Californication

Por: Antonio Dyaz.

Gran título, gran disco y gran serie, perdón por la apropiación. Todas las civilizaciones avanzadas han mostrado interés y desarrollado su propio universo pornográfico, que conviene juzgar desde una óptica arqueológica. Desde el Antiguo Egipto a Grecia y Roma. En el lejano Oriente, donde las religiones no penalizan el goce sexual, sino que lo mistifican, hay libros con grabados japoneses que harían sonrojar al difunto Hugh Hefner, que en el fondo solo era un mormón disfrazado con batín para que su poligamia no fuera castigada por las leyes de California. 

Allí coincidí, hace muchos años y por puro azar, en un bar del área de Los Ángeles con Ron Jeremy. Para los profanos, este señor bajito, gordo, peludo y feo (busquen su imagen en Google) era el actor porno más cotizado en la época recreada en la estupenda película Boogie Nights (Paul Thomas Anderson, 1997). Yo iba solo, en mi particular afterwork, una copa después de trabajar y a casa. Y allí estaba Ron, en la barra, tratando de seducir sin demasiado éxito a una señora morena que estaba totalmente fuera de los parámetros del porno de aquellos años. Hablo del Valle de San Fernando, esa ciudad que duerme tras Mulholland Drive, la carretera insulsa y aburrida que David Lynch glorificó en 2001 con su extraordinaria cinta homónima. En the valley, como se conoce en Los Ángeles a esa zona, menospreciada por quienes viven en Malibú o en Santa Mónica, porque desde el valle no se ve el mar; hay cientos de estudios y platós. Se trabaja todo el día y toda la noche. Básicamente en el porno, pero también en vídeos musicales, anuncios, series para plataformas, largometrajes serie B y otras producciones modestas. Todos comparten instalaciones, aparcamientos, edificios, catering, aseos, cámaras, sonidistas, estilistas… En un set están rodando un anuncio de aceite corporal para bebés y en el contiguo una orgía bisexual, solo separados por una mampara, lo que a veces provoca que los audios se mezclen. Y el resultado final funciona, nuestros oídos son sabios. El aceite y el placer se llevan bien. El porno es el motor económico de San Fernando, y allí casi todo el mundo vive directa o indirectamente de esa industria.

Hace poco una campaña tóxica comenzó a difundir que habían muerto ¡seis actrices porno! en unos meses. ¿Cuántas ganaderas, camioneros, fontaneros, albañiles, enfermeras, doctoras, profesoras, ingenieras o video artistas murieron en el mismo periodo? Eso es lo peligroso, que los datos los difunden los pastores evangelistas, los curas católicos, los políticos que se hacen fotos con el Papa y en general los asalariados por las religiones monoteístas que surgieron de las insolaciones y las arenas infinitas de los desiertos. Allí les fue dictada la sentencia: 

«El sexo es pecado, y si lo consumes o lo practicas morirás». 

Moriremos en cualquier caso, de coronavirus, de cáncer, de ictus o de viejos. 

Pero morir follando es probablemente la mejor muerte posible.

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