¡No es la salud, ex-(túpidos)!

Por: Antonini de Jiménez.

La historia nos recuerda que la libertad es controvertida, y mucho más en tiempos convulsos. Su influencia es peligrosa cuando la sociedad se siente amenazada y hace cargar a sus portadores el estigma de la traición. Es natural declarar culpables a los que pasado el tiempo serán aclamados como sus liberadores. Simón Bolívar fue un traidor para España y liberador para Colombia. Sócrates padeció la conjura de un tribunal abyecto antes de eternizarse en Platón y Galileo tuvo que recular sus pretensiones de desplazar a Dios de los límites del universo. Asegurar la vida es incompatible con la libertad que sólo se conserva cuando se arriesga. 

La crisis del COVID-19 nos coloca ante circunstancias parecidas. El mundo gira sobresaltado por un Gran Hermano de la muerte (retransmitiendo cada defunción just in time). Pocos son los que nos atrevemos a contradecir el mantra del #yomequedoencasa y muchos menos los que se libran del rechazo social. Pero ¿quién es hoy ese virus que acorrala a la libertad? La ciencia impulsada por el pánico. Erróneamente utilizamos los avances en la medicina como si fueran un martillo con el que justificar las políticas de aislamiento. Sin embargo, a pesar de su precisión, éstos no están en condiciones de esclarecer dilemas importantes. Un médico fuma incluso cuando sabe que no debería hacerlo. Aceptamos el riesgo de utilizar el vehículo incluso cuando las estadísticas nos advierten que el tren es siempre más seguro, etcétera. La seguridad es un factor en nuestras decisiones; no el único, ni el principal. Por otro lado, los conocimientos médicos son utilizados a conveniencia por los agoreros de la pandemia. Se arrojan a aquéllos que cuestionamos el confinamiento (¡es pura especulación!), pero acto seguido se justifican desprovistos de cualquier criterio científico. Defienden el confinamiento a partir del principio a-científico de la contra-factualidad. Asegurar que cualquier alternativa al aislamiento sería más catastrófica para la vida es como convencer a América Latina que sin las políticas de ajuste estructural dictadas por el FMI estaría hoy gozando en el edén. Pura pantomima. No conocemos los efectos secundarios de esta medida radical y antidemocrática como para ponderar pronósticos. 

Las razones del miedo al COVID-19 hunden sus raíces en el estilo de vida tardo-capitalista. No es perder la vida lo que nos aterroriza (terror a un cataclismo) como el no tener nada que perder. Una vida acomodada despegada del trabajo auténtico y de la vocación deprecia el valor de la vida vivida y dispara la preocupación por la muerte. Las consecuencias de una existencia efímera donde el sentido se sustituye por las experiencias (viajes, consumo desaforado) nos predisponen a una aceleración del ritmo de la vida social y a una devaluación de nuestro tiempo. Lo que deja en evidencia el COVID-19 es lo muerta que está nuestra vida. La experiencia del aislamiento es un claro ejemplo. Nos sentimos desbordados por llenar cada minuto de nuestra reclusión con actividades (aprender un nuevo idioma, leer un libro, tocar un instrumento) con la misma facilidad con la que las desatendemos y reprogramamos. La obsesión por salir del confinamiento con nuevas habilidades responde a la dificultad para comprometernos plenamente con una sola de ellas, reforzando esa vaga sensación de haber perdido nuestro tiempo.

Pero hay mucho más. La suspensión de la democracia en favor de una aristocracia médica nos coloca ante una crisis de proporciones inauditas. No hablamos de una crisis económica ni tan siquiera sanitaria (como los medios se empeñan en convencernos), sino política. Es la libertad humana lo que está verdaderamente en juego. El número de víctimas es lo suficientemente elevado como para sentirnos compungidos pero absolutamente insuficiente como para frenar la vida de cuajo (algo más de cien mil fallecidos en el momento de escribir este artículo). Una de las graves consecuencias del aislamiento social tiene que ver con la suspensión ética de la política. Nos sometemos a cualquier decisión por radical que ésta sea si es a condición de sentirnos falsamente protegidos. Se hace uso del estado de alarma para incorporar acríticamente ciertas ideas controvertidas con el fin de romper el orden social preexistente (renta mínima universal, uso generalizado de mascarillas, aislamiento preventivo). 

Y, sin embargo, ningún programa económico de inyección masiva de liquidez y deuda soberana podrá soportar este empeño suicida de la sociedad por encerrarse en sí misma. Ésta no es una crisis ni de oferta ni de demanda como se obstinan mis colegas economistas. La economía no está cerrada (agotada), sino paralizada (suspendida), lo que implica que ninguna medida económica (monetaria, fiscal o cambiara) aliviará la inminente depresión. De la misma manera que ningún efecto estimulante tendría que bajar los tipos de interés durante la siesta o subir el impuesto de la gasolina para los que van en bici al trabajo. Tampoco es cierto el falso dilema que nos obliga a elegir entre la vida y la economía; como si una y la otra fueran antagónicas. No han atendido que la economía es fuente de vida; y no sólo porque desde ella se favorecen nuestros arreglos con los demás, sino, y más importante aún, porque vivir es en última instancia decidir, y al hacerlo hacemos sin querer economía. Sólo hay una salida a todo este entuerto: desplazar a la figura médica de la órbita de las decisiones políticas (¡dedíquense a curar!) y terminar ¡YA! con la política de confinamiento general y obligatorio.

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