La pandemia obliga a la “vieja Europa” a no envejecer

Por: Jorge Aguadero Casado.

Después de casi dos meses de trágica pandemia, la situación de Europa se adentra gradualmente en una etapa de declive constante. Los líderes de Italia y de España han anunciado que se harán desconfinamientos graduales a principios de mayo, lo que permitirá la apertura de negocios paralizados y la recuperación de la economía. Pero aún, enfatizo, se debe ser cautelosos al desconfinar. Entonces, ¿qué debemos reflexionar sobre esta pandemia que ha impresionado tanto a los europeos?

La crisis del coronavirus COVID-19 está sacudiendo los cimientos de la Unión Europea, hasta el punto de que se está reabriendo el debate de su misma existencia. El motivo es que, ante la emergencia sanitaria, las cifras de muertos entre los infectados y la velocidad de expansión de la enfermedad son muy superiores a las que cabría esperar. Estos datos chocan con la idea, tradicionalmente arraigada, de una Europa moderna y culta, de alto nivel sanitario, pues las cifras que ofrece la Organización Mundial de la Salud con respecto a China y a Corea del Sur, donde se manifestaron los primeros brotes, son de una mortandad mucho más baja. Además, en España y en Italia han enfermado millares de sanitarios, lo que se explica por la escasez grave de suministros médicos, pues ni los más formados y preparados han sido protegidos.

Por supuesto, era imposible evitar la pandemia en un mundo globalizado, pero los distintos gobiernos de la eurozona han tenido un margen de tiempo muy valioso para atenuar el impacto sobre nuestra población y, también, sobre nuestra economía. Sin embargo, nuestros gobernantes no dieron suficiente importancia a las reiteradas alarmas que recibieron por parte oriental.

En mi opinión, esto viene ligado a la falta de flexibilidad ante nuevos escenarios. En un alarde de ignorancia, hemos tratado este asunto en sentido ideológico, amparándonos en la creencia secular de que nuestro sistema sanitario era muy robusto. Subestimamos las diferencias entre el COVID-19 y el SARS, de diecisiete años atrás. No contamos con la capacidad infecciosa del COVID-19 en pacientes asintomáticos, lo que nos ha costado muy caro. En el caso español, por ejemplo, el Gobierno, cediendo a las presiones de su socio de coalición, llamó a manifestarse en las calles el día 8 de marzo por los derechos de la mujer.

Así, hasta principios de marzo, Europa no se lo tomó en serio, más preocupada en mantener la autonomía de sus respectivas soberanías nacionales que en hacer frente común ante la enfermedad. Además, en ese momento, las medidas de prevención y de control se ejecutaron mal. Caso aparte merece el análisis de Gran Bretaña, con la paradoja de que, habiendo sido miembro de la Unión Europea hasta fechas recientes, se esperaba más cooperación por su parte en la elaboración de una estrategia común.

La Europa contemporánea ha pasado cuatro grandes crisis: la guerra de los Balcanes (1991), la crisis financiera (2008), la crisis migratoria en el Mediterráneo (2015) y, ahora, la pandemia COVID-19. ¿Tienen la sensación de que haya estado a la altura de lo que representa en alguna de las cuatro? Yo, no. Y no creo que, ante la próxima crisis (que, según los expertos, va a ser una durísima recesión económica), la Unión Europea se vaya a mostrar ágil y solidaria.

El ritmo lento y la región confortable.

Europa asiste al proceso de globalización en un sentido lineal, como si todo sucediese en el vector Occidente-Resto del Mundo. Haría bien en asumir que es un elemento más de un proceso circular, con múltiples interacciones entre los distintos socios comerciales del planeta y sus situaciones específicas. Si superase la tendencia a caer en estereotipos de época colonial, se enriquecería como un órgano que comparte ecosistema con otros órganos, en favor del organismo que es la humanidad. Es, con frecuencia, algo tan sencillo como mostrarse respetuoso con los demás.

Dentro de la burbuja europea se vive con la certeza de estar en un entorno protegido. La tentación de llevar un estilo de vida relajado es fuerte, pues las normativas europeas (por ejemplo, con respecto a la seguridad en el ámbito farmacéutico y en la importación de alimentos) son muy exigentes. Ahora bien, eso no nos exime del deber de estar atentos a lo que sucede dentro y fuera de nuestras fronteras. Menos que nunca, ahora. El COVID-19 ejemplifica nuestra fragilidad estructural: más altas eran las voces de alarma que venían de Asia; más se minimizaba el peligro de la enfermedad en Europa. En España, la primera víctima falleció el 13 de febrero y se anunció el 3 de marzo, habiéndose extendido un manto de silencio entre ambas fechas.

