‘Tempestades de acero’, de Ernst Jünger: guerra, pandemia y viaje interior

Por: Clara Boluda Vías.

Del estado de alarma al letargo se pasa sin prestar atención. Y, atenuado el miedo, al hastío le corresponden sus propias exageraciones. Ahora que estamos en guerra ―se nos insiste― contra el coronavirus, resulta oportuno recordar cómo eran las guerras cuando eran los hombres los que se mataban entre sí. A tal distinción, pareja al abismo que separa lo didáctico del aprendizaje real, sirva de ejemplo la sobrecogedora Tempestades de acero (1920), publicada por el maestro Ernst Jünger al terminar la Gran Guerra.

Escrita a partir de sus diarios de las trincheras, sorprende, en primera instancia, la prosa pulida y la capacidad descriptiva del entonces jovencísimo escritor. Como buen soldado, no hay ripio ni alarde en su relato: fondo y forma quedan puestos al servicio de la acción. Es, no obstante, una novela durísima. Para Jünger, en la guerra no hay odio, pero sí crueldad contra el enemigo. El espanto de la guerra se nos describe sin insistencia, con la traza de lo cotidiano, sin levantar la voz, acaso el mayor horror concebible para un civil al que, además, habría de sumarse el escarnio de la gripe española en las trincheras.

Tenemos que creer a Jünger cuando nos dice que los cadáveres putrefactos esparcidos entre boquetes de obús desprenden un olor dulzón. Y debemos hacerlo porque no hemos vivido nada parecido. No, luchar contra un virus no es lo mismo que librar una guerra. En la guerra se manda a matar y en una pandemia se busca salvar vidas. La diferencia es decisiva. No restamos gravedad a las miles de muertes que deja el virus, pero tirar de metáforas bélicas es recurso airado del que exige obediencia, tentativa a recibir con la debida aprensión y recelo. La retórica bélica agrava el arrebato sentimental, el amarillismo y demás cualidades del hiperventilado, ajenas todas ellas a la conciencia que se abre. Y, peor si cabe, hablar aquí de guerra afianza el peor infanticidio posible, aquél que, de los veinte para arriba, insiste en explicar el mundo como en realidad no es.

Y apunta a lo más alto. En una epidemia hay víctimas y supervivientes, pero dar idéntica categoría al vivo y al héroe constata con pasmo la devaluación del mérito que, en flaco favor, se hace coincidir con «democrática». El heroísmo consiste hacer lo debido cuando el instinto pide salir corriendo. Un acto heroico no es, en absoluto, lavarse las manos, como dice un señor que pasaba por ahí, el Presidente del Gobierno. Al que quiere sobrevivir no se le presupone ética en ejercicio, tan sólo miedo y sangre bombeada. El heroísmo implica una renuncia, voluntad hecha acción. Ahora tenemos bien presente la diferencia. Vaya nuestro tributo a los que exponen su vida para proteger la de todos. Saber que hay alguien a la altura es el único motivo para alzar la mirada en un país arrasado por la muerte y el oprobio, como lo es España en estos días.

Por descontado, hablar de la ética del héroe es volver a Jünger. En la novela sobrevuela el belicismo del joven que marchó presto a enrolarse de voluntario, embriagado por el ethos del guerrero: autoridad, valor, deber, sacrificio. No en vano, Jünger fue condecorado con la más alta medalla al valor ―la rarísima Blauer Max― concedida por el ejército alemán. Para Jünger, el peligro dignifica al espíritu de altura. Como escribiría en La guerra como experiencia interior (1926): «La facultad de ensimismarse en la guerra como en el cielo estrellado o en una música ha sido otorgada a muy pocos. Los otros, los que no sienten en la guerra la afirmación, sino el propio dolor, ésos la viven como esclavos, no como hombres».

Otro muchacho más ―diríamos― entregado al afán por vivir al límite y acumular empirias desaforadas. Otro alemán más ―y fueron legión― que pasa de la exaltación romántica al superhombre nietzscheano. En absoluto. El oficial Jünger se gana nuestro respeto en la batalla, y hasta la más sincera fascinación, pero lo realmente conmovedor del libro es que en él reconocemos al maestro lúcido y sabio en que se convirtió Jünger en su madurez.

La lectura de su obra en retrospectiva aclara el camino que la novela sólo intuye: la guerra es un rito de paso, umbral privilegiado donde la liminalidad asoma y el cambio es posible. Al paso de muchacho a hombre le quedarán más hombres por llegar. Conocerse es cambiar y cada cambio nos sitúa de nuevo, refleja un orden superior, un ethos que nada impugna y sí reafirma, con la noción de totalidad como referencia intacta.

Jünger lo comentaba así en una entrevista a El País: «En cierto modo, no he realizado autocrítica. En la distancia, aún soy proclive a darle unos golpecitos en el hombro a aquel jovencito que escribió Tempestades de acero. Naturalmente, aquel jovencito era agresivo, no había llegado a la conciencia de la importancia que tiene el evitar y prevenir las guerras. Ahora que he llegado a este estado senatorial de madurez, pues tengo otra visión de las cosas, pero esto no significa que me distancie de aquel joven».

La distancia, reconocemos, puede ser larga para quien llega a cumplir los 103 años. Pocas veces biografía, talento y voluntad han mostrado tan generosa coincidencia. Recorrer la obra de Jünger es recorrer el siglo XX: se enroló en la legión extranjera, experiencia que le valdría para publicar Juegos africanos (1936); despreció al nazismo; son extraordinarias sus Radiaciones (1939-1948), diarios escritos durante la Segunda Guerra Mundial; La emboscadura (1951) es un diamante lúcido y vital para el espíritu libre; defendía el mito como pulsión vigente de conocimiento; se definió como anarca; experimentó con LSD con su amigo Albert Hofmann; se convirtió al catolicismo antes de morir…

No insistiremos. Guerra, aventura, ebriedad y una erudición portentosa. Conocimiento, en definitiva; tentación hacia el límite. En Tempestades de acero, la guerra es acicate para un viaje aún más largo, que será el interior. No era necesario ir tan lejos, Jünger lo sabía, para sentir el instante preciso en que todo cobra sentido. La libertad se mostrará ahí, más clara que nunca, incluso en el último confín del mundo, que no es el confinamiento, sino la propia conciencia.

P.D.: Jünger murió con 103 años. Fernando, tenemos margen.

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