Fernando Sánchez Dragó: “Internet se ha cargado al periodismo”

Por: Raúl Castillo.

En El Diario conversamos en exclusiva con el escritor y periodista español. En esta segunda entrega de la entrevista, opina sobre el periodismo, la cultura y repasa también algunos aspectos de su vida.

Hombre que escribe, que ha leído casi todo en su haber. Es Fernando Sánchez Dragó acaso un libro abierto o, como él mismo dice, “un libro con patitas”. A sus 83 años de edad no deja de ser leído, pero no siempre comprendido. Sus hojas, aún joviales, describen el camino de un ser que vive a plenitud, que no para de renovarse. Incluso cuando llegue el final de su camino, puede que le encuentren enterrado, literalmente, bajo una pirámide de libros sobre el llano numantino, sobre la sierra española de Soria.

Durante estos días de confinamiento, sus páginas se revitalizan con la actividad del periodismo, profesión que por vocación innata de escritor y por seguir la estirpe familiar lo han llevado a recorrer medio mundo y ser uno de los más laureados en España. Al igual que cuando tenía 8 años, ahora ha fundado un nuevo periódico: La Retaguardia.

Es por eso que al hablar de periodismo Sánchez Dragó se emociona, se conmueve hasta las lágrimas. Al mismo tiempo se indigna, se enfada, se decepciona. Dice que Internet ha llegado para acabar, entre tantas otras cosas, con el mundo de las máquinas de escribir, de las rotativas, del papel, del whisky sobre la mesa. Ese mundo que ahora vive en las películas estadounidenses y que le arrancaron abruptamente a su padre durante la guerra civil.

Para mí ser periodista ha sido un poco pagar una deuda de honor. Hacer lo que mi padre no pudo hacer“.

Fernando Sánchez Dragó.

Y vaya si ha cumplido. En los periódicos no le ha faltado espacio. Tampoco en la televisión. Sus programas legendarios en Encuentros con las letras, Biblioteca nacional, La isla del tesoro, El mundo por montera, Negro sobre blanco, El faro de Lombardía, Las noches blancas, y recientemente Libros con uasabi, son todavía referencia para muchos de sus colegas, aunque no vea en ellos ahora mismo un ejemplo a seguir. “Son lacayos del poder; perritos que alzan las patitas al son de los latigazos que le propinan sus amos”. En estos días es también como una avispa que pincha, que se alimenta de la polémica, que hiere susceptibilidades. Es un hombre que, aunque ha cambiado de opiniones, nunca ha dejado de darlas. Twitter es ahora testigo de ello, y en esta segunda entrega de su conversación con El Diario, queda de manifiesto.

—¿Cómo está llevando la cuarentena? He leído que desde que empezó el confinamiento ha tenido usted bastantes novedades.

— Sí. La estoy llevando muy bien, pero porque mi vida es casi idéntica a la que era antes del confinamiento. Yo tengo una vocación monástica. Me paso todo el santo día encerrado —cuando estoy en Madrid, y en este mismo lugar, desde el cual estoy hablando con usted, y si estoy en el pueblo, pues en el pueblo—, escribiendo, leyendo, meditando, y es muy raro que yo salga a la calle. No me gusta nada esa cultura española de los bares. De vez en cuando me gusta dar un paseo con mi hijo, que tiene 7 años; con mi novia; o ir a un restaurante —preferiblemente japonés—, o ir a un cine. Pero vamos, que quiero decir que casi casi hago lo mismo que estaba haciendo antes y por lo tanto no noto grandes renuncias.

Yo siempre he aplicado la estrategia de aprovechar el impulso del enemigo, que es la estrategia de las artes marciales de los pueblos orientales. Entonces como me expulsaron de El Mundo, donde yo escribía mis columnas, inmediatamente reaccioné. Eso fue al principio del confinamiento. En primer lugar, le propongo a Pedro J. Ramírez, director de El Español, que mi columna salga allí, y efectivamente me dio asilo, con lo cual sigo haciendo la columna. Y luego se me ocurrió meterme en Internet, meterme en las redes.

Además, se me ocurrió fundar un semanario. Tengo 83 años, nada menos, y ya a los 8 años había fundado un periódico. Fui muy precoz en eso. Se llamaba La Nueva España, un periódico hecho a mano, y que se lo vendí además a los vecinos del inmueble donde yo vivía, por cinco céntimos de pesetas. Como los viejos, como se dice, volvemos a la niñez, he vuelto a hacer lo que hice cuando tenía 8 años, que es fundar un semanario. Se llama La Retaguardia. No tiene ni un euro de inversión, en el que nadie de lo que lo hacemos cobramos nada y quienes lo hacemos somos dos personas. Una, la señorita Nouvelle Vague, que se esconde detrás de ese seudónimo, y yo. Ha tenido un éxito espectacular, hemos llegado ya a 70.000 lectores. Por otra parte, resulta que ahora tengo más lectores que los que tenía cuando publicaba mi columna en El Mundo.