Tras la epidemia, Europa no puede mantener ese estilo de vida relajado: ha de madurar, responsabilizarse de sus actos a título individual y colectivo, o no será capaz de superar los retos que se le plantean. No vale con mirar a otro lado cuando la realidad no nos gusta. Así, cuando el Gobierno nos exige el confinamiento durante la epidemia, debemos tener presente que está luchando por la supervivencia.

Permitan que me sincere: la idea de un largo confinamiento me resultaba tan extraña que, aunque mis amistades asiáticas compartían conmigo sus miedos, se me escapaban mil detalles que, ahora, cobran sentido en mi mente. Pero hay, en la tragedia, luces de esperanza. En medio de todo este caos, afloran las iniciativas privadas y son muchos los ciudadanos y las empresas que están poniendo de su parte para salir adelante. Se ha hecho célebre la iniciativa “Coronavirus Makers”, una red de 13.000 voluntarios que, con sus impresoras 3D, fabrican desinteresadamente material médico para ofrecerlo, gratis, a los españoles, demostrando que las buenas personas no pierden su condición pese a la adversidad.

Los conflictos internos deben resolverse.

Como europeo del sur les digo que la Unión Europea fue un sueño que vino acompañado de esperanza, pues aunar compromisos con los pueblos del centro y del norte del continente suponía, por primera vez en nuestra historia reciente, una oportunidad de oro para superar las rencillas que desembocaron en dos guerras mundiales y un camino prometedor hacia la prosperidad. Mas, parafraseando al clásico español Calderón de la Barca, “los sueños, sueños son”.

La construcción europea no esconde los viejos prejuicios que vician la percepción que los Estados miembros tienen de sus vecinos. Europa, la que queda tras el Brexit, roto su compromiso de unión, ha de ser repensada. Coincido con sus políticos en la exigencia de control de las finanzas sureñas, pero el sentimiento de superioridad del norte del continente debe encontrar moderación. El rico norte haría bien en no olvidar que ha sido el principal beneficiado por la moneda común. Sólo así, siendo justa con los méritos de sus propios Estados miembros, la Unión Europea podrá unirse realmente.

La Eurocámara ha demostrado su talante con la frialdad de los Países Bajos en la pasada reunión telemática extraordinaria del Consejo Europeo (26 de marzo) obviando las formas al mostrarse contrarios a los eurobonos. Éstos son, en este momento, una fórmula para compartir solidariamente los gastos que genera la pandemia en Italia y en España, nuestra tabla de salvación ante el abismo, bajo la premisa de que la enfermedad no hace distinciones entre europeos. La negativa nos dolió, pero aún nos molestó más el tono que usaron. Mark Rutte, su primer ministro, fue tajante en su discurso y Wopke Hoekstra, ministro de Finanzas, sugirió investigar por qué algunos países no tienen margen en sus presupuestos para afrontar la crisis sanitaria. El comentario irritó a las gentes de las naciones del sur. De hecho, aunque todas somos naciones europeas, las diferencias culturales y en valores hizo que los problemas éticos en las medidas tomadas frente al COVID-19 revelasen profundas discrepancias entre ambos polos del continente. Las diferentes actitudes hacia la “inmunidad de rebaño” reflejan esto, precisamente.

Desde la perspectiva del sur, la eficiencia de la Unión Europea en la lucha contra el coronavirus mejoraría mucho si el flujo de enfermos que necesitan de atención, de materiales sanitarios y de capital fuese transparente y homogéneo. Es decir, que la posibilidad de supervivencia del infectado no dependa del país en el que haya enfermado. Para esto, habría que articular los diferentes ministerios de salud como un todo, así como los de economía. Ahora, la coordinación perfecta del continente es irrealizable, pero la situación presente solo irá a peor si no nos unimos para luchar contra la pandemia. Si las naciones europeas quieren recuperarse lo antes posible, y si la UE quiere tener vigencia, debemos corregir los “viejos problemas”, que existen desde largo tiempo atrás.

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