El triunfo de la estupidez

Por: Natalio Grueso.

Me acojo a sagrado, el de este templo de la libertad de expresión que navega sin someterse a los vientos de lo políticamente correcto, para compartir con los lectores críticos e inteligentes que forman el pasaje de este barco unas reflexiones sobre la terrible realidad que nos atrapa.

Vivimos uno de los tiempos más oscuros de la historia reciente de la humanidad. Es más, me atrevería a decir que desde la época del Renacimiento, hace de esto ya medio milenio, la sociedad no había descendido a un nivel tan bajo de oscuridad como el actual. Obviamente una afirmación tan rotunda requiere una explicación. Es cierto que en estos años se ha producido un enorme progreso en numerosos campos. La medicina, la mecánica y la tecnología han conseguido llevarnos a cotas hasta hace poco impensables. También se ha avanzado de forma significativa en la igualdad social, dejando atrás en buena parte del planeta sistemas feudales que desde los tiempos medievales gobernaban las relaciones entre los seres humanos. Paso a paso hemos ido aboliendo la esclavitud, el derecho de pernada o el absolutismo. La democracia, la educación universal o el respeto a los derechos humanos, o más en concreto y en épocas más recientes los derechos de la mujer, se van imponiendo de forma constante e imparable en buena parte del orbe, al tiempo que aumenta de forma muy significativa tanto la esperanza como la calidad de vida. Se trata de avances innegables que sería mezquino ignorar y que contribuyen a crear un mundo mejor, amparado en el desarrollo permanente del conocimiento científico.

Sin embargo, al tiempo que se producían todos estos avances mencionados, hemos abandonado por completo el pensamiento crítico, el análisis sereno y la capacidad de discernimiento intelectual, algo que nunca antes había ocurrido. En estos albores del siglo XXI, y marcado por el diapasón constante de la insoportable globalización, el mundo entero se ha convertido en un territorio de ciudadanos que están siendo despojados capa a capa, como si de una cebolla se tratase, de forma escalonada pero imparable, de todos sus derechos, transformándose en borregos desorientados de un rebaño que necesita la vara de su pastor para sobrevivir. Y lo peor de todo es que este proceso lento pero inflexible se está realizando con la aquiescencia de los propios afectados, que buscan permanentemente en el Estado y en sus estructuras de mando una protección que es ficticia y por la que están dispuestos a sacrificar valores hasta ahora innegociables como la libertad o la independencia. Es lo que podríamos denominar “el síndrome Disney”, el drama de unas sociedades infantilizadas, pueriles, acríticas, que creen en un mundo de dibujos animados, de madrastras y príncipes azules, de ratones que hablan y elefantes orejudos que vuelan. Hoy las noticias viajan a velocidad sideral contaminándolo todo con mensajes falsos, mientras los políticos gobiernan obsesionados con la imagen y con aparentar que hacen cosas, en lugar de hacerlas. Antes, incluso en esos años en que los avances científicos no se aproximaban y ni tan siquiera intuyeran lo que en esos campos se ha ganado con posterioridad, la figura del pensador, del filósofo, del maestro, eran claves en cualquier sociedad, y sus textos, documentados, prolijos y contrastados, nos marcaban la senda a seguir en busca del progreso social. Eso que podríamos denominar “espíritu de la Ilustración” presidía el comportamiento de las élites ―palabra hoy proscrita― intelectuales de la sociedad. El estudio y la reflexión eran considerados revolucionarios, dicho en la acepción más pura del término, el de darle una vuelta de tuerca más a la evolución social.

Hoy, sin embargo, todo ese bagaje se desprecia, en el mejor de los casos se tolera, pero no se le presta atención alguna. Todo se articula mediante las mal llamadas “redes sociales”, como si los libros y las bibliotecas no fueran “redes” que nos salvan a toda la sociedad cuando saltamos del trapecio. Hoy se gobierna mediante tuits, como si en ciento cuarenta caracteres, apenas un puñadito de palabras mal expresadas, pudiera condensarse un pensamiento medianamente coherente y desarrollado. Además, por primera vez en muchos años, hemos dejado los asuntos públicos, el gobierno de todos, en manos de los más mediocres, aquéllos que en muchas ocasiones carecen de un bagaje cultural e intelectual solvente, y no tienen más mérito que el de ser dóciles perros fieles a la estructura que les protege, ya sea el partido o el sindicato, adorando al líder y ejerciendo de palmeros sin posibilidad alguna de estructurar un pensamiento propio o de aplicar el raciocinio a su desempeño como servidores públicos. Tal nivel de patetismo no se había producido desde los oscuros años de la Edad Media y las monarquía absolutas, pero incluso en esos tiempos se rodeaban de algún personaje con talento, validos y secretarios que volaban más alto que la media, y nunca faltaban voces discordantes fuera del sistema empeñadas en aplicar el método, la ciencia, el estudio y las humanidades como el motor vital de sus trayectorias, héroes que en ocasiones pagaron con su vida su osadía, pero gracias a los cuales el mundo ha seguido avanzando en la búsqueda del progreso.

Capítulo aparte merecería la implacable destrucción del ecosistema, enfebrecidos en un proceso autodestructivo basado en un consumismo descontrolado y exacerbado, fomentado por nosotros mismos, que tarde o temprano nos llevará indefectiblemente a la catástrofe. Poco se puede esperar de una sociedad obsesionada con el consumo, haciendo que todos los utensilios tengan un escaso plazo de caducidad para poder seguir fabricando más y más y mantener así una espiral demoledora que sólo conduce a la humanidad a la alienación y al despeñadero de la Historia. El turismo de masas ha terminado de darle la puntilla al morlaco de la vida que, bravo y noble, implica riesgo, lucha, pelea, pero también arte y belleza.

Todo ello se ha puesto de manifiesto con una virulencia extraordinaria en estos tiempos de pandemia que han contagiado a la humanidad de una histeria nunca antes vista, pero que en España ha alcanzado ya cotas insoportables. De un plumazo se han anulado todas nuestras libertades, utilizando como miserable excusa “la protección de nuestras vidas”, tratando a los ciudadanos como si fueran retrasados mentales o suicidas en potencia. A estas alturas del partido uno ya no es tan estúpido como para pensar que todo se debe a la preocupación de los gobernantes por su pueblo, que, en un exceso de celo cargado de buenos sentimientos, se comportan así por nuestro bien. No. En el fondo lo que han descubierto es la coartada perfecta para someter al libre pensador, al discrepante, para controlar todos y cada uno de nuestros movimientos, para cercenarnos todos nuestros derechos fundamentales, para tenernos sometidos y a las órdenes de esta pandilla de bolcheviques totalitarios. Los ejemplos son tan numerosos que el lector ya los conoce de sobra. Ahorraré, pues, el trámite de repetir lo ya sabido. Simplemente lo ilustraré con un ejemplo: ayer, con absoluta perplejidad, vi en televisión a un ministro hacer unas declaraciones que no se hubiera atrevido a hacer ni el más abyecto de los criminales dictadores de la historia de la humanidad. Al explicar las “fases de desescalada” que nos conducirán a “todos y a todas” a la “nueva normalidad” (cuando se viola el idioma de este modo tan grosero el resultado siempre es el parto de un monstruo ignorante e imbécil), este peligrosísimo maestro del totalitarismo dijo literalmente lo siguiente: “de momento quedan prohibidos los abrazos entre los abuelos y sus nietos” (sic). Ni Hitler, ni Stalin, ni Pol Pot se atrevieron jamás a llegar tan lejos.

5 comentarios sobre “El triunfo de la estupidez

    1. Me duele mucho esta realidad, mientras pienso que los ignorantes siguen siendo felices, una bendición decía Van Doren, nosotros abocados a una injusta realidad por el celo de los gobernantes a mantener a la masa en su bendito estado. Lamento que no haya un solo camino de vuelta al pasado..
      Excelente articulo.
      Gracias.

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    2. estoy totalmente de acuerdo con Usted. Lo mas importante sería ¿ Como llegar a las personas para que vean la realidad y mediten por sí solas?

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  1. Estimado Natalio: gracias por esta pequeña obra maestra que refleja nuestro lamentable y bochornoso mundo actual. Me emociono sabiendo que todavía quedan librepensadores, gente como tú que es capaz de señalar que “el emperador está desnudo”. Brutal tu último párrafo. Cierto: ni Hitler, ni Stalin, ni Pol Pot se hubieran atrevido jamás a llegar tan lejos… lo preocupante es que si se han atrevido es porque pueden (no veo a nadie manifestándose por las atrocidades contra nuestros más básico derechos y libertades como seres humanos… como morir acompañado de un familiar al lado; libertad de movimientos, etc., etc..). Que no se nos olvide JAMÁS lo que nos están haciendo a todos “por nuestro bien”.

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