Sexta semana en los diarios de Ayanta

28 de Abril

Como era de esperar la alarma estatal se ha convertido en paranoia social. Una dolencia psicológica de muy mal pronóstico que ataca de forma “asimétrica”, aunque masiva, a la población. Dicen que la ansiedad de hoy será la depresión de mañana. Y contra ella no hay retrovirales ni mascarillas que valgan.

Recibo un correo de mi padre. Mi hermanito Akela, de ocho años, ha enfermado tras la primera salida del domingo y después de dos meses de confinamiento. Tiene fiebre y diarrea. Puede ser una forma infantil de coronavirus gravísima. Desconocida hasta el momento, me escribe. 

Interrumpo mi aislamiento telefónico. Le llamo. Está indignado, considera una temeridad que los niños vuelvan a la calle. Le han llevado a urgencias. Hay que esperar. 

Esperamos.

Al cabo de un rato me comunica que el pediatra ha dicho que tiene una gastroenteritis debida probablemente al bajón inmunológico ocasionado por el encierro. No le hacen ninguna prueba y le dan a la madre de la criatura un informe que prescribe aislamiento por posible caso de Covid19 sin diagnosticar. 

Y así, de cuarentena en cuarentena, al niño le saldrá bigote.  

Lo curioso es que en el telediario, el periodista trajeado de gris marengo, célebre por su seriedad, acaba de dar la noticia avalada por el ministro de sanidad, célebre por su ambigüedad, de que en España se le están practicando test de forma sistemática a todos los menores que presenten dicha sintomatología. 

A todos menos a mi hermano, por lo que se ve. 

Más mentiras.

Más preguntas.

¿Moriremos por patinar al aire libre? ¿Por acariciar a un perro? ¿Por comernos una piruleta sin guantes?   

Indefensión ante esta “nueva normalidad” en la que la superstición campa a sus anchas. Aún así el diagnóstico de mi hermano es un alivio, porque una ya no piensa como antes. A una la han convencido de que los médicos online, los médicos a dos metros, los médicos sin medios, son los dioses modernos de la era post-corona que se nos viene encima. 

Adivinos a los que venerar y obedecer. 

Tienen caperuza y bola de cristal. 

Están hechos de polvo de estrellas. 

Cuelgo. Vuelvo a apagar el teléfono. Vuelven a cantar los pájaros.

Una de las cosas que más me ha sorprendido de esta etapa es la docilidad de mis amigos. No ha habido escapadas nocturnas, apariciones inesperadas, reuniones secretas, risas ahogadas, abrazos prohibidos. 

No hemos aprovechado para vivir al margen de la ley, cuando la ley es un sinsentido, ni siquiera dos horas en dos meses. 

Qué aguante, qué tesón, qué paciencia.  

Qué coñazo. 

Y qué buena gente. 

29 de Abril

Tengo la sensación de que me han subido a una noria de la que es imposible bajar. Desde hace un tiempo, que se me antoja ya infinito, ando suspendida por los aires en un cestillo, al borde del abismo. Lo veo todo desde las alturas. Un paisaje verde, florido, inasible. Lejano.

Durante este vuelo obligatorio en redondo, encaramada a una atracción de feria que viaja por el limbo, lo único que se me permite es hablar por teléfono. Aquí arriba la cobertura es inmejorable, hay que reconocerlo. Abarca el mundo entero. Lo único molesto es la brisa que, en ocasiones, se convierte en viento. En vendaval. 

En huracán. 

Test no habrá, pero de gigas andamos sobrados.

Contacto con mi familia italiana y me entero de que mi tía B, una madre para mí, no se encuentra bien desde hace demasiados días. Temperatura, malestar, desgana. Tiene 84 años. Vive en Roma. Le hacen unos análisis de sangre que arrojan unos resultados desastrosos. Tan sólo tres meses atrás la habrían ingresado de inmediato. Sin embargo ahora su médico-adivino de cabecera le receta por WhatsApp aspirinas y reposo. La prueba no se la han hecho, total para qué malgastarla en una anciana. 

