Una vida para aprender

Por: Sergio Berrocal.

Soy periodista, es decir que me he pasado la vida contando cosas agradables y desagradables, y ahora, a mis ochenta años de edad, procuro seguir relatando mil cosas que se quedaron en el tintero que puedan interesar o simplemente distraer.

El cielo se nos acaba de caer encima con la pandemia del coronavirux y la gran cuestión es saber si a los viejos hay que curarlos si por desgracia la pescan o dejarlos morir. Yo pediría que respetasen mi derecho a la vida que tenemos todos porque quién sabe si a última hora no me dan el Nobel de Literatura, que siempre viste bien para un país. Imagínense la nota de prensa: “Falleció horas antes de que la Academia del Nobel…”.

No me hago demasiadas ilusiones, pero los hombres ilustres siempre tuvieron una cierta edad. Einstein, ese divertido científico, tenía 76 años cuando se le reconoció su genialidad. La penicilina la inventó un inglés llamado Fleming con 73 años de edad. Pasteur, sin el que no existiríamos porque inventó todas las vacunas, o casi, 72.

Todos tenemos derecho a vivir, incluso los viejos, y sobre todo los viejos porque en general sabemos muchas cosas de las que puede beneficiarse mucha gente. Cuando yo cuento una historia que está sacada de todos esos años de andar por el mundo, hay mucha gente que se lo pasa muy bien y que me aplaude. Otros me odian profundamente. Unos y otros lo dicen, se expresan, tienen algo que decir que le salga del cerebro y algunos hasta aprenden a leer. Los resucito.

Yo haría un trato. Diez años más para acabar de exprimir un montón de recuerdos que todavía no he sacado al ordenador y que siempre ayudan. Porque aprendemos a través de lo que los otros quieren enseñarnos. Y después de todo, el escritor es también un payaso que distrae o cabrea, pero que hace meditar, odiar o amar, enterarse de que existe otra vida que es la que han vivido otros. Creo que son suficientes razones para que me dejen un ratito más antes de enterrarme.

Durante toda mi vida he tenido la suerte de tropezarme con gente maravillosa. La mayoría de ellos eran viejos a los que no les importaba enseñarme a vivir, porque se aprende a moverse en estas aguas tan fangosas de la vida sobre todo con la experiencia de los demás. Les voy a decir algo que me apabulló. Conocí a un hombre, de cultura media, que no sabía nada de la vida, ni siquiera que las mujeres podían ser los seres más maravillosos del mundo. O por el contrario, los más detestables.

Como era un granuja listo aprendió mucho conmigo, me exprimió gratuitamente, porque le conté que cuando empecé en el periodismo, con 17 años, yo era una mula no domesticada que sólo sabía lo que me habían enseñado en el liceo. Y entonces me di cuenta de que para saber había que vivir mucho, pero como eso no siempre es posible, lo mejor era aprovechar la experiencia de los demás.

Cuando en Europa todavía se discutía si Mata Hari fue una vulgar bailarina de los mil velos o una espía que adoraba su oficio, yo supe la verdad, porque me la contaron. Entre paréntesis: la gente más sensible que he conocido han sido algunos falsificadores, que disfrutaban recreando la obra de un autor al que sólo admiraban.

El hombre que me demostró con pruebas escritas y verificables el “patriotismo” de Mata Hari fue un farmacéutico de Tánger, la bella ciudad internacional, que había sido su amante. El hombre ya estaba en esa edad que tengo yo hoy y su botica era una especie de ermita dedicada a santa Mata Hari. Tenía la edad en que se deja de mentir. Y papeles para confirmar.

Y así he conocido a mucha gente con la que valía la pena perder una parrafada, menos con los políticos, salvo rarísimas excepciones. Alguien que está convencido de que es Superman y de que el mundo debería dirigirse según sus caprichos es un tipo peligroso. Todos los que andan en política y alrededor de los políticos son seres minúsculos sin interés más que para abrirle la portezuela del coche blindado a su amo. Repugnantes larvas parecidas al Coronavirux.

Aunque reconozco que dentro de esa raza extraña he conocido a algunos ejemplares que valían la pena. Jacques Chirac me enseñó que las mujeres más bonitas son preferibles a las más estiradas y feúchas, aunque tuviesen seis másters de lo que fuere.

Supe observándole cuando era alcalde de París y cuando fue Presidente de la República, es decir, durante unos cuantos años, que el encanto bien entendido puede conquistar las conciencias más difíciles a condición de que se te vea una mijita de humanidad y de empatía. Llegó a ser tan popular que en algunos restaurantes de París donde te servían siempre la mesa con una botella de agua, el camarero te preguntaba si querías una marca como Vichy o si preferías agua Chirac, que no costaba nada porque corría por las tuberías de la alcaldía parisiense.

Se necesita tiempo. Al principio odié a Charles de Gaulle, que además de general de los que tiran p’alante fue probablemente el mejor Presidente que ha tenido Francia. Te embobaba con su verbo, porque escribía un francés tan depurado y profundo que en las Cancillerías del mundo entero se volvían locos para “traducirlo”, porque nunca había querido decir lo que estaba escrito en la transcripción. Era un mago del francés, que es sin duda la lengua más retorcida que pueda encontrarse.

Pero todas esas cosas se aprenden aprendiendo. Escuchando, interpretando. Tratando de entender, que no siempre es fácil y, sobre todo, y aquí está la regla más dificultosa, procurando codearse con gente que sepa lo que tú no aprenderías en toda una vida.

Por eso pido que me dejen unos añitos más. Prometo enseñar los secretos que aprendí escuchando cuando no debía, interpretando lo que no parecía tener explicación y sabiendo que amar es el principio de todo, lo que abre todas las puertas. Un hombre y una mujer sin ese poder de simpatía no saldrán nunca de su mediocridad original.

Amemos y aprenderemos.

2 comentarios sobre “Una vida para aprender

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