Miradas de mujer

Por: Alfredo Arias.

A los que necesitamos la mirada de la mujer para el saludable ejercicio de seguir vivos, como si fuéramos plantas o plantados en permanente fotosíntesis, nada nos es más grato que recordar sus brillos cuando arrecia lo monótono. Así que acompáñenme, sufrida tropa, a esta estación de veneración y complacencia, y revisemos unos cuantos arquetipos de acetato, ondas y celuloide, a falta de destacar casos particulares y anónimos, a veces más interesantes pero también menos comunes.

¿Por qué volver a orientarse hacia lo platónico, el amor cortés, los fugitivos espíritus, Cavalcanti, Bécquer…? (dicho, en especial, para los singles). Primero, porque estamos confinados, y segundo porque ya hemos gastado demasiados años aislándonos de la vulnerabilidad y confundiendo esta capacidad de ser sensibles con supuestas faltas ortográficas de la madurez, como si más adulto fuese invertir en industria cárnica (y así pasa que comemos cualquier cosa) y lo ordinario ―y tanto―, el rancísimo desplante de estar de vuelta de todo, cuando no hemos llegado a ningún lado y es dudoso que vengamos de alguno. Hace más de siglo y medio, aún Baudelaire podía escribir que le entraban deseos de morir lentamente bajo una mirada femenina; pero hoy nos reiríamos en sus barbas pese al respeto a la auctoritas, y le regalaríamos una cosecha bien apretada de chistes (a fin de cuentas, no somos más que díscolos bisnietos); pero a mí no se me ocurre otra alternativa que envidiarlo, pues no imagino una delicuescencia mejor, aunque compadezco a las bellezas que asistieran a esos desagües.

En los siguientes encomios no canto a los ojos bonitos, que suman el mismo mérito que unos botones curiosos, sino al tallado de la mirada; no al registro genético sino al tono personal. Cuánta mirada se ha quedado a medio camino y unos ojos bellos se han cerrado en perezosos e insulsos. Son esos enigmáticos fanales del alma o, si queremos, su fuerte instinto lo que nos magnetiza, lo que al cruzar por los ojos, sus cauces y traductores naturales, nos acostumbra a una huella que resplandece como el oro en la arenilla. ¿No es cierto que el párpado es la zona más delicada del físico? Adivinen por qué. 

Ya lo he dicho: sobrevivo gracias a las miradas, como cualquier intoxicado. ¿Qué vamos a hacerle si poetas fundacionales como Homero y Hesíodo priorizaban en la diosa del amor, por encima de otros atributos, la viveza de sus ojos? Por lo tanto, nada de esto es nuevo (aunque sí joven). Lo bello siempre se ha enseñoreado de las miradas brillantes; siempre nos ha disparado desde allí. 

Empecemos, pues, con el canon, naturalmente para serrarle las patas. El dichoso árbitro siempre nos ha publicitado el cabello rubio y los ojos claros, ya sea por influencia nórdica o renacentista; pero cuántas veces agobia de fastidioso y repetitivo. Personalmente, he comprobado con más frecuencia alarmantes dosis de desidia y abandono en una mirada azul o verde que en una parda, probablemente porque los ojos cristalinos son más vulnerables a las radiaciones y al juicio de los demás, y así sucede que enseñan mucho antes el secreto; pero, a cambio, cuando la inteligencia y el dolor, que vienen a ser lo mismo, mezclan sus colores con los del iris pálido, la combinación es poderosa.

Fotograma de la película El asesinato de la hermana George (1968).

