Calienta que sales

Por: Jorge Bustos.

Hay que ver qué bien se confina el español. Soporta con senequismo el encierro más largo y estricto del mundo pese a los resultados más desmoralizadores del mundo. Para romper esta disciplina prusiana hace falta ir como el alcalde de Badalona.

Oímos estos días encendidos elogios a la cívica mansedumbre de un pueblo al que el tópico quiere bravo como el toro. Aquí no hay libertarios que salgan con la segunda enmienda en la boca y el Winchester en la mano a pagar el estúpido precio del contagio a cambio de una romántica autonomía; aquí solo hay tímidos pensionistas que empiezan a asomarse a los medios a decir que serán ancianos pero no imbéciles, que ya saben lo que hay fuera y que si les permiten salir a pasear sabrán cuidarse como han cuidado de la generación que hoy ejerce el mando. Si el latín define al imbécil (im-becillis, diminutivo de baculum) por la falta de bastón, alguien sin apoyo para sostenerse y avanzar, parece evidente que los imbéciles etimológicos están en el Gobierno y no en la sociedad. Sujetos tan fatuos que se dirigen a los ciudadanos como si fueran infantes -etimológicamente: los sin voz-, convencidos de su inmunodeficiencia moral porque solo ella justifica el sometimiento. La premisa del populismo dicta que el pueblo siempre es inocente porque así siempre necesitará un conductor, aunque cojee. Sin responsabilidad para qué la libertad, según reconoció el ídolo genocida del ministro de Consumo. Por eso se les ve felices encadenando estados de alarma, momento schmittiano donde el mediocre arribista puede sentirse soberano. Imbécil y debacle, por cierto, comparten etimología.

¿Por qué los españoles, que mueren y se contagian como nadie y que divisan por la ventana un horizonte de paro, recorte y ruina se mantienen quietos y dóciles en sus casas? Sospecho que no precisamente por conformidad con la gestión de Sánchez. Y no solo por miedo al contagio o a la multa. Madariaga, brillante taxonomista de los caracteres colectivos, aporta una explicación en Carácter y destino en Europa: “El español tiende a juzgar cosas y gentes con criterio de espectador. El español está en butaca. No es indiferente a la política: le interesa profundamente, solo que no como miembro activo de ella sino como el lector de una novela por entregas o el espectador de una pieza de teatro. Su criterio es dramático”.

Según esta sociología, aguantamos confinados porque estamos esperando un desenlace. No queremos actuar hasta averiguar cómo acaba el drama. Pero advierte Madariaga: la historia política de España alterna periodos de pasividad con estallidos violentos de energía reprimida. Es el momento en que los personajes aún vigentes son barridos del escenario porque el público exige otra función. Y otros protagonistas.

Publicado en El Mundo el 24 de abril de 2020.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: