Viaje a la Grecia clásica (De monte Athos a las Termópilas)

Por: Alicia García Herrera.

Al igual que hiciera en Tras las huellas de Heródoto, Penadés nos ofrece en Viaje a la Grecia clásica, (Antonio Penadés, ed. Almuzara) una perspectiva histórica de las ciudades que recorre añadiendo una vertiente ensayística y literaria. Nos hallamos por tanto ante un libro de viajes que combina ensayo y literatura y en el que el autor expresa nuevamente su admiración por el padre de la Historia, fundamentada en el rigor de su obra y en su dignidad personal, y por cada una de las facetas que ofrece la antigua civilización griega. 

La experiencia del escritor viajero, que va desde lo distendido a lo espiritual y a lo guerrero o épico, se narra en primera persona. El autor escoge un tono coloquial y cercano para contar sus vivencias en solitario siguiendo las huellas del ejército de Jerjes. Invita al lector con la sencillez y afabilidad propias de su prosa a acompañarle en los desplazamientos en su Ford Fiesta; a disfrutar a través de sus ojos claros de la belleza de paisajes que enamoran, como algunos de los rincones de la Tracia o del monte Athos; a saborear en su compañía los platos típicos de cada lugar, premio a las fructíferas jornadas viajeras; a conocer de su mano personas tan interesantes como Constantinos, Oday, Sergei, Anatoli o Polyxeni, entre otros; a comprender los problemas de los griegos y no griegos del presente, como sucede en los hot spots, lugares donde malviven los refugiados que llegaron a Grecia huyendo del drama de la guerra en Siria –también Heródoto fue un apátrida–; a solucionar los problemas prácticos que acucian al aventurero; a disfrutar de los momentos de recogimiento y ocio. Es en esos instantes cuando nos recuerda que la felicidad radica a menudo en la capacidad de apreciar las pequeñas cosas.

Frente al tono coloquial de la parte literaria, destaca el tono elevado que marca la parte dedicada al ensayo. Aquí el viajero-escritor se revela como un erudito que maneja con soltura los datos históricos y también el mundo mítico. Destaca la narración de ciertos episodios curiosos, como los del poeta Horacio o el mercenario Arquíloco de Paros, dos hombres que desafían el ideal del guerrero presente en la Ilíada. También la mención a ciertos hallazgos arqueológicos, como las mujeres de Caria, que forman parte del monumento funerario enclavado en la colina de Kasta (Anfípolis), o la tumba de Filipo II en Vergina. A los mitos se refiere el autor en múltiples ocasiones, como cuando habla de Orfeo y Eurídice, de Ulises y Penélope, o de Apolo y Dafne, o del titán Athos, entre otros. Afirma con rotundidad que «la mitología engrandece a Grecia; son relatos que enriquecen su historia, su geografía y su acervo cultural», y en algún otro pasaje desmonta ciertas creencias limitantes sobre la religión cristiana.

No se limita el autor a explorar el pasado como los viajeros románticos que le precedieron, peregrinos de la belleza, sino que, exhibiendo su faceta periodística y haciendo gala de su curiosidad habitual, intenta conocer y hacernos conocer de primera mano ciertos temas candentes. Antes de su llegada a Idomeni visita los centros de refugiados sirios de Drama y Kavala, donde se topa de frente con una situación realmente penosa como consecuencia de la guerra civil en Siria y la inacción de Europa.

