Y el cine nació en París

Por: Carlos Salas.

El 28 de diciembre de 1895 tuvo lugar la primera proyección cinematográfica pública. Fue en París. Es cierto que a comienzos de aquel mismo año se había realizado otra proyección, también en la capital francesa, pero ante un número muy reducido de personas y en el contexto de una reunión científica, siendo la de diciembre la que ha quedado como fecha oficial del nacimiento del cine. 

Dicha sesión se llevó a cabo en el Salon Indien, pequeña sala situada en el sótano del Grand Café, local ubicado en el Boulevard des Capucines, una de las principales zonas de ocio del París finisecular. Los hermanos Auguste y Louis Lumière eran los artífices de aquel sorprendente invento –el mismo que habían presentado, unos meses antes, en el cerrado círculo científico–, y su padre, el fotógrafo y pintor Antoine Lumière, ejercía de orgulloso maestro de ceremonias aquel día feliz. Apenas unos minutos de contemplación de las fotografías en movimiento –incluido el susto provocado por la imagen de un tren que parecía precipitarse sobre los espectadores– bastaron para que el público allí reunido –unos treinta y tantos asistentes, entre los que, al parecer, se encontraba el afamado mago, e inminente cineasta, Georges Méliès– saliese sorprendido y entusiasmado a causa de lo que sus ojos, todavía abiertos de par en par, habían visto. 

Pero más allá del romanticismo que destila aquella germinal proyección en el Grand Café parisino, hemos de recordar que el cine, en realidad, fue el resultado de una serie de progresos técnicos e investigaciones que tuvieron, en última instancia, su cénit en tres escenarios distintos: la mencionada Francia de los Lumière, la Alemania de los hermanos Skladanowsky y la Nueva Jersey de Thomas Edison y William Dickson. Cinematógrafo, bioscopio y quinetoscopio fueron los nombres que recibieron, respectivamente, los inventos de los personajes que acabamos de citar. Todos ellos vieron la luz en aquella última década del XIX, teniendo como común denominador el haber conseguido otorgar movimiento a la fotografía, milagro fotoquímico que ya acumulaba más de medio siglo de historia. 

El cine podría ser considerado, en consecuencia, una invención conjunta que venía a cerrar con irrefutable éxito una larga serie de artilugios ópticos alumbrados en esa misma centuria –taumatropo, zoótropo, fenaquistiscopio, praxinoscopio…–,  teniendo como horizonte crear la ilusión, lo más fidedigna posible, de movimiento en las imágenes. Quien más se había acercado a la consecución de este anhelo fue Émile Reynaud, que perfeccionó su original praxinoscopio añadiéndole un sistema de proyección. Fue así como, el 28 de octubre de 1892 –o lo que es lo mismo, tres años y dos meses antes de la célebre sesión de los Lumière–, fueron proyectadas al público las primeras historias protagonizadas por dibujos que cobraban vida. Había nacido, pues, la animación. Y lo hacía, cómo no, en París, concretamente en el pequeño teatro del Museo Grevin, fascinante lugar anexo a uno de esos deliciosos pasajes que se abrían paso, como arterias trufadas de sorpresas, entre las manzanas edilicias de los bulevares parisinos. 

Cierto es, en cualquier caso, que la proyección de los Lumière fue la primera que permitió al público asistir al espectáculo de la fotografía –ya no se trataba de dibujos– en movimiento, de la misma manera que su aparato, el cinematógrafo, fue el que finalmente se impuso en el mercado. No así el quinetoscopio norteamericano, que no proyectaba las imágenes fotográficas, sino que las reproducía para un solo espectador, lo que impedía la experiencia compartida del visionado. Tampoco triunfó el bioscopio alemán, el cual, pese a haber proyectado –este sí– la fotografía en movimiento en un teatro berlinés el 1 de noviembre de 1895 –o lo que es lo mismo, casi dos meses antes de la consabida cita de los Lumière–, no tuvo mayor desarrollo, al resultar un aparato más complejo y menos manejable que el de los hermanos franceses. De modo que podemos concluir, tal y como habíamos anticipado en nuestro título, que fue en París, y hasta por tres veces, donde nació, con gloria y para la eternidad, el cine. Y desde entonces hasta hoy, no ha dejado de hacer reír, llorar y soñar a millones de espectadores, generación tras generación, manteniendo intacta su capacidad hipnótica, aquella que permite a cualquier persona evadirse de la realidad, durante un par de horas, en ese microcosmos oscuro donde tan solo brilla el gran lienzo en el que las imágenes proyectadas convierten en posible lo imposible. 

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