Isidoro ya no cobra el alquiler: escenas matritenses

Por: Jesús Nieto Jurado.

El sótano mira a una librería, de las de la Transición. Por ahí se veía pasar a López Salinas en los mejores tiempos. Asomarse al ventanuco del sótano del confinamiento es aspirar toda una zoología de mensacas. A veces pasa Isidoro Santos Soto, jubilado y con una oreja mutilada, rentista y del Madrid, con un chucho deconstruido que no ladra en una socialdemocracia de ladridos. Isidoro va arriba y abajo; si de normal iba de chándal, con mucha prisa falsa, ahora se viste de domingo. Isidoro alquilaba habitaciones a estudiantes de Erasmus, que no les duraban más de un trimestre a razón de que Isidoro se volvía generoso con las mensualidades y muy amoroso cuando se le iba la mano con la cazalla. Desde que España entró en la curva, las habitaciones están vacías y en los lavaderos de los pisos interiores y a su nombre se iba criando una verdina que era todo desesperación.


Cuando a Isidoro le cerraron los bares sintió que se le iba toda una vida aguantando el mostrador la pena del semen retenido. A Isidoro, en días laborables, se le nota parco en el mostrador de Leoncio. Leoncio Pampliega Ferreras es indio e Isidoro vikingo, y en esa dialéctica pasaban las mañanas hasta que llegó el acabose. La oreja que le falta a Isidoro son los pisos que le sobran. Su herencia debe ser una cosa fetén, un enriquecimiento para unas generaciones que se le desconocen. Isidoro tiene vocación de mísero e infelice que trampea a Hacienda. Lo grita -lo pícaro y afortunado quebes- cuando le sube la bilirrubina en lo de Leoncio, camarero y empresario, natural de Ponferrada y odiador profesional de Castilla y los castellanos. Leoncio no es gallego, pero obra como si tal en la ciudad en la que nadie pregunta ya por la menudencias del DNI. Leoncio levanta metro y medio del suelo y cuando ganan el Atlético o el Depor suele hacer la garrapata en el suelo de los bares charcuteros que nos atienden a los profesionales de la hostelería: de este lado o del otro de la barra.


A Isidoro, con una oreja intermitente en las calles cachondas de Argüelles, no se le conoce compañía, aunque mira con picardía mutilada a las niñas que salen del Metro cuando va con el perro a solearse los humores de divorciado de largo aliento. La roñería del pollo es casi una virtud en nuestro Isidoro, venteado casi siempre por un sahumerio de colonia dura y sudor de hombre. A Isidoro no lo encontramos borracho, y eso que hemos perdido desde el confinamiento. 

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