Quinta semana en los diarios de Ayanta

21 de Abril

Las palabras cambian según se alarga y recrudece el confinamiento. Palabras repetidas hasta la náusea.

Circunstancias difíciles, bulos, repuntes, fase de estabilización, inmunidad, datos, deuda, bono, desconfinamiento, déficit, desafío, desescalada, rebrote.

Palabras hueras, sin corazón. Frías. Muertas.

Palabras deshabitadas. 

Si yo fuera vieja me echaría a la calle para hacer algo impropio en una vieja. Algo que, a lo largo de mi larga vida, jamás pensé que acabaría haciendo. Por ejemplo: colarme en el parlamento vacío y enseñar las tetas online a toda España, al planeta entero. Algo por el estilo. Algo muy juvenil. Muy entusiasta. 

¿Que por qué?

Para despistar al cursi y al cura que nos gobiernan y a la pandilla de intrigantes que los acompañan desde la oposición: un pijo, una doña perfecta, un cowboy y un independentista paranoide.

Más que nunca se hace evidente la humillación, constante y consensuada, a la que están sometidos “nuestros mayores”, otra combinación de palabras estomagante. Lo más triste es que esto viene de lejos, aunque ahora los lobos nos hayamos disfrazado de corderos algodonados. 

Ahora somos buenos. Mira tú.  

Hemos olvidado que nuestra sociedad, es decir nosotros, ya habíamos abandonado a nuestros padres y abuelos en residencias para la “tercera edad”, otra palabreja,  antes de que se armara, o nos armaran, esta pandemia. Ya los teníamos encarcelados en sus domicilios, despojados de los afectos esenciales, tratados como niños y condenados a la soledad. 

Por tanto, me atrevo a afirmar sin datos estadísticos en la mano que, entre el mes de febrero en el que imperaba la calma chicha y el mes de marzo en el que se vino abajo el mundo, nada, absolutamente nada, ha cambiado en nuestra actitud. Somos los mismos que ayer. Los mismos que hoy discuten si los chiquillos pueden salir de casa. Los mismos que mañana dirimiremos si los viejos podrán salir de casa.

Perdón, una cosa sí ha cambiado: en “tiempos del coronavirus”, otra perla sintáctica, a los yayos les mandamos dibujitos, les obligamos a relacionarse con una pantalla, les aplaudimos a la salida del hospital. 

Yo, si fuera vieja, me quedaba con lo de siempre. A mí que no me aplaudan, llegado el caso agradeceré los cuidados de los médicos y enfermeros. Pero aplausos no, qué vergüenza. Las cosas claras, que una ya no está para idioteces.  

En el telediario entrevistan a una señora que vive en un geriátrico donde han muerto decenas de ancianos, víctimas de la falta de previsión de nuestro gobierno y de casi todos los gobiernos. Ella se ha salvado. Tiene 90 años. Una mata de pelo blanco, unos ojos claros, vivos. Inteligentes. El tono del joven periodista es el habitual, de una complacencia solidaria, empática, buenista, bobalicona. 

-¿Cómo se llama?- interroga a la mujer mirando a cámara, la mar de mono con sus guantes y su micro envuelto en plástico.

-Evidia- contesta ella observando al periodista, con sus manos sarmentosas posadas en el regazo y cierta coquetería.

Un nombre antiguo el suyo. De otra época. Evidia. El intrépido reportero elude repetirlo, no lo ha entendido, ya ni lo recuerda. Le pregunta cuál es el truco para superar el virus sin un test, sin medicinas ni respiradores, presa en una residencia. La vieja sonríe misteriosa. Ella y sólo ella ha encontrado el remedio a la pandemia. Y nos lo cuenta.

-Me lo como todo, con tal de vivir. 

22 de Abril

Tal día como hoy, hace veintiocho años, me invitaron a subir en un globo aerostático. Llegué a la explanada donde estaba previsto el despegue, o como quiera llamarse lo que hace este vehículo novelesco. Era en un lugar de la Mancha cuyo nombre me gustaría recordar, pero que he olvidado por completo.

Una vez allí me acoquiné, no me atreví a montarme en aquel endeble artilugio. Contemplé cómo alzaba el vuelo, cómo se dejaba mecer por el aire en un cielo despejado. Azul, azul. Saludé desde la tierra a los pasajeros suspendidos en la barquilla de mimbre por el universo. Y posé las manos en mi vientre. Estaba embarazada de nueve meses. 

