Viaje alrededor de mi celda

¿Y qué remedio si los padres escolapios del gobierno no me llevan de excursión? Ya me gustaría, ya, hablarles hoy de París, o del cañón del Colorado, o del Ngorongoro, o de Kampot, o de Shinjuku, o de Benarés, o de cualquier otro de los escenarios en los que ha transcurrido, a paso lento, mi dolce vita, pero el miedo a la libertad que anida en el corazón de los políticos pone plomo en mis alas y grilletes en mis tobillos. ¡Mueran las caenas, señor Sánchez! Su compinche ni siquiera merece el trato de señor. No lo es quien se viste como él. El Avisador Numantino, que antes oteaba el horizonte de la, según Manuel Machado, terrible estepa castellana desde los muros del baluarte arévaco que durante once años resistió el confinamiento que las legiones romanas le imponían, sólo puede ahora asomarse al balcón ‒y no, desde luego, para aplaudir‒ de la calle en la que vive y por la que, a diferencia de otras, nunca pasa nadie. Parece el bulevar del Crepúsculo del desierto de los Tártaros. Verdad es, como magro consuelo, que a las horas del día en que el sol calienta la fachada del edificio de enfrente suele exhibirse en uno de sus balcones, acaso espoleada por la necesidad de hacer acopio de vitamina D, una grácil señorita (quizá señora, pues a veces brujulea junto a ella un ebúrneo varón) ataviada con un bikini de ésos que levantan chispas en la playa de Ipanema, y yo, aunque no tengo prismáticos, me siento como James Stewart acodado en el alféizar de su ventana indiscreta y me entran unas ganas terriblemente incorrectas de violar los mandamientos del Santo Padre Gobierno para correr a los brazos de la Señorita Nouvelle Vague, que no caen lejos y que, de seguro, no me los cerraría, pero… ¡Detente, Abraham, me digo, no vaya a ser que cualquier vecino soplón y, sobre todo, envidioso, marque el número de la policía! Pocas bromas. El susodicho, según el Génesis, iba a la tierra de Moria con Isaac a cuestas. Aquí estamos ya en la de las Moiras, pero las miro de frente, desde lo alto de mi senectud, y sonrío, como según me contaba mi madre, ya lo hice al nacer, y no digamos luego. Sonrío, sí. Palabra. Debo de ser uno de los escasos reclusos a los que no desquicia ni entristece su situación. La Señorita Nouvelle Vague, por ejemplo, está cada día más triste, como se pone de manifiesto en sus, por otra parte, espléndidos editoriales. Dije el otro día en uno de mis tuits ‒deporte altamente adictivo al que me he aficionado desde que comenzó mi encierro‒ que los suspiros se escapan de su boca de presa. De presa, sí, sí, y tanto, que ahora no me adentellan con su no menos adictiva presión. Es errata intencionada. De fresa nunca los lleva. Los prefiere de carmín. Compruebo con inquietud, a estas alturas de mi columna, que a mí también, en contra de lo que pensaba, se me está yendo la pinza tras cincuenta y ocho días de involuntario voto de castidad. Fui uno de los primeros en encerrarme, pues había estado en la alegre jornada de Vistalegre e intercambié palabras y achuchones con sus protagonistas. Iba a hablar de las vueltas que doy alrededor de mi escondrijo monástico día tras día y he acabado dándolas alrededor de eso que Dante llamaba l’amor che il sol muove e l’altre stelle. ¿Es locura? Quizá lo sea. San Antonio Abad, que era ermitaño, veía mujeres desnudas en la soledad de su celda. Yo, ya ven, veo una que casi lo está en el balcón de enfrente y tengo que restregarme los ojos, porque a la que en realidad veo es a la Señorita Nouvelle Vague tan desvestida como la ragazza de Ipanema que tanta impresión causó a Vinicius de Moraes. Y vuelvo a sonreír, porque recuerdo lo que esa huracanada deidad del trópico decía una y otra vez en el disco La vita, amico, e’ l’arte dell’incontro, junto a Ungaretti, Sergio Endrigo y Luis Bacalof. Póquer de ases. Yo estaba con ellos cuando, en Roma, hace medio siglo, lo grabaron. Búsquenlo. Todavía anda por ahí. El estribillo decía: perche’ oggi e’ domenica. Lo es siempre, domingo, también hoy, día 3 de mayo del Año de la Peste, y de la Madre, para quien sabe afrontar cualquier virus que le echen con la sonrisa puesta y una Señorita Nouvelle Vague que le tiende los brazos.

Un comentario en “Viaje alrededor de mi celda

  1. Muchas gracias de nuevo por sus artículos y su revista, don Fernando. Siga así. Siga siendo libre y haciendo que disfrutemos de su libertad. Un saludos cordial.

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