De especial interés resulta la experiencia del viajero en el monte Athos, un viaje espiritual, como él mismo expresa. Athos está constituido por una red de veinte monasterios ortodoxos, lugares de paz y oración donde no existe presencia femenina, ni tan siquiera entre los animales domésticos, siendo la Virgen María la única mujer omnipresente. Es un lugar que impresiona al viajero, como acreditan las emotivas descripciones de los paisajes que contempla durante su recorrido a pie hasta el monasterio de Iviron, lugar que otorga a nuestro aventurero la experiencia de la vida monacal. Penadés nos la ofrece en dos de los capítulos de Viaje a la Grecia clásica, sin duda los más intensos. No se trata solo de contar lo anecdótico sino de profundizar en la historia –qué interesante la presencia de Roger de Flor en Athos y la «venganza catalana»– y también en los ritos para trasladar al lector los puntos de conexión entre paganismo y cristianismo, además de la magia y el misterio dimanantes de la experiencia de permanecer en un lugar impregnado de espiritualidad anclado aún en plena época bizantina. Tras asistir a varios actos religiosos y convivir con los monjes, el autor expresa que «el término griego alétheia («descubrimiento, verdad») se ajusta perfectamente a la experiencia. A la mañana siguiente el viaje continuaría, pero Athos ya me había cambiado para siempre». 

Los días de Athos preparan el camino hacia una etapa más «real» y, desde luego, épica. Tras la visita a Olinto, Potidea y Nea Focea, se abre el camino hacia el punto más caliente del recorrido, las Termópilas. Es aquí, en el último capítulo, donde el escritor y viajero despliega todo su buen hacer, un magnífico broche de oro. La narración de la batalla de las Termópilas no solo derrocha rigor histórico sino que deja vislumbrar el talento literario de Antonio Penadés, que ya exhibiera en su primera y hasta el momento única obra de ficción, El hombre de Esparta. Si en dicha novela nos sedujeron los discursos en la Asamblea ateniense de Pericles e Isómaco, un ciudadano en busca de la verdad y la justicia, en Viaje a la Grecia clásica no puede desdeñarse la emotividad contenida que acompaña la narración de la tragedia de Leónidas y sus 300 en el desfiladero de las Termópilas. 

Transcribe el autor en este capítulo el poema de Kavafis, Ítaca, y lo acompaña con algunas reflexiones acerca del orgullo y la vanidad al hilo de la cita de Flaubert que incorpora en las páginas preliminares del libro: «el orgullo es una fiera que ruge en el desierto; la vanidad, un loro que parlotea de rama en rama a la vista de todos». Para ilustrar la diferencia entre orgullo y vanidad, contrapone las figuras de Agamenón y Ulises y las de Leónidas y Jerjes durante la batalla de las Termópilas; recuerda, asimismo, el mito de Apolo y Dafne, en el que el dios recibe la venganza de Eros por haberse burlado de él. Afirma Penadés que la vanidad es uno de los peores defectos humanos y que «se corrige a veces viajando, leyendo e intentando aprender de los demás; ejerciendo la humildad para reconocer personas valiosas y teniendo el arrojo suficiente para enriquecerse con ellas. El orgullo comedido es una virtud, pero la vanidad, siempre destructiva, implica la perdición del que la padece». Estas afirmaciones parecen remitir al concepto de desmesura o hybris, uno de los pecados capitales entre los antiguos griegos y al que el autor se refirió ya en Tras las huellas de Heródoto

Tras completar el recorrido que nos propone Viaje a la Grecia clásica llegamos a comprender que Antonio Penadés es un viajero del tiempo. Su nuevo libro nos propone un periplo desde el presente al pasado, un viaje que sucede con tan solo girar una página pero que es capaz de sembrar en nosotros el afán de aventura, la necesidad de volar tan lejos como podamos para impulsarnos hacia nuestras raíces más hondas en busca del conocimiento y de la alétheia. Es esta verdad que encontramos en el pasado la que hemos de extrapolar al presente si queremos llegar a comprender nuestro tiempo, a vivirlo con consciencia. Toda la cultura occidental tiene una inmensa deuda con la Hélade, deuda que vamos saldando cada vez que rendimos tributo a su cultura, cada vez que recuperamos su historia, sus mitos, su iconografía, cada vez que contemplamos las viejas piedras durante un viaje o simplemente soñamos con descubrir la Atlántida. 

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