Gerardo Diego y Soria

Por: Pelayo del Riego.

Venido a su recién ganada cátedra de Lengua y Literatura en el Instituto de la levítica y burocrática Soria, el 1 abril de 1920, con 24 años, el joven “ultraísta” tocaba el piano en la sala de su residencia, la “casa de las Isidras”, en El Collado 45, frente a la plaza de San Esteban, a un paso del Instituto. “Pálido y alfeñique, soñador y alegre”, según le retrata Gallego Morell, se fue a Gijón destinado a su instituto el 20 de mayo de 1922. Su vida en Soria transcurrió a lo largo y ancho de veintiséis meses, o dos años y dos meses.

Pronto encontró personajes de talla para sus aficiones culturales, literarias y dramáticas, como Blas Taracena, de 25 años; Bernabé Herrero, de 17; José Tudela, de 30; Gervasio Manrique, de 29 años; y el mayor, Mariano Íñiguez, de 52, que en 1923 sería elegido presidente del Colegio de Médicos de la provincia. Fue Gerardo el impulsor creacionista de la Generación del 27 y fiel intérprete de Debussy, el rey del impresionismo musical. Machado había dejado Soria en noviembre de 1912, con 37 años, tras la muerte de su esposa y se había incorporado al instituto de Baeza.

Este ambiente, que encuentra a su llegada, lo recoge su obra primeriza Galería de estampas y efusiones (Valladolid, 1923), que publicará más tarde como Soria, a secas (1948) añadiendo Nuevo cuaderno de Soria, Capital de provincia, Cancionerillo de Salduero, Tierras de Soria y El intruso.

Con Mariano Granados, en su arcaico Ford, fue a Silos, donde esculpió uno de los más brillantes sonetos de la lengua española, escritos en el siglo XX.

Enhiesto surtidor de sombra y sueño

que acongojas el cielo con tu lanza.

Chorro que a las estrellas casi alcanza,

devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño,

flecha de fe, saeta de esperanza.

Hoy llego a ti, riberas del Arlanza,

peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi señero, dulce, firme,

qué ansiedades sentí de diluirme

y ascender, como tú, vuelto en cristales,

como tú, negra torre de arduos filos,

ejemplo de delirios verticales,

mudo ciprés, en el fervor de Silos. 

Con ayuda de Antonia Izquierdo, hermana de Leonor, la esposa fallecida de Machado, emprendió las primeras Jornadas de Comedia en el Teatro Principal de Soria. He aquí el soneto dedicado a ella:

Qué carita redonda y ―ay― tan blanca.

Hermana de Leonor, Antonia Izquierdo

era toda donaire. Bien recuerdo

su luz, su ingenio, su alegría franca.

Decía el verso ―actriz en los ensayos―

como una flor, si es que una flor supiera

ser Serafina, Clara, si pudiera

beberle a Tirso ardores y desmayos.

Yo llevaba recados en mis viajes

de Antonia a Antonio. “¿Vuelves? Quiero verte”,

y regresaba rico de mensajes,

de cariños, de asombros, de preguntas.

Pocos años después volvió la muerte

a repetir la hazaña: las dos juntas.

Mi padre, César, era un alumno del mismo Instituto y de mi abuelo Pelayo Artigas Corominas, como dije, y cursaba, exactamente, a la arribada de Gerardo, cuarto curso de bachillerato, con catorce años.

Con motivo del centenario de Gerardo Diego en Soria.- Hete aquí la fotografía -del fotógrafo soriano Ballenilla- de 1921. Es en el Palacio de los condes de Gómara, en una galería, con motivo de la representación del “Vergonzoso en Palacio”, de Tirso de Molina. A la izquierda Gerardo vestido de época, con sombrero y capa. 

Pronto se incorporó con entusiasmo a las nuevas actividades que propiciaba este joven catedrático montañés y soñador, y sin ninguna dote para el drama ni la poesía, se estrenó con el personaje de Panduriño, en La casa de la Troya de Pérez Lugín, según relata en sus memorias y he leído en alguna crónica periodística elogiosa de la época y en El vergonzoso en palacio, de Tirso de Molina, de lo que hay una buena fotografía en una galería del palacio de los condes de Gómara. Mi padre lleva un casco y una cota de malla y Gerardo va de galán, con calzas, escarpines y sombrero de época muy aparente.

Mi padre tenía especial facilidad para las matemáticas, curiosidad insaciable por todo, don de palabra, de análisis y exposición, y una memoria privilegiada. Pronto simpatizaron de tal modo, que Gerardo pasaba temporadas veraniegas en Salduero, en el hermoso y risueño paraje pinariego, con un Duero recién nacido, casi vadeable. Allí, donde mi padre pasaba los veranos, con su madre y sus dos hermanos y una abuela que quedó allí enterrada en el año 30 o 31, ya que su tío, sacerdote y padre honorario, desde que lo perdió en La Coruña en el 13, estaba destinado como párroco. El Salduero de sus amores, en cuya pinariega iglesia se casaría con mi madre en el 35, era un reducto de veraneantes e indianos y junto con Vinuesa, la Corte de los pinares, con el inmediato Molinos, constituía un entramado de gentes muy atractivo y festivo en el fresco estío de la zona.