Al mismo tiempo, acabo de seleccionar las fotografías que van a ilustrar mi libro, Galgo corredor. Los años guerreros, segundo volumen de memorias, que va a sacar Planeta cuando se reactive el mercado del libro, y que he terminado también aquí durante el confinamiento, y he corregido las pruebas. Así que la verdad, parece un poco paradójico decirlo, pero es que estoy encantando de la vida.

— Su vocación de escritor lo ha llevado por el camino del periodismo. ¿Cómo cree que está siendo el rol de los medios de comunicación en estos días?

— Yo estoy indignado. Por una parte, yo tengo una vocación clarísima que es la de escritor. Luego tengo una profesión paralela, en cierto modo antitética, porque no se parecen tanto los periodistas a los escritores. Es verdad que los periodistas escriben, pero allí acaban las concomitancias. Pero al mismo tiempo soy periodista. Soy periodista, en primer lugar, para servir a mi vocación de escritor, porque ser periodista me ha servido para estar en muchos sitios, meterme en muchos lugares más bien recónditos, conocer a muchas personas, correr muchas aventuras, ir a la guerra de Vietnam, o ir al terremoto de Fukushima, donde también estuve.

Mi profesión de periodista servía a mi vocación de escritor, pero al mismo tiempo reconozco que hay en mí una genética periodística a la cual no podía hurtarme, porque mi tío abuelo dirigió y fundó La Vanguardia. Mi tío abuelo se vino a Madrid —te estoy hablando del año 1860, por ahí—, para trabajar de manchego de botica y acabó convirtiendo lo que era un diario de avisos del pueblo de Barcelona en uno de los grandes periódicos europeos. Y mi tío abuelo se trajo a mi abuelo, don Gerardo Sánchez Ortiz, quien fundó la sociedad de prensa de Madrid. Mi padre, Fernando Sánchez Monreal, a los 23 años dirigía ya la agencia de noticias más importantes del país, que era la Agencia Febus. Fue asesinado a los 27 años en Burgos, en el comienzo de la Guerra Civil. Hubiera sido, sin duda alguna, o lo era ya, el periodista más brillante de su generación. No pudo llegar a serlo porque el cainismo, porque esta bipolaridad esquizofrénica de este país de envidias, le cegó la vida antes de que pudiera desarrollar su propia vida. Entonces para mí ser periodista ha sido un poco pagar una deuda de honor. Hacer… Me conmuevo…

*** Sánchez Dragó hace una pausa. Su voz se rasga. Visiblemente emocionado, intenta contener las lágrimas. Luego de unos segundos, prosigue en su explicación ***

Hacer lo que mi padre no pudo hacer. Y en cierto modo lo he hecho, y curiosamente eso es lo que me ha llevado ahora ya en mi senectud a fundar La Retaguardia, con ese éxito espectacular, para hacer algo de lo que mi padre habría hecho si la guerra civil no le hubiera cegado la vida. Entonces me he movido siempre entre las dos cosas. Ahora yo que he echado los dientes, y por mis venas corre sangre de linotipia, que he estado en mil periódicos, en mil radios, en mil televisiones, que he sido corresponsal, que he hecho periodismo cultural, que he hecho periodismo de guerra, que lo he hecho todo en el periodismo, me hierve la sangre viendo cómo mis colegas se han convertido en lacayos al servicio del poder por subvenciones, un defecto más de Internet.

Internet se ha cagado al periodismo. Internet se ha cargado aquellas maravillosas redacciones de las cuales usted habrá oído hablar en las películas estadounidenses donde la gente fumaba, la botella de whisky estaba encima de todas las mesas; ese mundo maravilloso, que yo lo conocí, ha desaparecido al desaparecer el papel. Ahora cuando voy a uno de los periódicos en los que escribo, o en los que escribía, aquello parecía un sanatorio. Están metidos entre mamparas. Sobre todo, son lacayos del poder; perritos que alzan las patitas al son de los latigazos que les propinan sus amos. Y sus amos son los plutócratas, la Fundación Rockefeller, son Bill Gates y lo partidos políticos, sobre todo cuando están en el poder. 

