El corazón del templo

Por: Concepción Zayas.

Como mexicana que soy, cuando estudiaba el doctorado quise aprender de forma académica la historia de la Conquista. Entonces estaba como profesor invitado uno de las especialistas mundiales en el tema, intenté tomar su seminario sobre Crónicas de Indias… no pude. Tuve que darme de baja porque, literalmente, no lo soporté. 

Seguí mis estudios en Filología, especializándome en literatura colonial pero sólo a partir del siglo XVII. Nunca conseguí regresar al XVI, ni jamás volver a analizar los textos que narraban la caída del imperio azteca. ¿Por qué no podía? Era como si leyendo me volvieran a matar a mí, volvieran a infestar de hermanos muertos el lago, incendiaran mi cultura, quemaran a mis dioses, a mi tierra. Y desde entonces, cada vez que en lecturas o en conferencias volvía a oír el nombre de Hernán Cortés lo maldecía, para mis adentros pensaba que ojalá estuviera en el infierno. 

Los catedráticos que me dieron clases de Historia, mis amigos filólogos también, todos brillantísimos, me aconsejaban que un académico debía ser objetivo. Los escuché siempre con respeto y al mismo tiempo como si hablaran desde un espacio muy lejano y yo apenas pudiera distinguirlos moviendo sus labios, diciendo algo que no tenía nada que ver conmigo. 

En el XVII me sentí a salvo. Primero, por la razón básica de que no me provocaba tristeza ni ganas de llorar, como me pasaba con la Conquista o sus terribles efectos. El mil seiscientos novohispano, a pesar de sus contrastes también dolorosos, me dejaba un amplio margen esperanzador. Empecé a buscar temas de investigación y así se me apareció el neoplatonismo, como enredado secretamente detrás de alegorías que no podía entender pero que al mismo tiempo me seducían, me llamaban para que las descifrara. Esa filosofía venía de muy lejos en los siglos, y lo que seguía transmitiendo era la magia. 

Me apasioné por leer y releer lo que entonces los sabios llamaban Filosofía natural. Un infinito se me abría al contemplar todas las estrellas representadas en el cuerpo del hombre, divino recipiente donde se reproducía el universo mismo. Júpiter era el hígado, Venus los riñones, la Tierra el estómago, el mar la vejiga, los doce signos del zodiaco repartidos por las extremidades. Y el sol. El sol era el corazón humano que algún día despertaría para regresar a ser un dios terrestre. 

A otra escala, todo estaba en nosotros mismos. Según estas teorías del macro y microcosmos, la madre Tierra era también un cuerpo como el nuestro. Los ríos serían sus arterias, el agua la sangre, su respiración el viento. De lo que leía saqué mis propias conclusiones, que iba corroborando poco a poco a mí manera: con el vuelo de los pájaros, alguna señal que me llegaba, cosas así, y que yo traducía a mi lenguaje. Entonces concluí que ciertas regiones del mundo corresponderían a órganos vitales del planeta, ¿cuál víscera sería Egipto, qué México, Tíbet, la India o Perú? La verdad, no sé si en realidad eran mis propias conclusiones o también lo había sabido de antes, de alguna parte. 

Las ideas neoplatónicas impresas en mis ojos transformaron mi manera de apreciar lo que iba sucediendo. Todo se revelaba ante mí como un orden, unidad pura, que ya ni siquiera racionalizaba; sino que simplemente yo reconocía desde mi ojo interior como un conjunto armónico, donde cada elemento encajaba medido por una cuadratura perfecta. 

Cada vez más inmersa en la investigación del neoplatonismo colonial, mis días pasaban flotando entre página y página de Kircher, jornadas enteras en las bibliotecas antiguas, hipnotizada por los sermones novohispanos donde yo claramente veía las diferentes advocaciones de la virgen como caras distintas de la madre Sophia. Por las noches antes de dormir releía el Timeo, para tomar café me acompañaba Ficino, Plotino me daba la explicación a todas mis dudas. La monja sor Juana Inés de la Cruz me fascinaba, como si cada palabra suya todo el tiempo me estuviera retando a jugar con ella al laberinto. También sermones y hagiografías eran la invitación a abrir muchas puertas, que nunca conducían a nada que yo hubiera esperado. 

En las páginas antiguas percibí que, bajo la primavera eterna de la capital novohispana, la filosofía volvía a nacer perennemente. Con lágrimas en los ojos cientos de veces declaré en mi alma: durante el XVII, México fue la tercera cuna del neoplatonismo, después de Alejandría y Florencia. 

Digamos, era yo feliz, como había leído que los filósofos debían ser felices. 

Pero como es natural, algunas veces la vida para equilibrar me hacía salir de mi cuasi constante éxtasis. Ahora lo entiendo en el mismo marco de correspondencias que rigen matemática y sublimemente todo. Así, necesité una obra que no pude conseguir en las bibliotecas públicas ni en internet ni en ningún lado. No me quedó otra opción que intentar conseguirla en la calle Donceles, famosa por sus librerías de viejo. 

No sé cuánto tiempo llevaba de no hacer otro camino que no fueran los pocos kilómetros de la casa a la universidad; desacostumbrada al bullicio, me dio hasta zozobra la agitación del metro, también una sensación de ahogo por ir debajo de la tierra. Casi dos horas para llegar al pleno centro de la ciudad de México, no en balde la más grande del mundo.

