Volver la espalda a nuestro destino

Cuarenta y cinco días sola. El ánimo comienza a resentirse. La salud, por suerte, no. Eso ya es mucho. Sin embargo, ciega y privada de libertades, sólo pienso en la soledad. Sólo y sola. Con acento y sin acento. Qué importa. ¿Qué es lo que nos espera? Podría volver la espalda a mi destino, hacerme la fuerte y pensar en cielos azules y pajaritos. Pero es algo que no está a mi alcance. Techos encapotados, agobios, trabajo, soledad, soledad, soledad… Felices aquellos que se ven las caras, que se tocan, que leen con sus hijos, que comen acompañados.

Percibo en mis semejantes, en mis amigos más cercanos, un ambiente tristón, pútrido, horrendo. Un ambiente imposible de disipar, porque está encallecido por los días; imposible de amortiguar, porque es sordo a los razonamientos; imposible de doblegar, porque ni el chantaje es ahora posible. 

¿Cuántos días quedan?, pregunto a veces con tonillo de mocosa. No queda otra que asumir las nuevas demoras que vendrán e incorporarlas a nuestra humanidad. Me vienen, estos días, unas ganas irremediables de historiar unas semanas que, desde luego, tienen historia. Pero la esencia no está ahí. En realidad son días poco o nada narrativos, donde los acontecimientos tienen menos importancia que las sensaciones y en los que la superposición de los hechos se traduce en brumosa y dolorosa bipolaridad e intercalación de estados de ánimo. 

¿Alguien más se siente abrumado por esta traición del azar, por la buena y la mala suerte, por las jugarretas del destino y por los hechos no previsibles? Supongo que sí. Esta ciudad, convertida en marasmo, en goteo incesante de muertos, de amor y desamor a trozos, es siniestra. Abunda la insatisfacción, las palabras sueltas, las cosas que nos vemos obligados a hacer irremediablemente solos, las comunicaciones, entrecortadas y fugaces, con el exterior, la avalancha de bulos, de infundios, de malignidades, el deseo inútil de rellenar el todo con la nada, la irritación contra la inefable responsabilidad que arrojan los endemoniados compromisos morales y las crueles e imbéciles despedidas. 

Nos salva comprobar y palpar la recíproca existencia que da ánimo y consuelo. Seguramente todo irá a peor, pero, al menos, salvémonos de las decepciones, vivamos la vida que el mundo nos ofrece sin andar jugando con falsas promesas. La esperanza es un fruto que debe comerse en justa medida. El camino no puede andarse de golpe y la realidad no es ni triste ni alegre. Existe y ya está. Por lo menos estamos vivos. Los estados de ánimo, las subidas y bajadas también forman parte de la vida, de una existencia en la que sólo queda superar las situaciones y volver la espalda a un triste destino. 

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