A causa de que el periodismo de papel, que se vendía, ha desaparecido por culpa de este bichito, por culpa de Internet, y entonces ahora necesita subvenciones para sobrevivir y a cambio, el peaje que pagan es el de la subvención. Yo pongo los telediarios acá en España y se me llevan los diablos al verlos. Cómo es posible que se conviertan en telepredicadores que convierten los telediarios en películas de Walt Disney, los aplausos a los sanitarios, las cartitas, las escenas conmovedoras, las viejecitas que se curaron y salen grabadas por las enfermeras del hospital. ¡Pero por favor, el mundo está lleno de noticias, salid de ahí, id a buscar las noticias! El periodismo ha muerto. El Internet se lo ha llevado por delante.

En La Retaguardia hemos hecho desde un principio periodismo a la antigua. Vamos a ver si vuelve ese periodismo. Yo voy a arrimar el hombro todo lo posible.

— Lo ha dicho en otras ocasiones, para usted el acto de escribir sirve para entender mejor el mundo. ¿Qué ha escrito o leído en estos días que le ayuden a comprender el mundo?

— Bueno, le voy a decir algo que seguramente le va a sorprender, incluso le va a decepcionar, y va a decepcionar a las personas cuando vean esta entrevista: desde que estoy confinado, prácticamente no he leído nada. No puedo, porque no tengo tiempo. Ahora he cogido en el Twitter —bueno, no se puede decir cogido ahí en Venezuela— un vicio. Reconozco que me divierte. Soy como una avispa y voy zumbando por acá, ¡pa, picotazo!, el aguijón por aquí, el aguijón por allá. Me divierte bastante y me quita mucho tiempo. Pero, sobre todo, La Retaguardia. De verdad no se puede imaginar usted el tiempo que me quita. Y luego, pues hombre, todos los días tengo a mi hijo, y no leo. Y esto lo dice una persona que tiene, seguramente, la mayor biblioteca privada del mundo. Yo tengo allá en mi casona, en el pueblo ese soriano, del alto llano numantino, en el medio de la sierra, 120.000 volúmenes. Yo no creo que nadie tenga en su casa esa cantidad de libros. ¿Por qué tengo esa cantidad de libros? Porque ya a los 3 años dije que quería ser escritor y prácticamente durante todos los días de mi vida he leído por lo menos un libro, que se puede. Hay libros que no se pueden leer en un día, pero hay varios que se pueden leer en un día. Cuando yo era niño, los reyes magos, o los cumpleaños, lo único que pedía era libros. Me he convertido un poco en el jedi de los libros.

Además, durante 50 años he estado haciendo programas de libros; los únicos programas de libros que se hacían en la televisión española; programas legendarios: Encuentros con las letras, Biblioteca nacional, La isla del tesoro, El mundo por montera, Negro sobre blanco, El faro de Lombardía, Las noches blancas, y recientemente Libros con uasabi. Yo más que un ser humano, soy una especie de libros con patitas. Entonces que yo ahora diga que llevo 40 días —que son más o menos los que llevo confinado— prácticamente sin leer un libro, pues va a sorprender muchísimo a la gente. Tengo tantos libros leídos, que en estos días voy recurriendo a la sabiduría almacenada a lo largo de la aventura de esos libros. No he descubierto grandes cosas. A mi edad ya no voy a descubrir grandes cosas. Decía Antonio Machado, y ese es un lema también de La Retaguardia, “hora es de escuchar / las viejas palabras que han de volver a sonar”. En mi memoria resuenan muchas viejas palabras, muchos libros, y mucha sabiduría perenne. ¿Sabe usted qué es lo que quiero hacer con mis libros?

— Dígame.

— Como allá en Venezuela hay gente con mucho dinero, a ver si alguien recoge la idea. Esto que le voy a decir parece una idea divertida, una idea surrealista que ha tenido un escritor, pero no es tan absurda esa idea como parece. No sé qué hacer con esa biblioteca, porque imagínese usted a mis pobres hijos. Yo tengo un hijo de mi edad casi, porque yo la primera vez me casé en la cárcel —donde estaba por luchar contra Franco—, él tiene 60 años; una hija de 50 años, que el año pasado se quedó finalista en el premio Planeta; otra hija, Aixa; y ahora este hijo de 7 años. Imagínese usted el muerto, en el peor sentido de la palabra, que yo les dejo a mis hijos por esos 120.000 libros. Entonces se me ha ocurrido lo siguiente: levantar allí en el alto llano numantino, en la meseta de Soria, en unas pequeñas majadas, muy cerquita de esa casona que es mi verdadera casa, la primera pirámide de libros de la historia de la humanidad. Todas las portadas de los libros tipificadas mirando al sol; portadas muy bonitas, a veces con imágenes, con dibujos, con rótulos, con palabras, con colores; centelleando al sol, y en una de las paredes de esta pirámide abro una hornacina, me momifico, y me entierro yo como gran faraón de los libros, con mis gatos también momificados.