Una de dos: o son más rácanos que el tío Gilito o los famosos test en realidad no existen. Nunca existieron.

¿Serán sólo bastoncillos para las orejas? 

B. no se queja, acepta de buen grado la prescripción, se fía de su doctor. No escucha mis dudas, no acepta mis consejos, ni siquiera mi ayuda económica para acudir a una clínica privada y hacerse, qué menos, una radiografía de tórax.

Impotencia.

Vértigo.

Y la noria da una vuelta más, se para en el punto más alto con un chirrido metálico y un bamboleo que me retuercen las tripas. No me atrevo a mirar hacia abajo. Agarro la barandilla de mi góndola, respiro, abro los ojos, y descubro aterrada el panorama. 

Políticos, periodistas, enfermeros, peluqueros, comerciantes. Niños, jóvenes, viejos. Gentes. Y yo misma. Al fondo. Pequeños insectos sobre el verde tapete que hormigueamos de un lado para otro, chillándole a un móvil. Locos, perdidos. Sin rumbo. 

Una lágrima resbala por mi mejilla. Cae por el éter. Se evapora antes de tocar tierra.

Saludo. Nadie me ve. 

Grito. Nadie me oye. 

Lloro. Nadie me consuela. 

Socorro. ¿Hay alguien ahí? 

30 de Abril 

Siento un deseo imperioso de adelantar esta película.

Por agobiante. Por aburrida. 

Pulso el mando y contemplo cómo avanzan las imágenes. 

Mis pasos en la noche de camino a la radio, la redacción desierta, el micrófono envuelto en papel film, los guantes de goma que intentan pasar la página del guión, las llamadas de los oyentes. Mis pasos en la noche de vuelta, el semáforo en rojo que ya no importa, las conversaciones a las tres de la mañana con el hombre que siempre…, los gatos enroscados sobre el edredón y yo enroscada en los gatos a la espera del sueño, los despertares lluviosos, los desayunos solitarios, las flores de mi patio, el teléfono, el ordenador, el telediario, los breves paseos con la basura. Y de nuevo mis pasos, callados en la noche. 

Días idénticos. Días insulsos.

Fotogramas que transcurren rápidos pero que vivo en ralentí. 

Mantengo pulsado el mando a distancia. 

Aparece mi futuro.

Stop. Play. 

Vuelve a ser primavera. Una primavera como las de antes. Como las de siempre. El hombre que siempre me gustó toma un avión. Espera una maleta que no llega nunca. Sube a un autobús amarillo atestado de gente. Tarda en llegar más de lo previsto por el tráfico. Se pierde. Me llama. Salgo a su encuentro. Le descubro al otro lado de la calle. El disco ámbar me impide cruzar. Nos miramos a la espera del verde. Viene hacia mí. Me abraza en la acera, a la salida de un colegio. Niños de cartera y merienda que huelen a lápiz nos envuelven. Mi mejilla en su pecho. Sus manos en mi pelo. Nos besamos por primera vez, un beso que no termina ni al cerrar la verja de la escuela.Vamos a mi casa sin saber de qué hablar. Entramos y subo las escaleras corriendo, me tiro en la cama, huyen los gatos. Le escucho. Sube despacio, un crujido a cada paso. 

Entra en la habitación con la misma sonrisa que he imaginado sin verla miles de veces, millones de veces, a lo largo de estos meses. De este año. 

Saltamontes en el plexo solar. 

Ven, ven, le digo.

Se sienta en el borde del colchón, se quita los zapatos. 

Gira el rostro hacia mí.

Aprieto el botón de pausa. Congelo la imagen.

Lo único que permanece intacto es la fantasía. 

1 de mayo

Las “medidas de alivio social” que desgrana el ministro de sanidad en la rueda de prensa de ayer parecen redactadas por un guionista americano de alta comedia.

