante mientras trabajaba en el taller. El resultado fue otro libro extraordinario: De vita propia, que se lee como una novela moderna y enseña más sobre aquella época final del Renacimiento que veinte enciclopedias de historia del arte.

Montaigne no leyó ni a uno ni a otro (el libro de Cardano se publicó en 1663 y el de Cellini en 1728, aunque se había escrito entre 1538 y 1562), pero en los mismos años de finales del siglo XVI escribió sus Ensayos, lo que él consideró “el único libro de su especie en el mundo”. Tal vez no fuera rigurosamente así. En Cardano ya hay muchas cosas que recuerdan a Montaigne, pero él no lo sabía.

De esa especie de libros, motivados por la descripción y expresión de la individualidad, ha derivado una literatura frondosísima de la que estos apuntes no son más que el último mono subido en la última rama».

Bueno, bueno… El antepenúltimo, amigo Iñaki, porque Trapiello sigue, volumen tras volumen, con su espléndido Salón de pasos perdidos  y ahora llego yo. 

Discúlpame, por cierto, tan larga cita. No sé si estoy infringiendo las severas normas del copy right. Quizá sea piratería. Podemos arreglarlo, si te parece, invitándote yo a una panzada de ostras con buen champán, a no ser que lo uno o lo otro, o ambas cosas, no sean de tu agrado. Cava, no, por favor. Prefiero, incluso, el txakolí, que no es gran cosa, aunque mejor sería una botella, o dos, de vino de Alsacia, del Rhin o de Sancerre.

Te confieso que no he leído la obra de Cardano, pese a tener en mi currículum una licenciatura en Filología Italiana. Voy rápida y amorosamente a comprar su libro, aunque de sobra sé que será difícil encontrarlo, y luego me iré un ratito a Salamanca, como si fuese uno de esos periodistas aparentemente ignaros de que todo el mundo –políticos, cantantes, empresarios, deportistas, cortesanas, narcotraficantes, actores, malhechores…–, y no sólo los escritores, son gente dada a escribir memorias. ¿A qué viene entonces tanto asombro?

Vale ya. Lo dejo aquí para no transgredir en demasía uno de los preceptos de Hemingway. Ése que dice: “no tratéis de explicaros”.

     Arranque ya, sin más dilación ni excusatio non petita, el segundo volumen de mi egografía…

Un comentario en “Sobre la literatura egográfica

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: