La dehesa iluminada

Por: Alberto Monterroso.

La dehesa iluminada, de Alejandro López Andrada (Berenice), la he visto y la he leído. En Villanueva del Duque, al suroeste, no muy lejos de un poblado minero abandonado, se alzan las encinas espaciadas, traspasadas por un sol cegador, que no parece real sino luz mágica que acaricia las heridas del alma. Así lo muestra Alejandro López Andrada, que hace treinta años escribió esta portentosa novela pionera de la literatura que hoy se mueve en torno a la España vacía y que se adorna con elementos que hacen única su prosa. Ya el inicio recuerda a grandes clásicos como Cien años de soledad, no en el realismo sino en el ruralismo mágico:

Posado sobre la rama de un espino, a unos pasos del caserón derruido que hace unas décadas fue concurrida taberna de mineros, he observado esta tarde, mientras paseaba, un alcaudón real. El pajarillo alzó el vuelo apenas me vio asomar entre los escombros florecidos de la casa. Después, acercándome al esquelético arbusto, tropecé con el cuerpo desventrado y violeta de una pequeña lagartija que, unos segundos antes, anduvo devorando el arisco alcaudón.

Instantáneamente, nada más contemplar la cruda escena, me acudió a la memoria la imagen desvaída de tía Eloísa. Ella siempre decía —yo era entonces muy niño— que detenerse a contemplar un alcaudón desgarrando su presa, ensartada en un espino, preludiaba alguna desgracia familiar” (pág. 15).

Luis, periodista que vivía en Madrid, vuelve al pueblo donde nació para asistir al entierro de su padre. Un accidente en que su amada queda en coma lo retiene en ese espacio rural y lo va atando poco a poco a ese mundo que abandonó de niño. La vuelta a la infancia, el dolor por la muerte del padre, la incertidumbre y el miedo a perder a la mujer que ama irán transformando al personaje en un hombre más reflexivo y sensible, que nos mostrará, con el filtro de sus ojos y su piel, las imágenes del campo abandonado, los olores perdidos, las sinestesias y la magia del paisaje que lo envuelve. 

En este libro están en germen las obsesiones y el universo literario de un poeta que ha sido galardonado con el más variado elenco de prestigiosos premios en poesía y novela en estos últimos treinta años. Aparecen todas las claves que mueven su mundo interior en un estilo que ya apunta una mezcla original y gozosa de las mejores muestras de nuestra literatura: si en ocasiones el tono nostálgico y obsesivo parece recordarnos a La familia de Pascual Duarte, inmediatamente el mastín Bolillo nos inunda de ternura como el Platero juanrramoniano; si la magia del paisaje y su misterio, si las profecías y supersticiones del ruralismo profundo nos dejan el alma en vilo, como el campo en las noches oscuras en que azota el viento, inmediatamente aquella zozobra encuentra consuelo en una espiritualidad que recuerda a San Juan de la Cruz; si el paisaje se funde con el alma del narrador en el desasosiego, como un empecinado romántico, enseguida el lirismo de Juan Ramón Jiménez aflora victorioso “el crepúsculo alzó su corazón de frambuesa sobre los cerros granates (pág. 44); cuando aparecen en las páginas de La dehesa iluminada el mejor Delibes, inmediatamente la honda espiritualidad y el panteísmo más profundo tiñen las líneas del más genuino ruralismo mágico: “En estos instantes apacibles, toco el tiempo, la magia del campo, el corazón de Dios” (pág. 97).

La imagen del alcaudón real ensartando su presa en un espino dispara el presagio y lo envuelve todo en una atmósfera sobrenatural en que destaca aún más el poder transformador de una naturaleza abandonada que se alza como un dios clemente para arrojar luz y esperanza única de consuelo sobre la magia de una dehesa iluminada. Los personajes son verdaderamente humanos y entrañables, viven en soledad y pobreza, en un mundo rural abandonado, donde la vejez los vuelve más frágiles: “la madre de Abundio me produce una lástima infinita” (pág. 51). La muerte de sus seres queridos es también la muerte de la mina, del campo y de la infancia; pero la soledad, la enfermedad y la tristeza oscura se disiparán, como la niebla, ante la luz cegadora del amor, que es al final el protagonista indiscutible de esta magnífica novela.

Creo que jamás tecnología puntera ni inteligencia artificial alguna podrá inventar unas gafas con que ver y sentir la dehesa con los ojos del poeta; solo la lectura de este libro, sus imágenes y su deslumbrante humanidad nos podrá aportar la mirada mágica y única de quien nos la traduce. Al igual que al famoso poeta debémosle cuanto ha escrito, a Alejandro López Andrada le debemos la posibilidad de observar la España vaciada con los ojos privilegiados de uno de sus hijos, poeta, testigo único de aquel mundo perdido y mágico.

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