Otra aproximación al duende

Por: Montero González.

De memoria y ratos añejos está hecho mi  confinamiento. En uno de mis viajes por los Interneles coincido con el amigo Dragó que me pide unas líneas para esta, su nueva aventura cibernética. Cómo negarme a un amigo, a una de las personas que más me ha ayudado en el mondongo literario. Sin más preámbulos, ahí va, otra aproximación al duende.   

En la geografía del sur, el flamenco y sus mitos han ido dejando huellas imborrables, sonidos negros que se quedaron pegados para siempre en la tierra y que el viento desempolva con furia, como si el viento hubiese escapado de una de aquellas tragedias que escribió Federico García Lorca. 

El mismo Lorca, en su Juego y teoría del duende, relata la vez que Pastora Pavón, la Niña de los Peines, cantó en una tabernilla de Cádiz. Jugaba con su voz cubierta de musgo pero no conseguía el pellizco para contentar a un público tan selecto donde se encontraban Elvira la Caliente, aristócrata y ramera sevillana, o los Floridas, sacerdotes milenarios que sacrificaban toros a Gerión y que, dicho de manera vulgar, su oficio se correspondía con el de carnicero. Total, que la Niña de los Peines animaba la fiesta con sus cantes hasta que saltó un hombre, como recién aparecido de una botella, y dijo: “¡Viva París!”, que en aquellos tiempos era decir algo así como ¡viva la frialdad de las burbujas! 

Entonces fue cuando la Niña de los Peines se levantó como una loca y se bebió de un trago un vaso de cazalla. Acto seguido, sin darse apenas tiempo, se arrancó a cantar con la garganta abrasada. Según nos cuenta Federico García Lorca, la Niña de los Peines había conseguido quitar todo el andamiaje de la canción para despertar el duende y luchar con él y vencerlo. Cosa que consiguió, pues, según Federico, hasta los citados carniceros se desgarraron los trajes como una ofrenda más al gigante Gerión. 

La Niña de los Peines había provocado a su duende a que viniera y se dignara a luchar con ella a brazo partido. De la misma manera, años después, el joven Camarón venció al duende con el fuego de su cante y quien mostró la pieza como prueba de su derrota fue Caracol, despreciando el cante del gitanico rubio. Sin duda alguna, el duende es descendiente de alegres demonios. Un ángel que escapa de toda geometría y no llega si no ve posibilidad de muerte, pues, como demonio que es, le gusta luchar al borde de un pozo ciego, bautizando con aguas negras a todo aquel que se asoma a él. 

Manuel de Falla peleó con su duende al borde de una tierra sumergida pero no lo consiguió vencer. Por eso La Atlántida fue su obra inconclusa, con la que mantuvo una guerra interior hasta el final de sus días. De memoria, de ratos añejos, está hecha esta tierra desde donde ahora escribo. De memoria, de ratos añejos, está hecha mi amistad con Dragó. 

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