Esa misma noche me puse de parto y, unas horas después, un glorioso 23 de abril del año 1992, nació Mariolino, el primero de mis vástagos. Vio la luz el día del libro, coincidencia que generó gran hilaridad en mi padre.

Mañana no podré celebrar tan señalada fecha ni con flores, ni con libros. Ni siquiera con mi hijo. Mario y yo estamos separados por una frontera que nunca antes había existido y que ahora se ha convertido en trinchera. En una guerra emocional que libro cada día en soledad. 

¿Cuándo lograré echarme en sus brazos? 

Los mentideros gubernamentales susurran que hasta marzo que viene no volverá a instaurarse el tráfico aéreo entre Italia y España. 

¿De verdad? ¿Y qué hago yo con mi amor? ¿Qué hago yo con esta nostalgia que devora mi pecho? ¿La mido con un test rápido? ¿Me aplico una vacuna para combatirla?

Pienso en Mario. La suya es una generación que ha vivido una crisis económica de envergadura y una pandemia desastrosa. Difícil en estas condiciones llevar a cabo un proyecto profesional, personal. 

Me viene a la memoria una anécdota. Hace unos años, cuando mi hijo todavía era un adolescente, acudió a un concierto que se celebraba en Malasaña, un barrio canalla de Madrid. El cantante, tan joven como él, gritó a su público: 

-¡Nos han robado la juventud!

Y Mario le contestó:

-¡Será a ti, gilipollas!

En su día me pareció una respuesta brillante al derrotismo institucionalizado. Al victimismo crónico del bienestar.

Hoy, ya no estoy tan segura.

Hoy, me gustaría subirme en el globo de antaño. 

Viajar. Volar. 

La única rosa que ha salido en el jardín de Ayanta por el Día del Libro.

Traspasar el tiempo, posarme en la caperuza nevada del monte en el que vive Mario, Mariolino, con una tarta de velas prendidas en mis manos. 

-Feliz cumpleaños, amor mío. Ya he llegado. Ya estoy aquí.

Y mirarle a los ojos.

Y troncharme de la risa.

Y esperar a que se cumplan sus deseos de un soplo.

Uno a uno. Año a año.

Y comérmelo todo, con tal de vivir para verlo.

23 de abril

No hay sólo malas noticias. De tanto en tanto aparecen algunas que, sin ser buenas, resultan cómicas. Esa es la razón por la que el telediario se ha convertido para mí en una cita ineludible. Tengo vicio. Me siento frente a la tele con la ilusión y esperanza de un hooligan ante su equipo en los mundiales de fútbol. Y el ansiado gol acaba por llegar.

Un periodista de contrastada seriedad, siempre trajeado de gris marengo, desvela una primicia. En China y en Estados Unidos han iniciado un estudio para demostrar una teoría que, de momento, carece de evidencia científica, es sólo fruto de la observación médica en los últimos meses. Parece ser que no más del 5% de los enfermos graves son fumadores, a pesar de que el virus ataque sin piedad a los pulmones. Los informes realizados les han llevado a sospechar que la nicotina en sangre protege del Covid19. En resumen, que fumar es bueno por primera vez en la historia de la medicina. 

¡Gol! 

Me enciendo un cigarro y paso al siguiente suceso. 

Han detectado cambios cromáticos en el tono de la piel de los pacientes que sobreviven en las unidades de cuidados intensivos debido a problemas hepáticos. Chinos que perdieron la conciencia siendo amarillos, despertaron siendo negros.

¡Gol! 

Ya, pero ¿también cambiaron sus ojos avellana por unos labios carnosos? ¿Y los blancos? ¿Nos despertamos verdes?

Menuda marcianada.

El cronista gris marengo suelta la bomba y nunca contesta a mis preguntas. La callada por respuesta. Igual que los políticos. Deben de pertenecer a la misma familia de tarados genéticos.

Al atardecer me ha llamado A. Hablamos de nuestras cosas, sentadas en el porche. Cada una en el suyo. De pronto interrumpe la conversación para decirme que acaba de pasar una niña en bici por su calle. Nos callamos. A. se echa a llorar desconsolada. La escucho sollozar al otro lado de la línea. Estoy a punto de colgar y correr a su casa con mi bolsa de basura.

Una bolsa de basura llena de amor. 

