Tchogha Zanbil: el último zigurat superviviente está en Irán

Por: Javier Redondo Jordán.

Yo, Untash Napirisha, he construido un templo escalonado de ladrillo de oro, de plata, de piedra de […], de ópalo negroy de piedra blanca de la región, y he dedicado este recinto sagrado a los dioses Inshushinak y Napirisha. Que la maldición de la tierra santa de Inshushinak, Napirisha y Kiririsha caiga sobre la persona que destruya, dañe o mueva sus ladrillos de oro, de plata, de piedra de […], de ópalo negro y de piedra blanca, y que sus descendientes se desvanezcan bajo el sol.
Rey Untash Napirisha de Elam, Inscripción del zigurat Tchogha Zanbil, s. XIII a.C.

En los márgenes de la carretera crecían campos de caña de azúcar sobre una gran llanura con cultivos por doquier. Un manto de exuberancia en mitad del pedregal que atravesaba el río Karún, cuyas aguas atribuyen algunos a las del río Guijón, uno de los cuatro ríos que bañaban el Paraíso Terrenal del Libro del Génesis.

No había nubes en el cielo, pero la bruma del horizonte, como una cortina gris, impedía distinguir las formas en lontananza. Nos encontrábamos en el suroeste de Irán, muy cerca de la frontera iraquí. Era aquélla una tierra de oro negro. A pocos kilómetros de allí quedaba Masjid-e Soleyman, conocido por ser el primer yacimiento histórico de petróleo de Oriente Medio, hallado por William Knox d’Arcy para la British Petroleum en 1908.

Al aproximarnos a la altura de una fábrica, nuestro conductor nos explicó que se trataba de una azucarera que, aparte de azúcar, producía papel y alcohol medicinal. Su padre había trabajado allí en su juventud, cuando la empresa elaboraba alcohol de consumo y, con los residuos, pienso para animales. Luego, con la llegada al poder de la República Islámica, se prohibió la producción de licor, su padre se quedó sin trabajo y se buscó las lentejas como taxista.

Pronto los cañaverales dejaron paso a los campos de arroz y de palmeras datileras en mitad del suelo de arena roja. El taxi entonces ascendió con suavidad por una elevación del terreno y se detuvo frente a una caseta en mitad de un secarral. El conductor se giró y nos indicó que saliéramos. Desorientado, me apeé del coche, miré la explanada infinita a mi alrededor y, de pronto, allí estaba, a poco más de 100 metros, la maravilla.

A primera vista, se asemejaba a una loma con ángulos y aristas, la única elevación del terreno recortada sobre el cielo desnudo. A medida que nos acercábamos, se fueron fijando sus contornos hasta que su apariencia física encontró al final correspondencia, como una mortaja envuelve un cuerpo, con la idea en nuestra cabeza de un zigurat.

Un zigurat.

Me quedé paralizado. Sentí un escalofrío comparable al que había experimentado frente a las pirámides de Egipto. Al igual que éstas, la antigüedad de aquella construcción quebraba cualquier referencia temporal. Su mera pervivencia a través de los milenios escapaba a la lógica. Era más antigua que el Imperio Romano, más antigua que Alejandro Magno, más antigua que Ciro el Grande, más antigua que los reyes David y Salomón de Israel, más antigua que el faraón Ramsés II de Egipto, más antigua que la guerra de Troya. Más antigua incluso que el mito de la torre de Babel del Génesis, la obra de los orígenes, cuya inspiración fue, precisamente, un zigurat. Aquella estructura escalonada era casi tan antigua como la propia Historia.

Tras cruzar los cimientos de las murallas del recinto, ante nuestros ojos se erigía un formidable edificio de planta cuadrada de unos 100 metros de lado, con varios pisos construidos con ladrillo de adobe. Su cumbre, hoy desmenuzada por el tiempo, aparecía como una duna contenida por el armazón de ladrillo del nivel inferior. Quizá por eso se lo conoce en farsi como Tchogha Zanbil, que podría traducirse como «colina con forma de cesta».

Nuestros pies se posaban sobre el suelo donde se meció la cuna del mundo. Al comienzo del siglo XX, las excavaciones arqueológicas en la antigua Susa, capital del emperador persa Darío el Grande (522-486 a.C.), pusieron de manifiesto la existencia de una cultura mucho más antigua. La primera referencia histórica sobre una región llamada Elam, hallada en tablillas de barro sumerias, data aproximadamente de 2700 a.C. Elam es una figura de no poca importancia, de nuevo, en el Génesis: el primogénito de Sem, primogénito, a su vez, de Noé. Fue Elam el cabeza de la familia que repoblaría el mundo tras el Diluvio, el primer Apocalipsis de la Creación.

Los secretos que poco a poco va desvelando el reino elamita son asombrosos. Investigaciones recientes han convenido que la escritura surgió en al menos tres lugares distintos alrededor de 3000 a.C., entre los cuales se encuentra Elam. Junto con Sumeria y Egipto, Elam ostenta, pues, la paternidad de la escritura por ser su lengua única, sin relación con otras escrituras cuneiformes o jeroglíficas.

Aquéllas eran las ruinas de Al-Untash-Napirisha, una ciudad santa fundada por el rey elamita Untash Napirisha alrededor de 1250 a.C. en cuyo centro se elevó un zigurat. Su magnificencia desafiaba, a unos 40 kilómetros de distancia, la posición dominante de Susa como corazón del imperio. Tras la muerte del Rey, continuó la peregrinación religiosa y los entierros intramuros hasta principios del I milenio a.C., pero para cuando el rey asirio Asurbanipal arrasó la ciudad a su paso en 646 a.C., ya se había abandonado siglos antes.

De la treintena de zigurats de los que se tiene constancia, sólo dos se conservan en buenas condiciones. El otro que todavía permanece en pie está en Ur (Iraq). Pese a una restauración reciente de dudoso rigor arqueológico, lo construyó el rey babilonio Nabónido en el siglo VI a.C. Aquél que contemplábamos frente a nosotros, en cambio, data aproximadamente del siglo XIII a.C., coronándose así como el último zigurat superviviente del mundo.

Derivado del término ziqqurratu ―traducido como «edificio que se eleva alto» en lengua acadia―, las investigaciones han concluido que el zigurat es una edificación sagrada puramente elamita cuyo diseño piramidal en terrazas escalonadas adoptarían, con posterioridad, los constructores de Mesopotamia. A diferencia de las mastabas egipcias y posteriormente de sus pirámides, los zigurats no servían como tumbas, sino como templos. El zigurat más célebre de la Historia, cuyas ruinas apenas se distinguen hoy de un túmulo en mitad del páramo, es la torre del templo Etemenanki, «La Casa de la Creación del Cielo y de la Tierra», dedicada a Marduk en Babilonia, que con sus 90 metros de altura se sublimó en el mito judío de la torre de Babel.

La edificación de Tchogha Zanbil, aunque nunca fue tan ambiciosa como las de sus homólogos babilonios, en origen medía 53 metros de alto en cinco niveles. Hoy resiste heroicamente desde una altura de 25 metros desde la base de pavimento, algo inaudito para una construcción de adobe. No sólo su altura resulta admirable; observados con detenimiento, el estado de conservación de sus materiales era inaudito. Salvo el templo que coronaba su estructura, el resto del zigurat se mantenía asombrosamente incólume. Era de no dar crédito. De no ser porque la UNESCO asegura que las labores de conservación no han quebrantado su autenticidad arqueológica, cualquiera habría asegurado que nos encontrábamos ante una réplica del siglo XX, como por desgracia ha ocurrido con algunos vestigios de zigurats iraquíes. Frente a nosotros, sin embargo, se erigía algo único. Un milagro de la Historia, una maravilla del mundo antiguo. Que la UNESCO lo hubiera declarado Patrimonio de la Humanidad se antojaba más una obviedad que un logro.