La amistad que les unió tan entrañable y extrañamente ―mi padre lo decía simbiosis― a un catedrático y a un estudiante jovenzano, para toda la vida, hacía que cuando aparecía por Soria durante muchos años, que lo hacía por amor a la ciudad, y sobre la que continuaba escribiendo, cada poco, se encontrasen y viniese a nuestra casa con su mujer francesa, Germaine Martin, con quien se casara en 1934, que se quejaba a mi madre, según relataba, de lo terrible que era cuando el poeta entraba en erupción, en trance de inspiración, vamos, que no había quien le aguantase.

Cada Navidad llegaba su felicitación cariñosa dirigida a nuestro padre. Conservo en mi biblioteca un ejemplar de La sorpresa, editado en el invierno del 43-44, por el CSIC, que dice: “A César del Riego, entrañablemente” y firma Gerardo Diego, con la fecha de 1945.

Un ejemplar de Soria sucedida, editado en 1980, regalo de mi hermano César en 1984, que recoge Soria (1922-1946), publicado en 1948, y Soria sucedida (1921-1976), que dedica a sus amigos de Soria y que comienza con el soneto a la Soria arbitraria suya.

A mi padre dedica, en ese libro, la Fabulilla del indiano de Salduero:

Era un indiano en Salduero.

Vino de la Nueva España,

aunque parezca patraña.

Y un su vecino, estudiante,

un ladino de Ateneo:

“Buenas tardes. ¿De paseo?

¿Muy lejos, don Doroteo?”

“No. Como todos los días.

Hasta el horizonte, Elías”.

Llegar hasta el horizonte:

tres kilómetros escasos,

y volver sobre sus pasos.

Ay, horizonte-aventura.

¿Llegar? Cuestión de querer.

Pero, ¿volver? Gran placer.

Dime tú, corazón mío,

¿por dónde cae tu horizonte?

“Casi le toco, ese monte.”

Tántalo de ruta y fruta.

Sí. Casi le tocas, pero…

No. Vámonos a Salduero.

Mi buen indiano admirable.

Mi maestro de sagesse.

Merecías ser francés.

El 20 de mayo de 1922 abandonó Soria ―un poema suyo describe su despedida emocionada desde el castillo en la madrugada― para irse a un nuevo destino, Gijón, y luego al instituto Santa Clara de Santander, ingresó en la Real Academia en 1948 y después de la guerra ejerció en el instituto Beatriz Galindo de Madrid, en el que se jubiló en 1966, pero siempre continuó evocando y cantando a Soria, y regresaba en temporadas veraniegas, como dije. Falleció el 8 de junio de 1987 en Madrid.

Amó a Soria y siempre le fue fiel. Su excelente antología poética Contemporáneos (1901-1934) se publicó en 1959. El libro Soria sucedida termina con un poema que titula El intruso, escrito en 1946 y que plantea su enamoramiento por la ciudad, que tanto le duró:

¿Por qué, dime, te obstinas

en cantar la ciudad que ya no es tuya?

Sube a cualquiera de sus dos colinas

―altos senos de amor―. Y en torno lanza

tu mirada amorosa.

Nada ves que no fluya

―declive lento, dulce lontananza―

camino eterno de la madre ociosa.

La que tanto en silencio acariciaste

variada corteza,

te permanece, hielo de belleza.

Mas las minas del agua que anhelaste,

que sediento bebiste,

son otras que, en perpetua, alada fuga,

sacian labios novicios de amor triste,

mojan y besan frentes sin arruga.

La ciudad que fue tuya

sabe vengarse del que la abandona.

Por eso, aunque su faz te restituya,

te niega el corazón y te traiciona.

…/…

En el año 70 o 71, tuve la fortuna y ocasión de asistir y oírle recitar, en el teatro Lara de Madrid, en el 15 de la Corredera Baja de San Pablo (Malasaña), en algo que se llamaba Alforjas para la Poesía, y nos convocaba los domingos por la mañana en aquella bombonera deliciosa. Acto que organizaba Conrado Blanco, poeta y empresario teatral.

El del centro arriba, de sombrero negro, sin duda es Mariano Granados. Félix, el del sombrero de cinta negra, a quién conocí, está sentado abajo en segundo lugar, de izquierda a derecha. 
La cuarta señorita desde la izquierda, de arriba, junto a Mariano Granados es Antonia Izquierdo la hermana de Leonor. No cabe duda de que lo pasaban muy bien.

Lo frecuentaban Jaime Delgado, Pureza Canelo y Manuel Alcántara ―con su cara de boxeador― entre tantos poetas, y escuché, sobrecogido y sorprendido de la forma, el éxtasis y el trance en que lo hacía Gerardo ―a pie enjuto y libro en mano―, un poema suyo, hermoso y transcendente, el largo poema Salmo de la Transfiguración, de más de cien versos, de un modo que no he podido olvidar en tantos años, casi cincuenta, transcurridos desde entonces. Impresionante el poeta que lo vivía con pasión, como se debe.

Transfigúrame.

Señor, transfigúrame.

Traspáseme tu rayo rosa y blanco.

Quiero ser tu vidriera,

tu alta vidriera azul, morada y amarilla

en tu más alta catedral.

…/…

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