Muy cerca de la semi hundida catedral se encuentran las casonas de Donceles: antiguas, fantásticas como Aura, con sus muros de tezontle, esa piedra volcánica que usaron los aztecas para sus templos y que parece sangre hecha costra de tiempo. Muchos de los viejos caserones son depósitos en caos, librerías de viejo donde se almacenan miles de obras que quizá nadie ha tocado en décadas. Cada establecimiento tiene su propio espíritu polvoso y su propio desorden. Y pues allí, como pude, preguntando, untándome los dedos de telarañas, traté de encontrar lo que buscaba… sin éxito. 

Habían pasado las horas sin darme cuenta, empezaba a sentir el malestar de no haber comido y la pesadez del esfuerzo intelectual e inútil. Medio mareada salí, primero de la última librería, y después de la enigmática calle Donceles. Caminé, atravesando la tarde que estaba milagrosamente limpia y abierta, con unas pequeñas nubes iluminadas en tonos rojizos. 

Mientras avanzaba, poco a poco percibí a lo lejos el sonido de unos tambores que seguí sin pensar. De repente, en un golpazo de luz, se abrió ante mí la poderosa plaza del Zócalo con toda su sangre humana hirviendo: semidesnudos los danzantes con penachos de pluma invocando a los antiguos dioses entre inciensos, caracolas y tambores. Indiferentes al ritual, a otro ritmo, que yo percibí como otra esfera del tiempo, se movían los vendedores merolicos, grupos de turistas, manifestantes protestando, niños que jugaban, fotógrafos de ocasión, los enamorados, limosneros, muchas mujeres, jóvenes con sus dientes blanquísimos. Tantas personas agitadas, dirigiéndose hacia todos los puntos cardinales. 

Pero al fondo, por una esquina de la plaza, se veía el Templo mayor azteca, inmóvil. En una visión me pareció ver los tezontles, como pezoncitos, que permanecían adosados a lo quedaba del templo. 

Me quedé en silencio, atardecía. 

El bullicio siguió a mi alrededor pero no dentro de mí. 

A la siguiente mañana volví a mi mundo en la universidad, donde pegada a la pared tengo una reproducción del microcosmos ―la divina forma humana― que encontré en una obra de Kircher. Viéndola, me vino la sensación del zócalo lleno de gente la tarde anterior; no sólo la plaza sino todo el trayecto, el gentío, la ciudad de México como la capital más poblada del planeta, toda esa masa de humanidad concentrada en un mismo punto. 

Contemplando el grabado me fijé en el corazón y, de repente, tuve la certeza de que la antigua Tenochtitlan fue, y sigue siendo hoy, el corazón de la Tierra. Lo supe en mi interior, como si mi pequeño corazón reconociera al otro, al del planeta. Tenochtitlany la ciudad de México es una víscera que jala, de alguna manera distribuye, la sangre del gran cuerpo terrestre. Esto, en un microcosmos ritual que no hemos entendido, era lo que representaba el sacrifico de los corazones humanos que ofrendaban los aztecas.

Hasta hoy se me quiebra la voz cuando tengo que hablar algo sobre la Conquista, esto no cambió mucho con mi experiencia de aquella tarde. Sin embargo, me ha quedado una especie de ventanita abierta al todo infinito de las esferas del tiempo, una especie de consuelo en el alma o quizá la secreta fe en el eterno retorno… 

Pegué una pequeña foto del Templo mayor sobre la divina forma humana que cuelga de mi pared, la coloqué exactamente encima del corazón. 

3 comentarios sobre “El corazón del templo

  1. En mi segundo viaje a México, de camino en el avión dije a mi chica que quería conocer Tenochtitlan. Me preguntó dónde estaba y le dije que ni putísima idea pero que daríamos con ello seguro, ya se encargaría el Universo. Obviamente así fue, fue un viejete allí mismo, leyendo un enorme texto de no sé qué fraile tallado en piedra en una pared, el que nos dijo que estábamos viendo Tenochtitlan. Nuestra sonrisa fue universal, como no podía ser de otra manera, y por supuesto entramos y paseamos. No se oyen los mismos sonidos del tiempo que cuando paseas por Pompeya, eso desde luego, demasiada muerte te rodea, en Pompeya se oye a los niños jugar. Curiosidades de viajero.

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  2. Me permito recomendarle humildemente a la autora que se vaya liberando de las monsergas y prejuicios sobre la Conquista, y de sus idealizaciones del Méjico precolombino; que ya no somos adolescentes… Puede hacerlo, por ejemplo, estudiando las obras de Iván Vélez, o de Elvira Roca, con aportaciones muy sólidas y clarificadoras a esos efectos. No solo de Platonismo vive el hombre.

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  3. Señora Zayas, ha visto vd. el film Apocalypto de Mel Gibson? Creo que se informó adecuadamente para escribir el guión de toda aquella terrorífica y pavorosa vida de Tenochtitlan. Mientras la leia, no se me ha ido de la cabeza los “corazones” sacrificados en los templos, Europa y Occidente ya estabamos en el S-XVI, España (la conquistadora) en pleno Siglo de oro de las artes y las letras. Lamento que se le quiebre la voz cuando tiene que hablar algo de la “Conquista” incluso que mantenga la fé en el retorno (?) en mi en cambio me llena de vanidad y orgullo cuanto leo de aquellos tiempos, de “Cuando los Dioses nacian en Extremadura”.(RGS).

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