El enclave se descubrió por casualidad en un reconocimiento aéreo que una empresa petrolera llevaba a cabo en 1935. La arena que lo cubría reveló una estructura compacta cimentada sobre un núcleo de ladrillo de adobe rodeado de una sólida cubierta de ladrillos horneados de dos metros de ancho en cuyo último nivel, el quinto piso, se ubicaba el santuario principal, hoy desmoronado. Si se conoce la existencia de este templo superior es por las más de 5.000 inscripciones que decoran los muros: cada grupo de diez filas de ladrillos está coronado por una undécima fila a modo de cenefa con jaculatorias en escritura cuneiforme dedicadas por el rey Untash Napirisha, «Señor de Anshan y Susa», al dios Inshushinak.

Frente a nosotros, apenas dos simples cuerdas sujetas con estacas protegían el acceso al zigurat. Había un rastro de pisadas ―tal vez de arqueólogos, tal vez de visitantes inconscientes― desde la base del montículo arenoso hasta su cima a través de muros de adobe a punto de deshacerse en polvo. Sin protección ni vigilancia, gran parte de los templos del complejo alrededor del zigurat ni siquiera tenían una cinta que alertara de la obvia impertinencia de pasearse sobre un suelo de adobe milenario. Quizá no fuesen necesarias, dado que estábamos solos a los pies de aquella montaña sagrada.

Clara y yo habíamos discutido aquella mañana. A lo largo del día debíamos visitar varios yacimientos importantes, y mientras yo paseaba admirado por el patio pavimentado alrededor del zigurat, prestando atención a cualquier detalle por nimio que fuese, ella temía que una demora excesiva restara tiempo al destino más importante, Susa, capital del imperio persa, adonde llegaríamos al final de la jornada. Clara tenía razón, pero la discusión había agriado el ambiente y cada cual se marchó por su lado a visitar las inmediaciones, siempre a una distancia ni demasiado lejana como para perdernos de vista ni tan cercana como para seguir con la disputa.

Entre las cosas que me anulaban la noción del tiempo estaba una extraña huella que, según había leído, se hallaba en algún lugar indeterminado del pavimento alrededor del zigurat. Después de una hora de búsqueda examinando cada ladrillo que me salía al paso, al fin la encontré frente a la puerta noroeste, junto a los templos de Ishnikarab y Kiririsha.

Se trataba de una pisada pequeña, a todas luces infantil, marcada en el suelo de arcilla. Un pie izquierdo desnudo, visible la marca de los huecos entre los dedos, hundida la almohadilla en un paso detenido en el tiempo. Era inevitable pensar en la eternidad, en el niño que pisó el barro todavía fresco de aquella losa cuadrada hacía casi 3.300 años. Si para un niño resulta inconcebible pensar en términos de una vida entera, poco podía sospechar el dueño de aquel pie que después de más de tres milenios alguien se acordaría de él y escribiría sobre ello en un cuaderno de viaje, y, más improbable aún, lo publicaría en un artículo. Escribir quizá sea eso: arrancar memoria de la amnesia, hacer presente lo que se ha perdido, sacar un pensamiento de su irrelevancia con la esperanza de que trascienda su naturaleza efímera.

En el peor de los casos, nada de aquello perduraría. Quizá incluso me olvidara de todo nada más montarme de nuevo en el coche. Y la sola posibilidad de que así fuese me angustió. Levanté entonces la vista y vi a Clara en la distancia, cerca de la salida. Me sobrepuse y la llamé, a pesar del mutuo disgusto, para que se acercase a ver la huella. Sonreí mientras deshacía el camino contrariada. Deseaba compartir aquel momento con ella, que formara parte de su vida tanto como formaría parte, desde entonces, de la mía. Le expliqué con pocas palabras lo que había encontrado, y con una mano le rodeé la cintura y le besé la cabeza cubierta por el velo.

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