Eso, que parece un disparate, es una idea perfectamente realizable. ¿Y qué pasará? Pues que nada menos que dos millones de chinos al año, y un millón de, y a lo mejor 300.000 venezolanos, vendrán a visitar esa pirámide, pagarán dos euros por cabeza, con lo cual mis hijos cubrirán sus necesidades, las de sus hijos, las de sus nietos. Naturalmente eso es una operación de ingeniería. Requiere una inversión económica que yo no puedo afrontar, entonces si hay por ahí en Venezuela o en otro país dispuesto a arriesgar parte de sus haberes, pues que 50% de los euros se los apunten para él, y el otro 50% ya no para mí, porque ya yo no necesito nada, sino para mis hijos.

— ¿Cuáles son, a su entender, los principales centros de creatividad intelectual en el mundo en este momento, y qué rol juegan?

— Si usted cree que hay actividad intelectual en estos momentos, es usted un optimista. No la hay. En primer lugar, tampoco es que eran grandes centros financiados sabrán ellos por quién. La escuela de Frankfurt, o la generación del 29 en España, etcétera; esos centros de creatividad han desaparecido, ya no los hay. No hay nada parecido. ¿De qué vamos a hablar? ¿Del Instituto Tecnológico de Massachusetts? El Internet crea estas cosas, las becas, las fundaciones. ¿Dónde está la creatividad intelectual? La creatividad intelectual es individual. Hay un señor, que nace con esa vocación, que nace con esa genética, y que de repente se lanza al mundo y hace lo que Hemingway aconsejaba en el primero de los mandamientos de su decálogo del escritor: “mézclate estrechamente con la vida”. No hacen falta centros intelectuales, no hacen falta ministerios de cultura, no hace falta nada de eso. Hace falta creadores y la creación. Nacemos solos, morimos solos, y creamos solos. La creación es fundamentalmente fruto del impulso de la alegría de vivir de determinadas personas que han nacido así, y que al mismo tiempo han sido lo suficientemente valerosos para responder a su vocación y ser capaces de llevarla hasta el final. Allí donde haya una persona de esas, hay un centro de creatividad. Y donde no la haya, es inútil que se organice en las universidades, simposios, congresos de escritores y todas estas cosas.

— ¿Cree que el hombre actual desdeña la cultura en su significado raigal porque no se relaciona con la tierra que ha de cultivarse?

— Evidentemente. Usted pone el dedo en la llaga. Cultura viene de cultivar la tierra. Eliot, gran poeta, premio Nobel de literatura, y no solo él, sino otros muchos, establecía una dicotomía más entre civilización y cultura. Cultura es lo que crece. Una lechuga es cultura, se cultiva para que crezca. La civilización no crece, la civilización es lo que se añade, lo tecnológico, lo material. Un coche es civilización, un rascacielos es civilización, Internet es civilización. Todo eso no crece. Yo abandono ahora este Internet en el balcón que tengo ahora a mis espaldas, y poco a poco, en cuestión de días, se convierte en un desastre. Se oxida, se estropea, y al final viene una paloma y hace sus necesidades encima y luego se la lleva un cuervo. Todo eso está condenado a la extinción. En cambio, lo que sigue siempre vivo es la cultura que viene de cultivar. La cultura es una semilla. Hoy seguimos hablando de Cervantes, de Velázquez, de Rómulo Gallegos —para citar un escritor venezolano—. Eso no muere nunca. Eso es cultura. Mientras haya seres humanos, siempre habrá personas que sembrarán cultura y siempre habrá personas y tierra fértiles para esparcir esas semillas. Pero el hombre de nuestros días —no solo de nuestros días, llevamos ya un proceso— está pasando por la civilización frente a la cultura.

La cultura es distinta en todos los lugares de la tierra. Son compatibles entre sí, pero hay una cultura en China, hay una cultura japonesa, una cultura española, una cultura venezolana, hay una cultura del Chaco, una cultura de la Pampa, y todas esas culturas deben coexistir en libertad. Y luego, en cambio, las guerras nacen de las civilizaciones. Tanto que se hablaba en la época de Obama de la alianza de las civilizaciones. Pero por favor, la civilización por lo pronto no pueden establecer alianzas porque civilización solo hay una. La civilización en estos momentos es la misma en todos los lugares de la tierra. Usted agarra un avión y se va a Ciudad del Cabo, en el sur de África; se va a Tokio; se va a Caracas; se va a Barcelona, España; la gente va a ir vestida igual, va a comer las mismas cosas, la globalización, va a tener las mismas costumbres, se va a divertir de la misma manera, va a ver las mismas películas, va a decirle las mismas cosas a sus novias o novios, etcétera. Todo eso es monotonía, uniformidad. La cultura es todo lo contrario. La cultura es siempre nueva, la cultura es siempre distinta, la cultura es vida y en cambio la civilización es cementerio, es muerte.