24 de Abril

Antes de que el hombre al que nunca hice ni caso apareciera en el angosto horizonte telefónico como una compañía durante el confinamiento, quedamos una noche.

Sucedió el verano pasado.

Después de nuestro encuentro fortuito en Barcelona, me invitó a cenar. Decliné la propuesta. No me apetecía. No quería líos. Pero al final, al cabo de una simpática insistencia por su parte, accedí. Pasó a recogerme y me llevó por una carretera oscura y serpenteante hasta un pueblo escondido de la sierra. 

Cenamos, conversamos durante horas. Al salir del restaurante, en lugar de besarnos, compartimos un porro. No estaba yo para besos. Ni él para rechazos. De su moratón sólo quedaba un leve rastro verdoso, enternecedor. Paseamos. Nos reímos. Y emprendimos el camino de vuelta en coche. 

Música dulce. Una noche templada, sin luna. Me sentía feliz por primera vez en muchos meses. Una mujer que comenzaba una nueva etapa. Soltera, con hijos mayores. Situada, de nuevo, en la casilla inicial de un tablero lleno de promesas por cumplir. Todo estaba bien. Olvida lo malo y quédate con lo bueno que es mucho, pensaba.

Andaba perdida en estas reflexiones cuando un automóvil enorme se cruzó en la estrecha vía y nos impidió el paso. Frenamos, deslumbrados por los faros.

-No hagas nada, no digas nada. Es mi ex- me rogó sin tiempo de mayores explicaciones.

Le obedecí. Qué otra cosa podía hacer. 

La ex bajó de su cuatro por cuatro, loca de rabia. Sólo recuerdo que tenía unas tetas muy grandes y unos pendientes de perlas, también muy grandes. Introdujo la cabeza por la ventanilla. Y comenzó a insultarle. Él no se inmutó, siguió mirando al frente, con cara de nada. Yo pensé que, esta vez ya sí, le sacaría un ojo. Pero, cuando estaba a punto de hacerlo, me vio a mí, que permanecía sentada al lado del conductor, como una estatua de sal en las tinieblas. 

Metió medio cuerpo dentro, tetas incluidas, y me dedicó todas las palabrotas que le vinieron a la mente. Permanecí callada, empeñada en escrutar el sombrío horizonte. Hasta que dijo lo que dijo.

-¡Zorra, vuelve con tu marido! 

Y entonces sí, entonces no lo pude evitar. No sé si fue por los efectos del cannabis, o porque pasaron delante de mí los dos últimos años de mi vida como una película mala, o qué sé yo, pero el caso es que no pude contener una carcajada honda, salvaje. Diabólica en aquel crepúsculo de principios de septiembre.

-¿Qué marido? Maridos, querrás decir, guapa- le contesté con lágrimas de risa en las mejillas.

Pudo sacarle un ojo a él y matarme a mí. Pero se contuvo. Lo que hizo fue sacar las llaves del contacto de nuestro coche y llevárselas. Se piró derrapando por dónde había venido. Sin un adiós. 

Nos quedamos mudos unos minutos. 

Después tuvimos que empujar el viejo Ford Fiesta tres kilómetros, hasta encontrar un arcén donde dejarlo arrumbado. Con la lengua fuera se me ocurrió plantear una duda lógica dada la circunstancia.

-¿Crees que puede volver?

-No lo descarto. 

Por suerte no volvió. Y la romántica velada acabó de la peor manera: el hombre que siempre me gustó, dejó de gustarme. Volví a no hacerle ni caso. 

Me envió mensajes durante meses.

Nunca contesté.

Hasta la pandemia. 

25 de Abril

Anoche me telefoneó Luis, el padre de mi hija. Y dijo otra de las frases que no soporto escuchar.

-Ya nada volverá a ser normal.

-¿Y eso por qué? No es la primera pandemia que sucede en el mundo, me parece.

-¿A ti te parece normal que Caterina lleve un mes y medio encerrada en Trijueque y que no la podamos ver?

-No, no me parece normal, pero volverá. 

Fue imposible retomar la conversación, conducirla hacia los derroteros cariñosos por los que solemos navegar. Colgué enfadada, irritada. Y lo sentí mucho, porque agradezco sus llamadas, su presencia en mi vida. 