Nos las explica con su habitual paternalismo, pero olvida avisarnos de que tomemos apuntes para no meter la gamba mañana, cuando inauguremos la tan esperada “Fase 0”. Adolece el hombre de unas parafilias comunes entre la clase política: le apasiona ser el centro de atención, generar el desconcierto absoluto a su alrededor y postergar el abordaje de cuestiones fundamentales, creo yo, ante la amenaza pandémica.

Por ejemplo: 

¿Cuáles serán las “medidas de alivio sexual”?

No sabe, no contesta.

De follar, ni hablamos.

Redacto una guía personal para abordar la “Fase 0”.  

-1. De 6.00 a 10.00 y de 20.00 a 23.00 todos a hacer gimnasia para recuperar la línea perdida durante el encarcelamiento. En dicha franja horaria sólo se podrá correr y brincar. También montar a caballo. 

En ningún caso caminar.

-2. De 10.00 a 12.00 y de 19.00 a 20.00 se permite salir de paseo a los mayores de 70 años. A éstos les recomiendan evitar la práctica de la hípica y el salto en largo. 

No vaya a ser que los de traumatología también sufran un colapso.

-3. De 12.00 a 19.00 será la vez de los menores. Pelota en solitario, patinete y bici. Prohibido el pilla-pilla y los mordiscos y los lametones y los picos en la boca. Tampoco se pueden intercambiar caramelos chupados. Ni mocos. 

Cabe subrayar que es un horario ideal para la conciliación familiar.

-4. De 10.00 a 21.00 es lícito salir en busca de alimentos. A cualquier edad y como sea. A pie, en silla de ruedas, en monociclo o subido a lomos de las manadas de jabalíes y pavos reales que pueblan nuestras calles y aceras. 

De momento, y a la espera de nuevo aviso, se mantiene la trasnochada convicción de que cuando uno tiene hambre, come. 

En cuanto al famoso tema de los viajes internacionales que me tiene obsesionada, el ministro del interior opina que se podrán realizar “más antes que después”. 

Yo ya con eso me quedo mucho más tranquila. Dónde va a parar. Me siento muy aliviada por las medidas de alivio. Más antes que después. Nunca olvidaré esta gran frase.  

En señal de gratitud convoco a las miles de familias y a los miles de amantes que están separados, desterrados, alejados, exiliados, desgajados, deshechos y jodidos por una frontera, a aplaudir a las 5.45 de la mañana. Único horario de actividades lúdicas que queda. 

No se quejen, ya saben que a quien madruga…

El pico entre las nubes que ve Mario.

Mi hijo Mario me envía este mensaje desde el pico de su montaña: 

Si logro volver a España en avión, bien. Y si no, ya he mirado el recorrido a pie, atravesando los Alpes. Tardaría más o menos un mes. Tampoco tanto. Sería una aventura increíble y tú podrías esperarme en Barcelona. Casi, casi, me apetece.

A mí, casi, casi, no me apetece. Pero quizá, “más antes que después”, me llegue a apetecer. Quién sabe.

2 de Mayo

Pocos días antes de que comenzara el confinamiento, me ocurrió un fenómeno paranormal. Desperté una mañana con la peregrina idea de cambiar mi vida. Bajo el agua de la ducha decidí que la manera de inaugurar una nueva etapa era desprenderme de aquellos objetos que marcaban el devenir de mi laberíntico pasado sentimental. 

Sufro el complejo de Elizabeth Taylor, que se casó tropecientas veces y cada vez con peor fortuna. 

Así es que saqué las alhajas que guardaba en un joyero, metí en una bolsa de plástico el exiguo botín y me dirigí a una tienda de “compro oro”, dispuesta a venderlo todo. 

Al entrar noté un ambiente raro, vagamente ilegal. Un viejo mafioso sentado en una butaca y la hija del mafioso al otro lado del mostrador. Ambos con cara de pocos amigos. Desperdigué el alijo, lo pesaron y me dieron a cambio unos quinientos euros que guardé en mi cartera sin dar las gracias. 