Se dice siempre, no sé si era verdad o no, aquello atribuido a Goebbels en la Alemania Nazi, que cuando oía la palabra cultura sacaba la pistola. Bueno, ahora la gente no saca la pistola, pero saca un smartphone, es decir, un culturicidio casi tan grave como la pistola. Pero siempre habrá unos poquitos. Al fin y al cabo, no nos engañemos, la cultura siempre ha sido élite. La cultura es elitista por definición. Decía Engels, a propósito de lo mal que escriben mucho de los escritores que se despachan como escritores, que “no es conveniente violar las normas antes de aprenderlas”. Si quieres ser escritor, coge el diccionario, estudia gramática, estudia morfología, lee sintaxis, estudia lexicografía, sal a la calle y escucha lo que dice la gente, aprende todas esas cosas y luego podrás hacer surrealismo, piruetas, cubismo, vanguardia, lo que te dé la gana, pero a condición de conocer las normas. Escribir es, fundamentalmente exagerar, tienes que ser rebelde. Es, como se dice en el lenguaje taurino, cargar la suerte; es citar a otros autores. Todo se ha dicho ya, se trata de decirlo con un poquito más de gracia o amplificabilidad lo que hayan dicho los otros.  Estos chicos que se la pasan con un smartphone no saben de qué estás hablando, por lo tanto, se ha roto por completo el eslabón que une al escritor con el lector.

Ahora todos los políticos salen en la tele, lo cual es nefasto, porque los políticos son maestros en el arte del eufemismo y en el arte de hablar mal, porque no quieren ofender a nadie, quieren quedar bien con todos. Quieren gustar al chico joven y al viejecito, a la viejecita y a la jovencita, al soldado y al peregrino. Y claro, eso no puede ser. Entonces esa gente oye estos disparates en televisión y ya no saben hablar. Ahora se habla bien en el campo, en las ciudades se habla fatal.

— Ya para concluir, se ha hablado mucho de la muerte en estos días. Usted ya ha dicho que no le teme, y que incluso le ha acompañado. Pero ¿qué es la vida para Sánchez Dragó?

— La vida es un viaje cuya primera estación se llama nacimiento. Venimos o no venimos. A lo mejor venimos de un mundo ignoto, que se ha llamado “más allá”. En cualquier caso, nacemos, y esto es una explosión. Atravesamos por un túnel, que es, bueno, la vagina de la madre, el útero, y todo esto, y más allá del túnel nos espera la luz. Es una explosión a la vida. Luego vienen una serie de estaciones sucesivas. La niñez, la adolescencia, la juventud, la madurez, la vejez, la senectud, etcétera, etcétera, etcétera. Y luego viene una estazione termini, como dicen los italianos, que es la muerte. ¿Es termini? Bueno, pues tampoco lo sabemos. A lo mejor resulta que la vida, el más allá, sigue. La única forma de averiguarlo es morirse, no hay otra. Entra esa explosión, que es el nacimiento y esa implosión, que es la muerte, transcurre un viaje que puede ser más largo, que puede ser más divertido, que puede ser más triste, más alegre, más fecundo. Ese viaje se llama vida, y hay que vivirla constantemente. Es importantísimo ese concepto que se llama jovialidad. Quien tiene jovialidad, nace joven y muere joven. Hay personas que nacen viejos y mueren viejos. Yo tengo 83 años, pero soy una persona muy jovial. ¡Si usted viera la vida que yo tengo! Yo vivo exactamente igual, casi casi, de cómo vivía en los 20 años. Yo todas las noches cuando me tumbo ahí en la cama, empiezo a elaborar planes. Ah, esa es otra: todos los políticos hablan de planes de futuro. ¡Coño, todos los planes son de futuro! Bueno, pues yo elaboro planes que necesitarían 100 años más de vida para llevar a cabo la décima parte de esos planes. Eso es estar vivo. Eso es la vida. Estar vivo, en definitiva, es hoy salir a la calle y si pasa una chica guapa en minifaldas —y sé que esto es muy políticamente incorrecto— y eres varón, —y si no lo eres, allá tú—, pues voltéate a mirarla. Eso es estar vivo. 

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