Hoy me ha enviado un vídeo en el que descolgaba un hatillo de manzanas atado a una cuerda, desde su balcón hasta el balcón del edificio de enfrente. La complicada operación llegó a buen término, con gran alborozo del vecindario.

Me ha arrancado una sonrisa. Triste. 

Siempre he valorado mucho el sentido del humor de Luis. Y lo malo es que quizás tenga razón, en cierto sentido su pequeña película es la viva imagen de lo que los charlatanes que nos rodean llaman una “nueva normalidad”. 

Aún así me resulta inaceptable. Que se la coman con patatas. O con reinetas. Yo me quedo con la “vieja normalidad”, infinitamente más sensata y amable.

Lo peor de esta historia es el miedo. El miedo a enfermar, el miedo a salir, el miedo a vivir. El miedo a morir. Han dado en la diana, porque el miedo es la mayor fragilidad de occidente. El miedo es un sinónimo de alarma. Es un estado de alarma. Metafórico y real. 

¿En qué momento nos creímos eternos?

Sólo necesito besos, abrazos, palabras de aliento.

Con guantes, mascarillas y desinfectantes, nada merece la pena.

Nada. 

26 de Abril

Domingo. Último domingo de encierro. Lo ha dicho nuestro Presidente ayer, por sorpresa, como suele. A partir del próximo 2 de mayo podremos salir a la calle con las precauciones consabidas. La única manera que se me ocurre para celebrarlo es pasar la aspiradora. 

Ponernos guapas mi casa y yo. 

Repaso cada habitación, repaso cada esquina, repaso los cojines de los sofás, repaso los intersticios de los radiadores y hasta la felpa de mis pantuflas que han sido declaradas recientemente un bien nacional e imprescindible.

Lo aspiro todo.

Los malos rollos, el enfado, la incertidumbre, la rabia, la ansiedad, el cansancio, el insomnio, la pereza, los dolores, la tristeza. La soledad.

Respiro y aspiro. Anhelo, deseo, sueño, quiero, espero.

Pretendo.

Y en esas repaso también el sofá, lleno de pelos de gatos. Levanto los cojines y noto que traga algo sólido, algo que rueda por el tubo y cae en la bolsa.

¿Qué será, será?

Abro la tapa de la carcasa, rebusco, toso, estornudo, y noto una cosa dura. Pequeña. Rosa. Es el éxtasis. Lo limpio. El revólver pintado ha desaparecido y está mordisqueado. 

La gata Nina, ha sido la gata Nina. Lo sabía.

La mecedora en la que Ayanta suele escribir.

Me quedo sentada en el suelo, en medio de la polvareda, con la pastilla en la mano. Nina se restriega, quiere más. Le doy unos berberechos a cambio y guardo la píldora mágica en un cajón. Llama E. al timbre. Abro la puerta y le veo con un caniche marrón. Lleva un turbante en la cabeza.

-Quería saber cómo estabas.

-¿Desde cuándo tienes perro?

-No es mía, se llama Lucy y se la alquilo a la señora del número 10. Está agotada de tanto paseo a cinco euros la hora. Es la perra del barrio. ¿Te la dejo un rato?

Rehúso. Me despido. No aguanto un disparate más. 

Agarro el teléfono y envío el siguiente mensaje al grupo de gentes más cercanas:

Familiares, amigos, compañeros, amantes y vecinos: inicio una cura de detox telefónico para desescalar la vida online y alcanzar la tan esperada nueva normalidad. Un apagón emocional que no durará mucho, lo suficiente para que me recupere de la tendinitis en la mano derecha y el soplo al corazón que me ha ocasionado este yomequedoencasa. Volveré, os lo juro. Sólo os pido que no os apelotonéis frente a mi cancela para abrazarme. No me seáis insolidarios. Todo mi amor, que es mucho.

Si ha de ser silencio, sea.

Continuará…

3 comentarios sobre “Quinta semana en los diarios de Ayanta

  1. hola Ayanta, qué gratificante es leerte. Es como tomar un helado en la playa. Tu libro fue una introspeccion hacia las mujeres de mi propia familia. No dejes de escribir escribe, escribe….un abrazo

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  2. Qué bien escribes, Ayanta! Ha sido un placer leer tu diario del confinamiento. Me lo he topado por azar buscando noticias de tu padre en internet, al no ver su columna dominical en El Mundo. No te angusties. Siempre que llovió, escampó. Un fuerte abrazo. Soy el Suami…

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