De camino a Babadag: viajes por la periferia

Por: Francisco Crespo.

Andrzej Stasiuk es un escritor de extrarradios y arrabales, de carreteras secundarias y caminos. Observador costumbrista de la vieja Europa central y balcánica, sus novelas y ensayos muestran verdadero placer intelectual por recorrer y anotar las regiones olvidadas de una Europa diferente: la trastienda de lo que una vez estuvo detrás del Telón de Acero. No colecciona postales turísticas; registra modos y formas de vida condenados al olvido y, a la postre, a la desaparición. Hay otras españas vaciadas. 

Su libro De Camino a Babadag (Acantilado, 2008) es fruto de múltiples viajes, los últimos de ellos realizados sobre el cambio de siglo, siendo por ello un interesante registro de unos lugares y unas gentes en una época desdibujada para Centroeuropa. Pero conviene saber que los viajes de Stasiuk tienen una particularidad: las capitales aparecen para ser bordeadas, obviadas, y seguir al encuentro de lo genuino de esa geografía centroeuropea para él difusa, móvil en los siglos. Recorriendo en automóvil o en tren desde Polonia hasta Albania, desde Hungría hasta Ucrania, ilumina comarcas y pueblos, aldeas y partidas donde, como él mismo escribe, «el presente dura desde siempre». Regiones donde la globalización todavía no ha borrado usos y costumbres, pero acecha: mundos que se llevarán «su forma premeditada y deliberada a la tumba». Una gasolinera, una pequeña tienda o un granero junto al camino son motivo de reflexión y de encuentro con la vida, lo mismo en los Cárpatos eslovacos que en el delta del Danubio. Stasiuk busca lo constante en lo cotidiano, lo inalterable en el entorno y en las gentes de una región de Europa que se nos ocultó durante demasiado tiempo, dejando una suerte de agujero negro en la imaginación de los europeos occidentales. Esa Europa por la que él viaja, somnolienta aún tras la caída de los regímenes comunistas, todavía no se ha beneficiado del mercado común y la democracia. Miseria más que brillo. Dudas más que esperanza. Y aunque lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de llegar, ante todo está la supervivencia, lo cotidiano. Stasiuk sale al encuentro de cualquiera y concurre lo mismo con tenderos que con mafiosos, o con ociosos. Y a todos los observa con mirada limpia y comprensiva, llevando siempre unos billetes en el bolsillo para facilitar diligencias en pasos fronterizos o donde la vida lo requiera. Son decenas de anécdotas, fragmentos de conversaciones, situaciones y detalles, todos con la constante de lo común, incluso de lo vulgar: exactamente lo representativo de la vida. 

Los gitanos, omnipresentes en Europa, lo son también en estas páginas, pues para su autor conforman una comunidad especialmente atractiva a la que dedica atención. El gitano se muestra a ojos de Stasiuk como el pueblo jeroglífico, inexplicable pero fascinante: casi de otro mundo, es símbolo de la perdurabilidad y la seguridad más allá de estados, fronteras y siglos. Salen al paso en cada país visitado, igual que se suceden las reflexiones sobre lo experimentado o intuido. De entre ellas, y aunque contravenga de pleno las matemáticas, resulta atractiva, si no cautivadora, la que concibe el espacio como elemento intemporal. El espacio como lo inalterable en los sucesos y los días. Como continente inmutable de los acontecimientos igual hoy que mañana; un ente inasible que no informa de cambios: «Entonces, el espacio no es más que presente eterno», asegura. 

Pero por encima de todo está la geografía recorrida y su invisibilidad. Dice Stasiuk de los países pequeños que los ciudadanos de las formaciones y potencias hipertróficas deberían visitarlos para adquirir sensatez. Registro de nombres casi impronunciables, viajar con esta lectura es viajar de otra manera. Es circular por carreteras comarcales y atravesar suburbios industriales. Es tomar un desvencijado tren en Záhony, cruzar el puente fronterizo del río Tisza y apearse en Chop. Es, en definitiva, acercarse a lo que menos brilla de nuestra Europa, encontrando gentes y modos totalmente llanos y genuinos en rincones escritos ―si lo están― con minúscula letra en los mapas. Acaso aquella otra realidad más abundante que la de las grandes urbes y premeditadas atracciones turísticas.

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