Recuerdo ―¿recuerdan?― la mirada de Susannah York en El asesinato de la hermana George (1968). Es cierto que la mejor interpretación de esta criatura de la RADA está clavada en una ducha de Danzad, danzad, malditos (1969), y la más simpática en Tom Jones (1963), pero en ninguna cinta aparece tan hermosamente perturbadora como en esta maldita de Robert Aldrich, donde el brujo volvió a recurrir a la retórica aguiñolada, de tan buenos frutos en ¿Qué fue de Baby Jane? Cincuenta años más tarde, como es lógico, ya no nos sorprende el bizarro lesbianismo que manifiesta el guion, pero sí las interpretaciones de Beryl Reid, Coral Browne y desde luego ella. Ahora bien, si este morfocinéfilo sigue frecuentando El asesinato…, no es por considerar tales obviedades, sino por perderse en los luceros de la joven que mortificó al mismo John Huston durante el rodaje de Freud, pasión secreta (1962). Aldrich nos la sirve en bandeja en primerísimos planos, y ya la disfrace con melena corta y ataviada de Campanilla, o a modo de bibelot de porcelana emulando a Stan Laurel, su rayo azul nos paraliza y nos hace soñar con que todo es mejor de lo que sabemos. Otra cosa es que se quiebre el hechizo cuando Miss Pale Blue Eyes (por citar a la contemporánea Velvet) improvisa una mórbida mueca y se torna extraña y desproporcionada, aunque lo recupera en cualquier otro momento, como cuando incómoda por el comentario de Beryl Reid (Sister George) acerca de sus pinitos poéticos, la mira ―nos mira― a contraluz como un ángel fugaz y violento, irreal y remoto, tal como lo debió advertir el voyeur de Acteón en los ojos de Diana desnuda, segundos antes de que lo castigara transformándolo en ciervo y dejando que se lo comieran sus perros con leales mordiscos.

A esta inefable categoría de miradas transparentes pertenece una tríada personal que identifico como la conexión celta. Cabello oscuro, tez clara y mirada de cristal son los atributos de estas gracias. La primera, Maureen O´Sullivan, irlandesa e hija de las brumas, fue durante mucho tiempo la mujer de Tarzán antes de ser la madre de Mia Farrow.

Maureen O’Sullivan (1941).

No brilló especialmente como actriz, pero sabía echarse de menos. Estuvo encantadora como la Jane de Tarzán y su compañera (1934) o como la esposa alocada de David Copperfield (1935); contemporizó con los Marx en Un día en las carreras (1937), con Lionel Barrymore en Muñecas infernales (1936) y con Charles Laughton en Las vírgenes de Wimpole Street (1934); nada le venía grande (ni ancho), todo además en un imponente blanco y negro, que siempre resulta la prueba del nueve de una mirada valiosa. Participó en Un yanqui en Oxford (1938) con una secundaria de ascendencia irlandesa y características similares, que bonitamente le sacaría tres o cuatro cabezas un año después con una película de Selznick. La secundaria era Vivien Leigh, y la causa Lo que el viento se llevó.

La luz cambiante y lunar, verde, azul o violeta de la Leigh supo adaptarse a diversos papeles de alta tensión dramática, al menos en tres desafíos, como el mentado epítome de todas las películas de amor y lujo que en el mundo han sido, junto a Un tranvía llamado deseo (1951) y La primavera romana de la señora Stone (1961). Regaló una mirada ambiciosa en la primera; neurótica en la segunda, y trascendida en la tercera. De elegir una, me quedo con la última, inerte en una tonalidad más allá del dolor, en ese punto de no retorno en la escala del abandono que era trasunto de la sensibilidad de la actriz. Esto, junto con el empeño de cuidar antes de sus tulipanes que de sí misma cuando le quedaban pocos meses, me la hace ejemplar. 

Para concluir la terna, varío de esencias celtas, de Irlanda a Escocia, y del arte dramático al lírico, por así decir. En España nunca gozó de mucho predicamento, iba de elegante y no enseñaba mucho ―eran los primeros ochenta, estilizados y cool― y eso se paga. Hablo de Sheena Easton, con cuyos ojos violáceos me he comprometido siempre a costa de no quedar bien en mis círculos inconformistas. Esta reina del pop-rock supera perfectamente el test del blanco y negro, de modo que, a resguardo de las trampas del color, los gajos de sus iris rezuman erotismo, ternura y electricidad sin opción a la defensa (Madonna la destronó sacando escote y corpiño, pero no para mí). Interpretó en Broadway a Dulcinea en El hombre de la Mancha, por si hacía falta mayor refuerzo, y se dejó ver en Corrupción en Miami y en los títulos de crédito de una de Bond (Sólo para sus ojos, 1981 [tan cierto…]); pero es prudente acercarse a sus vídeos para reparar en el conjuro, al margen, claro, de la poderosa versatilidad de su voz y de todo el bla bla bla que queramos. A mí personalmente me ganó de forma inesperada: cruzaba el salón hacia mi cuarto cuando la televisión emitía uno de sus primeros éxitos, Just Another Broken Heart. Concluía la animosa musiquilla del inicio, parecía salir de un cuadro y miraba fijamente al espectador, sin prisas, como pasándole el escáner. Me quedé tieso, no sé si con un vaso en la mano o algo parecido. Debí resultar gracioso.