Salí de allí, subí a un autobús, volví a casa. Y continué mi acción psicomágica tirando fotos, cartas, más recuerdos. Me sentí ligera. Joven. Poderosa. 

Luego escribí y escribí y escribí. 

A última hora de la tarde fui al supermercado a comprar vituallas. Mientras paseaba con el carrito entre torres de tetrabicks pensé en qué hacer con el inesperado parné. Comprarle un capricho a mi hija, invitar a cenar a mis amigas, viajar a Italia. Celebrar como fuera mi definitiva renuncia a los apegos materiales y espirituales que me habían acompañado.

Me puse a la cola, sonreí al dependiente, abrí la cremallera del monedero, pregunté cuánto le debía. Y me quedé atónita, con el corazón desbocado, cuando vi lo que vi. La cartera estaba vacía. Negra, limpia, hueca. Lo único que quedaba dentro eran mi carnet de identidad y la tarjeta de crédito. Intactos.  

Busqué el dinero sin ningún resultado. Bolsos, bolsillos, basura. Nada. Repasé mentalmente mis pasos y gestos a lo largo del día. Llamé a A., a mi padre, a Caterina. A quien quisiera escucharme. Era inexplicable. ¿Me lo habían robado? ¿Lo había perdido?   

Me maldije. 

Por la noche, en la vigilia que precede al sueño, de pronto me vino una imagen que contestó a mis preguntas. Yo en el autobús, rebuscaba calderilla en la cartera para abonar el trayecto. Saqué el fajo de billetes recién percibido a cambio de mis abalorios. Lo posé en un asiento vacío. Y me marché. Sin más. Porque no lo quería, porque no era mío, porque era de otros. Un acto fallido que olvidé de inmediato y que supuso un alivio inconsciente. Liberador.

Dios mío, qué loca estoy.

Cerré los ojos en la cama. Imaginé a un pasajero que descubre el fajo, que mira de una lado a otro, que esconde aquel regalo, que observa pasar los árboles y los coches por la ventanilla con una sonrisa. Incrédulo todavía, agradecido al destino y a su suerte. 

Una suerte que también es la mía.  

Todo encaja, siempre.

Igual que estos cincuenta días de silencio. 

Línea divisoria que separa el antes del después. 

El principio del fin, por fin.

Ahora sólo queda descubrir su significado. 

3 de Mayo

A la hora en la que nos sacan de paseo, la gente pasea.

Sin embargo, yo, duermo.

Y E. se sube al tejado. Al alba. Saluda el sol sentado en calzoncillos, con las piernas cruzadas sobre las tejas. La larga barba canosa bañada en el oro de las primeras luces del día. 

Desde la claraboya abierta de su buhardilla se expande una música sobrenatural. Violines lejanos que toman fuerza y acaban rompiendo en una melodía desgarradora, apasionada. Épica. Una voz poderosa brota en un aria que me arranca de las profundidades del sueño. 

Nessún dorma. 

Nadie duerma, advierte el tenor.

Me levanto de la cama desnuda. Empujo el tragaluz, y veo a E. frente a mí. Con los ojos cerrados, encaramado en el punto más alto del barrio, dirige una orquesta imaginaria. Y canta. En play back. 

¡Disípate, oh noche! 

¡Ocultaos, estrellas!

¡Al amanecer venceré!

¡Venceré! ¡Venceré!

Aplaudo. 

Esta vez sí. Con todas mis fuerzas. 

Continuará…

3 comentarios sobre “Sexta semana en los diarios de Ayanta

  1. Ayanta, no te haces idea de lo que está suponiendo para mí leer tu diario….solo te voy a decir que no me importaría seguir con el desconfinamiento paulatino un poquito más, un poquito más ….que vayas saliendo despacito , despacito,sin dejar de escribir a diario….por favor y gracias!!!

    Me gusta

Responder a Montaña Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: