Estimada señorita Nouvelle Vague

Por: Javier Martínez Herrero. Corresponsal en Kobe.

En estos tiempos de sufrimiento y tristeza, en que incontables millones de personas tienen puestas sus esperanzas en la Ciencia, leo con estupor su “Por supuesto que, como decía Roger Garaudy, Occidente es un accidente mortal para la humanidad” (4º número de La Retaguardia). Mi país de adopción, Japón, no se diferencia de los demás en el anhelo de que se descubra lo antes posible una wakushin que permita la vuelta a una vida normal. Wakushin, escrito en katakana, el silabario reservado a términos de procedencia extranjera, viene del inglés vaccine, el gran descubrimiento de Edward Jenner para acabar con la viruela, uno de los mayores azotes de la humanidad. Su contemporáneo Voltaire escribió que el 60% de la población se infectaba de esa enfermedad y el 20% de la población moría de ella. El éxito de esta primera vacuna se extendió de inmediato por toda Europa y se usó en masa en la Expedición Balmis (1803-1806), que al mando del Doctor Francisco Javier de Balmis llevó miles de vacunas a las Américas, las Filipinas, Macao y China. La expedición fue todo un éxito y Jenner escribió algo que los detractores de la labor española en América prefieren ignorar: “No imagino que los anales de la historia suministren un ejemplo de filantropía tan noble, tan extenso como éste”. Napoleón, en guerra con Inglaterra en esa época, hizo vacunar a todas sus tropas, concedió una condecoración a Jenner y, a petición de éste, puso en libertad a dos prisioneros de guerra ingleses: “No puedo rehusar nada a uno de los grandes benefactores de la humanidad” dijo.

En 1881 Louis Pasteur, para honrar a Jenner, propuso que se adoptara  el término “vacuna”,  (“variola de la vaca”), para cualquier inoculación protectora. Jenner, Pasteur, Balmis, tres grandes benefactores de la humanidad surgidos de la ciencia y del humanismo occidentales. El humanismo no es exclusivo, por supuesto, del Occidente; la ciencia, tal como se practica hoy en día, sí lo es en su origen y desarrollo. 

Para luchar contra la pandemia del coronavirus, según el CEPI (Coalition for Epidemic Preparedness Innovations), en estos momentos hay al menos 115 iniciativas para hallar una vacuna; todas ellas, se realicen en centros de investigación europeos, americanos o asiáticos, usan los métodos y laboratorios originados en el Occidente. El CEPIse financia con contribuciones privadas y estatales, éstas provenientes de Reino Unido, Canadá, Bélgica, Noruega, Suiza, Alemania y Holanda, todos países occidentales.

Vd., señorita Nouvelle Vague, se hace eco de las palabras de Roger Garaudy, comunista, negador del Holocausto y, también para asombro de sus compatriotas franceses, converso al Islam, una religión no precisamente caracterizada por su defensa de los derechos de la mujer.

En mi barrio en Kobe a veces presencio algo insólito: una mujer cubierta de pies a cabeza con un burka negro, siempre con una niña pequeña. Sólo en una ocasión, en pleno verano, vi a un hombre acompañándolas. Su vestimenta, al contrario de la que llevaba su presunta esposa, me pareció muy apropiada al calor que sufríamos, aunque no sabría decir de qué país procedía.

Quiso la casualidad que en una ocasión, la señora del burka, su hija y yo coincidiéramos en el ascensor de uno de los supermercados del barrio. En esos escasos segundos mis ojos se fijaron en los de ella, japonesa sin duda, antes de hacerlo sobre la niña. No sé si la señora captó la pena que me inspiraban ambas: ella por haber sucumbido a una costumbre despótica, y la niña por el futuro que le aguardaba en Japón, en el supuesto de que no regresaran al país del padre y marido. “El clavo que sobresale se lo remacha” es una frase que define la actitud de la sociedad japonesa ante lo que se aparta de la norma, y una mujer que lleva a su niña a la escuela vestida de negro desde la coronilla hasta las plantas de los pies, con una rendija a la altura de los ojos para poder ver y caminar, es un “clavo muy sobresaliente”. ¿Qué forma tendrá el acoso escolar que, sin duda, la niña sufrirá? ¿”Hija del fantasma”, será quizás la burla?

Ayaan Hirsi Ali, antes de huir de su país natal, Somalia, sufrió la mutilación genital; una vez en Holanda se dedicó con sus escritos y a riesgo de su vida, a criticar al Islam. De Hirsi Ali se  han dicho muchas cosas, pero aquí lo que nos interesa es su exhortación a que el Occidente, lejos de autoflagelarse, se una para “defender vigorosamente sus símbolos y su civilización, que, con todas sus faltas, siguen ofreciendo la mejor vida para la mayoría de la gente”.

Hace unos años un periódico japonés llevaba en una de sus páginas dos noticias breves, una encima de la otra. El título de la de arriba rezaba: “Una mujer saudí sentenciada a diez latigazos por conducir”; la de abajo informaba del fallecimiento de Wilson Greatbatch, inventor del marcapasos. El contraste entre ambas noticias, como se ve, no podía ser mayor: en una, la violencia, el fanatismo, la limitación de la autonomía personal; en la otra, uno de los beneficios que la libertad y la razón, a través de la ciencia, han dado a la humanidad. Unos beneficios que, durante los dos últimos siglos, han provenido exclusivamente del Occidente y que han permitido mejorar y alargar la vida hasta límites insospechados por nuestros recientes antepasados. 

Los últimos informes de Freedom House, que investiga el nivel de libertad política en el mundo, muestran que el deterioro democrático está alcanzando el máximo desde su fundación hace medio siglo, lo que a su vez provoca un debilitamiento en la auto-confianza del liberalismo occidental, de por sí vacilante incluso en las mejores circunstancias. Y esta inseguridad no proviene sólo de la mala conciencia post-imperial, sino también porque, entre todas las ideologías, la liberal es la única que celebra la importancia de la duda. La idea de que las certezas deben cuestionarse siempre está tan firmemente enraizada en nuestra fibra intelectual que tendemos a dudar de nuestro mismo sistema de valores. Si el pueblo chino está saliendo de la pobreza, ¿importa algo que no tenga libertad política? Si los musulmanes rechazan la democracia, porque no está reconocida en el Corán, ¿no deberíamos respetar sus deseos? ¿No es arrogante de nuestra parte considerar nuestro sistema de valores superior al suyo?

Este sistema de valores está basado en la razón y la autonomía individual. A diferencia de otras civilizaciones, la edad no confiere prestigio. En la Ciencia éste depende de unos descubrimientos que, una vez sometidos al examen riguroso de los colegas, pasan a engrosar el patrimonio de la Humanidad. Así fue en la medicina con el estetoscopio, los antibióticos, los rayos X, las vacunas y tantos otros adelantos que son causa primordial de que el promedio de vida haya pasado de 40 ó 50 años en el siglo XIX a más de 80 en los países más avanzados en los albores del siglo XXI. Y además de este alargamiento de la vida mediante su medicina y organización hospitalaria, el Occidente ha contribuido, prácticamente en exclusiva, a hacerla más cómoda y agradable con otra serie de inventos: el coche, el avión, el teléfono, internet, etc

Niall Ferguson, en su obra Civilization: The West and the Rest, enumera los factores de la ascensión del Occidente: competición, ciencia, derechos de propiedad, medicina, sociedad de consumo y ética laboral. Contra estos instrumentos de progreso -exclusivos, algunos de ellos, de la civilización occidental- el resto del mundo no pudo competir. Desde esta perspectiva, el imperialismo, antiguo y moderno, ha constituido una influencia benéfica, ya que ha permitido extender dichos elementos de progreso, hasta entonces limitados a unos pocos países del Occidente, al resto del mundo. Esta tesis de Ferguson no gozó de una aprobación generalizada: se le recordó las catástrofes causadas por el imperialismo: la Guerra Negra en Australia, el genocidio en Namibia por los alemanes, el exterminio en el Congo por los belgas, entre otros muchos crímenes de lesa humanidad. Todo esto es indudablemente cierto: el Occidente ha añadido su cuota a la sucesión de “crímenes, locuras y desgracias”, como Edward Gibbon definió la historia del hombre. Pero la cuestión es si al mismo tiempo proporcionó los medios de escapar de tales crímenes y desgracias. Así lo creía incluso Marx para justificar el dominio británico en la India. El Occidente subyugó a otros pueblos, esclavizó a millones de africanos, pero su propia tradición de los derechos individuales le llevó a concluir, en lógica consecuencia y desde dentro, que tal subyugación era errónea. 

Las ideas de derechos y libertades personales tienen su origen en Europa, no lo son ni de Asia, ni de África, ni del Oriente Medio, salvo por adopción. Tan extraño era el concepto de democracia para los japoneses cuando lo oyeron por primera vez en la época de Meiji (1868-1912), que no sabían cómo traducirlo. Finalmente adoptaron un vocablo, gokokujo, que significa un samurái de rango inferior adelantando a otro de rango superior. La palabra jinken, traducida del inglés human rights, a veces tiene dificultades para reflejar en Japón su sentido real y entenderse plenamente su esencia. En cuanto a China, la estudiosa Lydia Liu señala que un misionero estadounidense llamado Martin, mientras traducía en la década de 1860 el primer texto de Derecho Internacional al chino, se dio cuenta de que este idioma carecía de un término para “derechos”, de modo que tuvo que inventar una palabra, chuan li, todavía usada hoy, combinando “poder” y “beneficios”. 

Los valores occidentales han calado de forma desigual en el Extremo Oriente. Mientras Japón, Taiwán y Corea del Sur han adoptado regímenes democráticos y experimentado un nivel de desarrollo económico y social sin paralelo en su historia, los dirigentes de China y Corea del Norte han optado por mantener básicamente los sistemas autocráticos tradicionales y así perpetuarse en el poder. Las consecuencias están a la vista hasta en la actual pandemia: frente al ocultamiento inicial del brote vírico en Wuhan por las autoridades comunistas, la transparencia y eficacia de la democrática Taiwán.

Esta misma pandemia nos hace reflexionar sobre un hecho que ha sido señalado en diversos medios de comunicación: de los países, no muchos, que se han puesto como modelo en la lucha contra el coronavirus, seis están presididos por mujeres: Taiwán, Alemania, Dinamarca, Noruega, Nueva Zelanda y Finlandia. Una mujer al frente del gobierno no es común en el mundo confuciano (sólo se ha dado en Corea del Sur y Taiwán), pero que tenga menos de 40 años, ¡Buda nos asista!, es algo inaudito. La lucha por la igualdad entre hombre y mujer, iniciada en el Occidente, ha dado unos frutos que han permitido a Jacinta Ardern, de 39 años, presidir el gobierno de Nueva Zelanda y a Sanna Marin, de 34, el de Finlandia, y a sus países, junto con los más  avanzados de Occidente, excepción hecha de los Estados Unidos,  gozar de la mayor libertad, igualdad y protección médica y social de todo el mundo. No es de extrañar que en todas las encuestas aparezcan como los países más felices, refrendando la convicción de Ayaan Hirsi Alide de que “sus símbolos y su civilización, con todas sus faltas, siguen ofreciendo la mejor vida para la mayoría de la gente”.  

¿”El Occidente un accidente mortal para la humanidad”? Que una mujer occidental, buena escritora, que además supongo culta, secunde la opinión de Roger Garaudy,  es algo, señorita Nouvelle Vague, que, en fin, como dicen los franceses: ¡Cela me dépasse!

Nota añadida por la señorita Nouvelle Vague:  La cita de Garaudy apuntaba a cuestiones de índole filosófica, moral y espiritual, y no a las muchas de carácter social, político y científico que Javier, ponderadamente, menciona.

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