El ser y la nada

Estoy pesimista. Y lo estoy con fundamento: el que a diario me ofrece la evolución de esta crisis y el comportamiento cerril de mis semejantes. En mi último editorial amenacé con salir a la calle y burlar las normas para pasar, convencida, a la resistencia y delincuencia. Hoy ya no quiero hacerlo. Cada vez que salgo, comulgando con el horario que un señor con corbata me ha impuesto, callejeo con mi desesperación de turno. Compro alguna cosa y vuelvo a casa movida por la estúpida obligación y el extraño convencimiento de que a algún sitio he de volver. Regreso a mi espacio y me siento a escribir sin mucha esperanza. Imparcial, resignada a que nada cambie, agobiada por unos españoles que son más sumisos que nunca. Y el problema, el gran contratiempo, es que yo soy tan bienmandada como ellos. Algunos días, pocos, me enfado al sentir que salir a la calle equivale a sumergirse en un océano de frivolidad, de superficialidad, de poquedad, de paletería, de extraños sujetos que se hace selfies para presumir de mascarilla, de egoísmo, de ombligocentrismo y de chilindrinas. 

Lo que yo tengo es el síndrome de retorno al infierno después de comprobar que el paraíso existe. Y claro que existía… Hace dos meses y medio (¡más de sesenta días, ya!) yo lo rozaba con la punta de mis dedos. Eran tiempos de amor y de fe. Eran meses de locura. De firmes y repentinos ataques amorosos y amistosos. Era la época en la que se podía salir a cenar, viajar, hacer el amor, bisbisear planes romanticones al oído. Se podía besar, acariciar el pelo de tu contrario, sentirse, al fin, solos y acompañados. Se podía hacer todo cuanto se puede imaginar y desear. Entonces, el mar nos pertenecía a todos. Sabíamos de todo, pero no conocíamos nada de lo que estaba por llegar. Ahora podemos hablar por teléfonos y pantallas. Y yo no confío ni en unos ni en otras como medios de comunicación. Las conversaciones se tornan frías y dan lugar a rencores y ofensas momentáneas. Me pregunto por qué no podré ser yo como Saint-Exupéry, como ese gran amador que supo abrirse a los más opuestos horizontes. 

En fin, nada cabe hacer sino esperar. Esperar con los brazos cruzados, sin pestañeos, ahora que no hay trenes anhelantes que acerquen, ni casas abiertas para dormir acompañados. Así son las cosas. Nadie se queje. Más se perdió en Cuba. El río de Heráclito, el de Sinuhé, el de Jorge Manrique y el de la novela Siddharta, siguen siendo, hoy como ayer, la más fiel alegoría del fenómeno de la existencia. Por eso, con el cuerpo tendido y el corazón preparado, aguardo el poderoso salto final, el esfuerzo último para rozar ese altísimo momento en que otra vez escuche unas pisadas que se acercan a mi cuarto.

¿Faltará mucho? Yo espero aquí. Contemplando mi ser. Y mi nada. 

6 comentarios sobre “El ser y la nada

    1. Pinta muy mal la cosa, ciertamente. La esperanza es lo último que se pierde, se ha dicho siempre. Pero a la vista de lo que está pasando incluso se hace difícil que no sea lo primero que se pierde. Ya veremos. Cambio de paradigma, en cualquier caso, lo va a haber. Hasta el extremo de que quepa hablar de un antes y un después. El antes será ese mundo del que habla Ayanta Barilli y que, para qué nos vamos a engañar, ya era bastante chungo. Y el después pues la chunguez elevada a la enésima potencia. ¿No querías caldo? Pues toma dos tazas.

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  1. Corrijo, y además al alza, respecto a las sombrías perspectivas. Bien pensado, el cambio de paradigma creo que ya se ha producido, que ya lleva tiempo con nosotros. De hecho, opino que empezó a producirse poco a poco, como muy tarde, en los noventa. Me he quedado pensando en el <> con que he rematado el comentario anterior. “¿Por qué he dicho eso?”, me he preguntado. Me ha salido de forma inconsciente lo que tenía en el subconsciente: que se recoge lo que se siembra. No digo que se haya sembrado ningún virus, sino que se ha ido sembrando a lo tonto a lo tonto la semilla de un mundo atroz. El recuerdo de una frase que oí ayer en la calle me lo ha hecho ver. Ayer una mujer le dijo a otra por la calle: “mira qué guapa vas con la mascarilla”. ¿Eso es normal? Qué va a ser normal, ni dicho en broma ni, mucho menos, dicho en serio. Como para haberle dicho: pues que se ponga dos, si le favorece tanto (dos tazas de mascarilla, vamos). No, si al final puede que se pongan de moda y todo, uno ya está curado de espanto. Y es que lleva uno demasiado tiempo viendo cosas incomprensibles, cada vez más raras y mosqueantes, en la gente, consideradas sin embargo por ella como normales. La nueva normalidad creo que ya lleva, en cierto modo, mucho tiempo con nosotros. La derivada del problema del coronavirus vendría a ser una vuelta de tuerca más de la normalidad de lo anormal. ¿Usted considera normal la televisión que hay? Es el horror químicamente puro. Pues ya se considera normal. ¿Quién se acuerda de cuando se hablaba de temas filosóficos, entre sin ir más lejos, su señor padre y los Luis Racionero, Gabriel Albiac y Antonio Escohotado? ¡O Julián Marías! La espantosa anormalidad de la telebasura ya es lo normal. Antigua nueva normalidad o cambio de paradigma, pues, ¿no? Y he puesto la fecha de los noventa porque fue cuando, sobre 1997, le hice a mi padre, que en paz descanse, el comentario de que cuando pasaba yo por la calle junto a un grupo de jóvenes a veces me paraba a ver si les entendía y no lo conseguía, sólo alguna que otra palabra suelta. Él decía, sonriéndose ante mi alarmismo, que siempre los jóvenes han sido diferentes de sus padres. Y yo le respondía que sí, pero que demasiada diferencia me parecía a mí la de no resultar inteligibles. Pues eso. Con o sin coronavirus, o sea. Durante décadas ha habido gente que decía: estamos caminando hacia el abismo. Y sucede que cuando se hace eso se acaba cayendo. Es lo normal en esa normalidad tan curiosa de caminar hacia el abismo, a golpe de telebasura y demás venenos mentales y morales, e importarle a uno un rábano. De todas formas, del mal el menos, y me reafirmo en mi idea de que mientras uno se pueda permitir un rayo de esperanza, aunque sea en pequeños islotes de felicidad, nada se pierde asiéndolo y además con fuerza, para que no se escape. Saludos y arriba ese ánimo.

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  2. Me he tomado la libertad de usar como cita el uso de la frase “más se perdió en Cuba” hecho en el último párrafo de este artículo. He tomado texto de este artículo para ilustrar dicha expresión en mi blog EXPRESIONES DEL ESPAÑOL. Espero que no le importe esa pequeña apropiación. También he puesto ahí un enlace a este artículo, para quien lo quiera ver completo. Puede verlo todo si lo desea (basta con hacer clic en mi nombre), y si no le gusta algo de lo que he hecho, lo quito. (Postdta: el texto entre las comillas del comienzo (4ª línea) de mi anterior comentario y desaparecido al pegarlo es: “Pues toma dos tazas”).

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