Pura gata…, aunque miradas expresamente felinas han ocupado adecuadamente el celuloide en las dos versiones de Cat People (que aquí titulamos La mujer pantera y El beso de la pantera respectivamente, y no con el literal y doméstico Gente gatuna). En la moderna (1981), dirigida por Paul Schrader, a Nastassja Kinski no le suponía ningún esfuerzo convencernos de que nos rondaba una pantera, más con la eclosión de su mirada perdida en un primerísimo plano, luminosa trampa devora-platónicos. En cuanto a la cinta clásica, realizada por el maestro Tourneur (1942), la gala Simone Simon insinuaba su metamorfosis mediante un mirar oscuro, sonriente y sutil (y eso que el blanco y negro velaba su amenaza verde). En cuanto a Michelle Pfeiffer y Halle Berry, asomando sobre el látex de Catwoman su mirada natural, sólo decir que aún me dura el arrebato.

En el grupo de miradas ora aviesas, ora dulces, que para todos gustos hay, traigo a la cuenta la de Jean Seberg, difícil de resistir en Al final de la escapada (1960) de Godard, y en Lilith (1964), ya casi imposible, de Robert Rossen (qué bien le caía el pelo largo, y qué bien le subía el cabello corto); y, por supuesto, la de Marlene Dietrich en El ángel azul (1930) y casi sólo ahí (después se enfrió bastante, con excepciones como El expreso de Shangai [1932]). 

En contraste, quiero llamar la atención sobre el magisterio de las miradas que miran hacia dentro, y cuál mejor que la de Susan Hayward, trágica sin competencia. Obsérvenla en cualquiera de sus películas, en especial en Mañana lloraré (1955). Si dieran un premio para transmitir la desolación, lo habría ganado ella de calle. En los noventa, David Bowie y Pet Shop Boys incluyeron algunos fotogramas suyos (Una mujer destruida, 1947) en el vídeo de Hallo Spaceboy, un subrayado del caos; y no ha envejecido, porque el desconsuelo es algo que no se deteriora.

Toca el turno de hablar del ojo pardo, que no está por fortuna en peligro de extinción. Este tono o su tendencia con sus filos entreverados, facilita miradas con carácter, de las que se clavan en el pecho y luego intoxican lentamente. Es el color del mito de Carmen y del infierno interior; lo transportan Piper Laurie en El buscavidas (1961), Stockard Channing ―parche incluido― en Smoke (1994), o Cristina Silva en Arderás conmigo (2001). De otra especie, la de ojos claros que por su potencia parecen oscuros, mucho sabemos los que fuimos acólitos de la serie Doctor en Alaska, afectados por el magnetismo de Janine Turner (sé que esto puede ser generacional), los mismos a los que nos hiere la tierna incandescencia de Audrey Hepburn. Es sabido que Sabrina no ponderaba sus ojos, bellos como diamantes, del mismo modo que la Leigh no se tenía por guapa; así es el sentido del humor de la belleza.

No hablo de las miradas de mujeres españolas (o latinoeuropeas del sur, como también Portugal e Italia) ni latinoamericanas (esa raza cósmica donde fusiones de lo indígena con lo oriental, lo africano y lo europeo pueden realmente hacer perder la cabeza) por la sencilla razón de que son las más hermosas del mundo y es innecesario argumentar, ni por supuesto hago acopio de las de otras tantas actrices que merecerían el puesto número uno al unísono. Pero si no me reprimo, estas expuestas parrafadas se desarrollarían hasta el infinito cuando menos, y el artículo no se titularía miradas sino miríadas de miradas. Sólo he hecho excepción con Cristina Silva porque la olvidaron.

De todas formas y al margen de donde sean, el flujo de sus cristalinos sigue entrando en ebullición desde el otro lado del cuché o de la pantalla (falsas defensas) y no nos caemos de espaldas porque seriamente no nos lo podemos permitir. Esos iris, donde se mueven lentamente los signos que nos dominan, y que somos incapaces de descifrar, asoman de manera imprevista como un regalo (algo despiadado, es cierto).

Reconozcámoslo. Ellas… permanecen; su poder transita los siglos. Ellas permanecen. Son más sabias que el mundo. Estaban antes. Nos sobrevivirán a todos y a las lentillas de color.

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